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Malestar en la cultura 'líquida'

Los diques entre la "alta cultura" y la "cultura popular" se han barrenado, advierte

En uno de sus libros emblemáticos, La cultura en la modernidad líquida (2013), Bauman analiza la licuación y hasta liquidación del discurso cultural, tal y como se ha venido concibiendo desde la Ilustración. Según su esquema, con anterioridad -en lo que denomina la época de la modernidad "sólida"-, coexistían armónicamente una "alta cultura", que servía de ideal y modelo pedagógico generalizados, y una específica "cultura popular". Hoy esos diques se han barrenado, y en sus aguas revueltas se impone únicamente el espectáculo, bajo el imperativo del mercado, con públicos que "ya no se involucran si no es por mediación de eventos expresamente fabricados por la mercadotecnia", alertaba. De ahí que ciertos artistas y productos que antaño se tildaban de "comerciales" u "horteras" hoy reciben mayor tolerancia, junto con distanciamiento, más abstencionista que crítico, por los públicos más diversos.

Lo determinante es que la cultura ya no es más "un agente de cambio, con la concreta misión de educar a las masas y refinar sus costumbres", explicaba. "Antes era un instrumento de navegación destinado a guiar la evolución social hacia una condición humana universal", define. En cambio, en la actualidad, "ya no consiste en orientaciones sino en ofertas, ni en normas sino en propuestas", pues "la cultura se asemeja ya a una sección más de la gigantesca tienda de departamentos en que se ha transformado el mundo, con productos que se ofrecen a personas que han sido convertidas en clientes, y como tales, están hechos para 'el máximo impacto y la obsolescencia instantánea'". Es más: "Las élites culturales son más omnívoras que nunca, y ya no no tienen nada que decir a la multitud unívora que está en la base de la jerarquía cultural", subrayaba.

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