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Una isla para encontrarnos

Juan Carlos de Sancho nos deja claro que no sólo vale imaginar, sino que hay que estar dispuesto a leer entre líneas

Una isla para encontrarnos

Una isla para encontrarnos

Se podría decir que Isla Sombrero, el último libro publicado por Juan Carlos de Sancho, es una reflexión sobre el proceso creador, al mismo tiempo que una poética de la ironía: la textual y la intertextual. Pero este libro es algo más.

Ya desde su título, el escritor nos está dejando claro que para leer las páginas que siguen, hay que dejarse llevar, no solo por la imaginación- que también- sino por una predisposición al razonamiento, a la reflexión. Y esto es necesario, no solo por lo que se nos dice, sino por el cómo se nos dice. Estar dispuestos, pues, en definitiva, a leer entre líneas.

Vemos cómo, en libros anteriores de este autor, tan dispares, a simple vista como Las unidades fugaces (2008), La casa del caracol (2013) o el Diccionario del Mono leído (2016), por citar los tres últimos publicados, nos encontramos con un escritor que atrapa los momentos, aparentemente efímeros, que se producen a lo largo de nuestra existencia, y que constituyen una revelación que le permite explicarse y explicarnos su universo.

Si en Las unidades fugaces, los poemas en prosa (o la prosa poética, como quieran llamarlos) son una reconstrucción de su mundo interior y de su manera de entender lo que el exterior le ofrece, acercándonos, en ocasiones, a visiones y reflexiones que recuerdan al Italo Calvino de Las ciudades invisibles, y en el que la palabra aparece como brújula señaladora de la verdad inaugural, La casa del Caracol ofrece, bajo su concha de artículos, ponencias literarias, esa visión, muchas veces poética y siempre irónica, de su mundo y de su tiempo. Una ironía que se condensará luego en Diccionario del Mono leído, libro de verdaderos aforismos, si entendemos por tales frases en las que no solo importa la brevedad sino también y sobre todo, la agudeza del contenido, y que nos lleva a reformularnos lo que ya sabíamos o creíamos saber.

Y necesariamente, en este viaje, había que hacer una escala en la Isla Sombrero, un libro que ya, de entrada, nos lanza el reto de su clasificación. Es cierto que el autor lo subtitula Cuentos y descuentos, pero creo que aquí también nos ha puesto una simpática trampa.

Y es que pronto nos damos cuenta de que lo que Juan Carlos nos relata, lo hace desde una perspectiva por la cual la secuencia narrativa se convierte en una implicación mutua entre lo que el autor dice o escribe y quien lo escucha o lee lo narrado.

Una complicidad que exige, ante todo, atención. No en vano, la aparición de personajes reales que pertenecen al mundo de las artes, las letras o la filosofía, nos impone, o bien un alejamiento o rechazo, o, por el contrario, una comunión total con lo relatado. En otras palabras, se nos impone una toma de partido.

Ya, desde los primeros cuentos o descuentos, aparecen las preguntas acerca de la escritura, de su necesidad, de sus problemas. Así, en La cueva de Tubarak, su protagonista, a la manera de Bartleby, se pregunta el por qué publicar y, como diría el protagonista de la novela de Melville, prefiere no hacerlo y, de hecho, prefiere ver arder toda su obra porque, como afirma: "Publicar es un desgaste. Escribir es el único proceso válido". Juzguen ustedes, porque este no es el único guiño literario que aparecerá en este libro.

Borges, Moravia, Rafel Sanzio, Tiziano, Kafka, Caravaggio, Woolf o Akenatón, personajes tan dispares, aparentemente, se confabulan con el escritor para señalarnos que esa "realidad" que aparece en sus obras está por encima de cualquier contingencia, humana o divina, y por eso nos salva.

La naturaleza, le sirve también a este curioso autor para darnos su visión personal sobre el mundo, al mismo tiempo que rinde homenaje a algunos autores a los que admira. Lo vemos en Las libélulas fluorescentes que esperan a Fernando Pessoa y Thomas Bernhard, o el Tigre, que escucha a Borges.

Y conociendo a Juan Carlos de Sancho, no podían faltar en este libro personajes y lugares mágicos, como Isla Trapisonda o un espectro que se busca por todas partes, o los fantasmas caseros, cuya capacidad de sorprendernos y moverse continuamente, contrasta con las rutinas de Juan, que lleva diez años saliendo y entrando por la ventana, el ensimismamiento de Edgarberto o la poética y deliciosa historia de la niña japonesa, Tomoko, que solo come rollitos de primavera y que no me resisto a incluir:

Tomoko es una niña japonesa de Kioto que solo come rollitos de primavera. Disfruta tanto con sus rollitos que no necesita otro alimento. Aunque es japonesa le encanta la comida China. En Primavera le brotan flores de cerezo por las orejas y la nariz. Entonces Tomoko se va al jardín de su casa, cava un agujero en la tierra y se transforma en una plata. Durante este tiempo apenas come nada y deja que crezcan los cerezos.

Un bello relato que, como todos los de este libro, nos ofrece múltiples lecturas.

Todo esto, en una isla, Isla Sombrero que son todas las islas: la de Quesada, la de Trapisonda y la de Reunión, una isla con la que se cierra este libro, porque en ella, y como indica su nombre, se produce el encuentro de todos los personajes que pueblan Isla Sombrero, un libro en el que, por encima de todo, está el amor a la palabra. La palabra como revolución y necesidad porque, como dice Borges en uno de estos cuentos o descuentos -tanto da-, "el lector no tiene escapatoria?porque será siempre un lector".

Juan Carlos de Sancho afirma que el relato Cuerno de buey, que le contaba su madre, siendo niño, y que aparece en este libro, lo llevó a contemplar la realidad de otra manera, y eso es lo que pretende que hagamos todos, no solo en el momento de leer este excelente libro, sino siempre.

Hagámosle caso.

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