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Y siendo así, es uno más

Él, prosiguiendo el ritmo de la historia, ha hecho un trabajo que, en la estima de la gente, equivale al del agricultor

? el hombre, todavía con la am-bigua lucidez del sueño, deja la cama, sale a la intemperie y se dirige al taller. Ya dentro, abre las ventanas, y la luz fría de la ma- drugada saca de las sombras una columna irregular de formas superpuestas: el día anterior él mismo ha preparado sobre el molde liso de un callao de playa una materia compuesta de fibras vege- tales engrudadas: las colocó una sobre otra, como tortas en torno a la piedra, ciñéndolas a su forma, que se ensanchaba según cre- cían, como los nudos de un árbol. Ahora, ya duras y compactas, las separa y las distribuye por el suelo: son objetos cóncavos, redondeados, no exactamente simétricos, algo irregulares, con alguna protuberancia.

A un lado tiene dispuestos pequeños cuencos de madera: uno contiene tizones negros, las brasas que han quedado de la hoguera nocturna; en otro hay un líquido rojo, espeso, un poco de la sangre del cerdo que ardió en esa misma hoguera y cuya carne dio vigor al relato de los cuentos; la cal, blanca, casi se desparrama por el suelo de barro -suelo que, si lo necesita, también le proporcionará materia para lo que se propone hacer.

El hombre comienza la tarea. Con los tizones negros circunda el contorno de los objetos: le importa ante todo delimitar un espacio, saber por dónde va a moverse; así su mano se siente más segura. Luego, hacia el centro, en la parte superior, traza unos círculos: son como ojos sin párpados: parecen un brocal de pozo: desde allí puede escrutarse el entorno, y ser, asimismo, una invitación a sondear, o incluso caer, en sus profundidades. A partir de ellos, una grieta que se expande según baja: es el contorno de la nariz, ancha, distendida, alerta para percibir sin impedimento el bifronte olor humano y el rastro peligroso del tigre. Finalmente otra grieta, esta horizontal, marca la boca, una boca abierta con una risa enorme, que enseña dientes afilados, en forma de triángulos de empalizada, dispuestos a devorar, a defender. El hombre, a veces, antes de ejecutar todos esos trazos, unta su mano en la sangre, la aprieta sobre la tela y deja en ella un rastro rojo: en esta superficie coloreada, el negro respira con más amplitud, con más audacia. Parece un fuego invertido, un fuego negro contra una noche roja. También, un poco a su capricho, dibuja otros signos con cal: el meandro de un río, el contorno de una mano, la silueta de una hoja? No significan nada, aparentemente; pero evocan justo lo que sugieren: partes del mundo.

Concluida la faena el hombre descansa; se sienta, cruza las piernas, estira los brazos y mira la obra hecha. Este hombre no ha oído nunca los nombres de Picasso o Dubuffet, de Tàpies o Julio González, de Jean Arp o Giacometti; es más, si alguien susurrara en su oído esas extrañas palabras sospecharía que están tratando de inculcarle en alguna brujería. Y se defendería. El hombre vive en una isla (¿del Atlántico, del Pacífico?), pero aquellas formas y colores provienen de una mente colectiva que se inventa en su propia magia. Él realiza un trabajo que antes hizo su padre, y aún antes el padre de su padre, y así hasta que hay memoria de la existencia de un padre. Todos se esforzaron por ofrecer a sus paisanos unas máscaras, un rostro sobre el rostro que pudiera manifestar nítidamente sus sentimientos íntimos: deseos, aspiraciones, miedos; ellas serían ellos, asumiendo cuanto su mente anhelaba o temía; todo lo que se exhibiría en aquellas ceremonias que propiciaban una buena cosecha, o una caza abundante, o un matrimonio fértil, o conjuraban una guerra o una enfermedad. Son, pues, cosas utilitarias, como una cuchara o una daga, aunque luego, por qué no, se colgaran como exvotos en la casa comunal, recordando su protección y beneficio. Él, prosiguiendo el ritmo de la historia, ha hecho un trabajo que, en la estima de la gente, equivale al del cazador, o al del agricultor; al esfuerzo de quien pare un hijo o lava en el río. Y siendo así, es uno más? Y con esa satisfacción abandona el taller y se dirige al comedor.

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