Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

90 Años de 'el ladrón de los guantes blancos'

La odisea de un resistente

Han pasado 90 años de la primera película canaria de la historia. Su director, José González Rivero, es un cineasta al que aún no se le ha reconocido como merece

La odisea de un resistente

La odisea de un resistente

El cine canario nació con José González Rivero, el productor, codirector y fotógrafo (se incluyen también los trabajos de revelado, montaje y tiraje de copias) de El ladrón de los guantes blancos (1926), el primer largometraje canario de la historia. De su nacimiento en Santiago de Cuba en 1886, fruto de un matrimonio de emigrantes tinerfeños, se cumplieron 130 años en 2016. Y del estreno de El ladrón de los guantes blancos 90 años el 6 de septiembre pasado. El 25 de ese mes, Filmoteca Canaria conmemoró el hito con una proyección acompañada al piano por Sophia Unsworth en el Paraninfo de la Universidad de La Laguna. La entidad, que desde 2016 ha pasado a depender de la Dirección General de Patrimonio del Gobierno de Canarias, tiene intención de repetir el acto durante el segundo trimestre de este año en Gran Canaria.

La única copia de El ladrón de los guantes blancos se conserva en un búnker de la Filmoteca Española en Madrid para filmes realizados sobre nitrato de celulosa, un soporte inflamable que se auto destruye con el paso del tiempo y fue quedando progresivamente en desuso a partir de los años 30. En 1982, un año después de que el historiador catalán Carlos Teixidor encontrara la película 26 años después de su última proyección, "había sido una mañana de domingo de 1955, en el cine Price de Santa Cruz de Tenerife, programada por el Cine Club Universitario", Filmoteca Española realizó la primera copia en 35 milímetros de la película. En 1995, el laboratorio madrileño Iskra la restauró perfeccionando el tratamiento de los distintos colores (verde, amarillo, malva, azul...) con los que están teñidas algunas partes del filme. Filmoteca Canaria tiene entre sus tareas pendientes hacer una nueva restauración del filme, de casi dos horas de duración. "La encargaremos probablemente en Francia y ya para el año 2018", según su directora, María González-Calimano.

Carlos Teixidor (Gerona, 1958) es hoy conservador de fotografía en la Fototeca del Instituto del Patrimonio Cultural de España, dependiente del Ministerio de Educación y Cultura. Desde Chile, donde se encuentra de vacaciones, rememora cómo localizó la película. Tenía 23 años. "La primera noticia escrita que tuve de El ladrón de los guantes blancos fue en el interesante libro El cine en Canarias, de Carlos Platero (Edirca, 1981). Se daban pocos detalles, pero me propuse localizar la película. En esos años trabajaba en prácticas en Madrid en la Filmoteca Española, pero viajaba con frecuencia a Tenerife. Así empecé a investigar en la Hemeroteca Municipal de Santa Cruz, donde encontré datos muy precisos que me sirvieron para redactar varios artículos que publiqué en los periódicos El Día y La Tarde. Precisamente, un periodista de La Tarde me dijo que conocía a familiares de Rivero. Primero hablé con doña Rafaela González Rojas, una de sus hijas. Después concertamos una cita en la ciudad de La Laguna con ella y otros familiares en una casa particular cercana al Teatro Leal. Y allí reapareció la película, guardada muchos años en el hueco de una escalera, junto con otros objetos y trastos, como una antigua caja de refrescos. Fue maravilloso localizarla y ver que los rollos se conservaban en muy buen estado, aunque las latas estuviesen oxidadas exteriormente. No fue difícil llegar a un acuerdo entre la familia y Filmoteca Española para su conservación. Así es como los 12 rollos viajaron en barco a la Península, pues por ser inflamables no debían ir en avión. Todo salió tan bien que unos años después me propuse localizar otra película: La hija del mestre (Carlos Luis Monzón, 1928), rodada en Gran Canaria. En este caso conté con la ayuda de Aurelio Carnero, que fue quien la encontró".

Ciudadano Rivero. La Rivero Film y el cine mudo en Canarias, de los canarios Fernando Gabriel Martín y Benito Fernández Arozena, editado en 1997 por el ayuntamiento de La Laguna, es el libro de referencia para conocer al cineasta que murió a los 47 años de un disparo en circunstancias confusas un Domingo de Piñata en La Laguna. Esta ciudad había sido lugar de residencia del cineasta tras su regreso a Canarias en 1900, a los 14 años, después de que su madre, Rafaela Rivero, que se había separado en Cuba de su padre y mantenía una relación de pareja con un militar español, muriera en El Algar (Cartagena) en 1898 tras volver la familia de Cuba.

Burguesía ciega y sorda

Benito Fernández Arozena (Caracas, 1958), informático de profesión, escritor y crítico cinematográfico, rememora desde su casa en Tacoronte el trabajo de escritura de Ciudadano Rivero. "Fue una de las aventuras vitales más apasionantes que me vivido. Había leído sobre el cineasta y me sentía intrigado por los aspectos más truculentos de su historia, su extraña muerte, la desaparición del segundo rollo de la película.... Así que empecé a trabajar sin saber muy bien dónde llegar. Entre otros, fui a ver a Fernando Gabriel Martín. Con la generosidad que le caracteriza, me soltó una carpeta llena de recortes y notas y me dijo algo así como: "¡Hasta aquí llegué yo, sigue tú!" El libro nos llevó entre tres y cuatro años, con viajes a Cuba, Argentina, Uruguay, Cartagena, Sevilla y Madrid. Entrevistamos a decenas de personas. La ayuda de la familia de Rivero fue fundamental. El contacto con la emigración canaria fue un factor muy enriquecedor. Recuerdo la importante ayuda de Sonia García Yanes y, especialmente, de Enrique Ramírez Guedes".

En el volumen, Martín y Fernández describen a González Rivero como un hombre "hecho a sí mismo, comerciante avispado, hombre de pensamiento liberal, fervoroso creyente del progreso" que desarrolló su producción principal en la "convulsa y estrecha La Laguna" durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930). El catedrático de Historia del Cine en la Universidad de La Laguna, Fernando Gabriel Martín (Tenerife, 1948), responde al periódico desde la ciudad de Sao Bernardo (Brasil), situada a 15 kilómetros de Sao Paulo. "Cuando me jubilé cumplí un viejo sueño, vivir en otro país. Brasil, a pesar de sus contradicciones y problemas, me cautivó por la calidad humana de su gente y la riqueza de su cultura. Ahora trabajo en un libro sobre el escritor Jorge Amado y su relación con el cine, que fue fecunda y muy interesante. Investigo en archivos de Salvador, São Paulo y Río de Janeiro". Su ultimo libro es El ermitaño errante. Buñuel y Estados Unidos (Tres Fronteras, Filmoteca de Murcia, 2010), premiado por la Asociación Española de Historiadores del Cine.

Para Fernando Gabriel Martín, José González Rivero "fue un luchador incansable en un medio indiferente a su esfuerzo, una burguesía ciega y sorda. Su resistencia durante quince años debemos entenderla como una odisea". Rivero, representante de distintas casas comerciales españolas, europeas y americanas relacionadas muchas veces con productos tecnológicos, participó de forma activa en la vida social de la Laguna.

Es interesante ver cómo la caída de la monarquía en España en 1931 y la llegada de la democracia con la Segunda República provoca la salida de Rivero del mundo del cine por el que tanto había luchado y lo convierte en político electo en las primer cita de la República, en calidad de "indefinido". Cuatro meses después se afiliaría al Partido Republicano Radical Socialista y dos años después, en 1933, moriría en un bar, cuando recibió un disparo que la autopsia determinó que se había producido cuando a la persona con la que estaba, de nombre Isidoro Salazar, se le cayó el revólver al suelo y este, al golpear contra el piso, disparó una bala que le entró de abajo arriba por el muslo al cineasta. ¿Fue la muerte de Rivero accidental o intencionada? "Ese siempre fue un tema polémico", apunta Fernando Gabriel Martín, "y en el libro fuimos muy cuidadosos haciendo un capítulo muy detectivesco contrastando continuamente las fuentes y opiniones. Mi opinión personal es que fue una muerte intencionada por motivos políticos". Fernández Arozena es flemático en su respuesta: "Hay razones muy serias para pensar ambas cosas". Salazar fue absuelto en el juicio celebrado en 1934.

Rivero reina

A partir de unos primeros trabajos como fotógrafo de postales, José González Rivero, padre de nueve hijos, de "carácter activo y enérgico, al que le gustaban la cosas bien hechas", según testimonio de su hija Rafaela en 1983, fue montando en su domicilio en la calle Carrera, 42a de La Laguna (hoy es el número 44) lo que entonces se expresaba así: una "industria de confección de películas cinematográficas, adquiriendo los aparatos necesarios para la manufactura de cintas". Antes, había sido gerente de los teatros Viana y Leal, este último desde su inauguración en 1915, y operador de las proyecciones de cine que se iban generalizando.

Rivero obtuvo en 1924 el título de Operador Cinematográfico. Ya como productor de sus propias películas, compró su primera cámara de cine en 1921 y un año después filma sus primera vistas. Lo hará de las islas de Tenerife, Gran Canaria y La Palma y de distintos lugares de la Península durante su viaje de tres meses en 1929, principalmente Madrid y Sevilla. En este viaje filmó también despachos del General Primo de Rivera con sus ministros y del rey Alfonso XIII. Rivero fue autor de un noticiero filmado, la Revista de Asuntos Tinerfeños, con ocho entregas, y registrador, con sus cámaras de cine, de los principales acontecimientos que ocurrieron en Tenerife. Su prestigio lo llevó a tratar con el estudio norteamericano Fox, que en 1927 le compra imágenes para incluirlos en sus populares noticieros, llamados Alfombras Mágicas.

Llama la atención la poca atención que Rivero recibió de las instituciones insulares, de forma muy especial del Cabildo de Tenerife, que ante las muchas solicitudes de apoyo, en el mejor de los casos solo le dio migajas. A noventa años de distancia de aquel maltrato institucional, la isla del Teide puede presumir de haber aprendido la lección y hoy lidera el sector audiovisual de Canarias.

Pero Rivero reina en el cine en Canarias por El ladrón de los guantes blancos (1926), su "obra maestra", en palabras de Teixidor, una película que, como bien advierten los autores de Ciudadano Rivero, no solo registra el hito de ser el primer filme de ficción canario de la historia. Es, además, el trabajo de un visionario, una película que describe a un cineasta resolutivo y dotado de una notable creatividad y mirada universal. Destacan en el filme sus adelantados recursos expresivos, como el ya mencionado teñido de muchas escenas o el lenguaje irónico y, en palabras de Carlos Teixidor, "florido, recargado y novelesco" de muchos de sus intertítulos. "Es una película entretenida, simpática, internacional, con mucha acción", dice Teixidor, "una brillante excepción. El cine mudo español es muy poco conocido y raramente programado. Otras películas, aunque mantengan su valor histórico, son melodramas muy pesados y aburridos para un espectador moderno. Un detalle importante es que El ladrón de los guantes blancos debe ser proyectado con música de acompañamiento, con pianista en directo. También, que la proyección en pantalla debe ser nítida. Solamente así se puede disfrutar de su calidad".

Buscando el mayor número de espectadores, El ladrón de los guantes blancos se inspira en las series de detectives en boga entonces y, a pesar de estar rodado íntegramente en Tenerife, desarrolla su acción en Londres con un argumento propio de un thriller, el robo de un valioso collar pone a trabajar al detective Tom Carter en su resolución. La acción se sucede entre secuestros dejando toda clase de muertos en el camino. Además del uso de las localizaciones de Tenerife como decorados, el filme exhibe guiños que reivindican la propia cultura canaria sin complejos insularistas. Es el momento cuando, de forma inverosímil para un filme que se ambienta en Inglaterra, usa una imagen de la portada del poemario Las rosas de Hércules (Tomás Morales, 1919), realizada por Néstor de la Torre, para ilustrar el amor que se prometen los protagonistas tras resolverse el caso.

Para Benito Fernández Arozena, "Rivero era un innovador, así que perfectamente hubiera podido estar ahora en temas de realidad virtual, inteligencia artificial o en la industria del videojuego, vaya usted a saber. Hasta donde nosotros llegamos, no se consideró nunca a sí mismo un artista. Fue un documentalista y puede que lo siguiera siendo, aunque quizás eso lo fue lo que más tuvo a su alcance para hacer cine. Lo que sí se reivindicaba era como un industrial, me parece por tanto que un cineasta de ese tipo es lo que mejor lo podría definir hoy en día". Para Fernando Gabriel Martín, "su gran valor es ser un pionero, un gran amante del cine, tanto a nivel estético como por entender claramente sus posibilidades industriales. Es un referente esencial no solamente en la historia del cine canario sino también español. Era capaz de abordar cualquier proyecto. Si viviese hoy, haría cine fuera de Canarias".

El rodaje de El ladrón de los guantes blancos empezó el 13 de enero de 1926 y se prolongó durante siete u ocho meses. Entre otros espacios, como el propio Carlos Teixidor detalló en un artículo publicado en la revista Sanborondón en 1983, "el Camino Largo de La Laguna; la antigua carretera Santa Cruz-Laguna-Tacoronte; el antiguo hotel Quisisana de Santa Cruz; el hotel Taoro de Puerto de la Cruz; numerosos interiores de viviendas particulares; la antigua recova de La Laguna; la cantera La Jurada de la carretera de San Andrés; y el Monte de Las Mercedes, en Anaga".

Colaboradores

El más destacado de los colaboradores de Rivero fue Romualdo García de Paredes, que interpretó al detective Tom Carter y está considerado codirector del filme. García de Paredes es, además, el único socio que quedó de los ocho que inicialmente iban sufragar el presupuesto, estimado en unas 30.000 pesetas, una cifra entre media y baja para una película de la época. El filme fue parcialmente pagado por la familia de la esposa de García de Paredes. El codirector murió en Ciempozuelos (Madrid) en 1930 "en medio de una tormenta que le impidió pedir ayuda", según se lee en el libro.

La actuación y fotogenia de Angelina Navarro, la actriz protagonista en el papel de Ketty Henrry, fue alabada de forma unánime. Se desconoce su procedencia. Algunos testimonios la situaban en Argentina tras la película, pero se le perdió el rastro. Destacado fue también el actor Antonio Varela (en los papeles de Malcorne y El encapuchado) por su capacidad para superar sin rasguños las tomas más peligrosas de la película, un trabajo que hoy haría un especialista. Varela emigró a Argentina y Venezuela, donde murió en 1972 a los 72 años en accidente de tráfico. Por último, el actor que interpretó a Carlos Simpson (novio de Ketty Henrry), Guetón Rodríguez Melo, murió en 1936 en Tenerife a manos de los franquistas sublevados contra la República.

La película El ladrón de los guantes blancos está filmada sin iluminación artificial. El propio cineasta alaba la calidad de la luz de las Islas y es significativo que, hoy que se plantea la construcción de platós de cine en las Islas, exprese entonces su aspiración de que estas puedan contar con un "estudio que pueda albergar focos y decorados". Su estreno se realizó durante dos días seguidos dividiendo la película en dos partes (duraba más de dos horas y en la época era frecuente que las películas se mostraran así). Se hizo, además, simultáneamente en el Teatro Leal de La Laguna y en el derribado Parque Recreativo de Santa Cruz de Tenerife. Como solo se disponía de una copia, se cree que un coche, o un motorista, subía y bajaba transportando las bobinas de una a otra sala. El ambiente fue de gran expectación. Fue un éxito rotundo.

Tras sus pases en los años veinte en Canarias y Venezuela (único lugar donde está acreditada la proyección, aunque hay señales de proyecciones en Cuba y Argentina), El ladrón de los guantes blancos se proyectó cuatro años después de la muerte de Rivero, en 1937, en el cine Numancia de Santa Cruz de Tenerife. La siguiente vez que vuelve a haber constancia de una nueva proyección, la ya mencionada de 1955 en el cine Price, al filme le falta ya el segundo rollo, que hasta hoy sigue sin aparecer. "Existen posibilidades de que esté en Tenerife, claro, en cualquier desván, pero también las hay, y muy fundadas, de que se haya perdido de forma irremediable", asegura Benito Fernández. "El segundo rollo, desaparecido, será muy difícil encontrarlo, pero hay que seguir buscándolo", dice Carlos Teixidor. "Su hija, doña Rafaela González, me dijo que se perdió en América, tras su exhibición en Cuba. Pero el mayor problema es que ya no existen los rollos de los negativos originales y no se puede tirar o positivar esa parte de la película. Tras fallecer Rivero, la familia atravesó dificultades económicas y tuvieron que mudarse a una casa más pequeña. Quizás entonces se perdieron los negativos. Y el positivo se perdió en Cuba, o en Buenos Aires, según otras fuentes. Ojalá que algún día aparezca".

Tareas pendientes

Ciudadano Rivero. La Rivero Film y el cine mudo en Canarias es un gran libro de cine, a la altura de los más importantes logros relacionados con el audiovisual en la historia de las Islas. Dos son las tareas pendientes para seguir avanzando en la necesaria recuperación de la memoria del cine del Archipiélago. Por un lado, fijar la importancia de José González Rivero en el contexto de cineastas y operadores de cine españoles y europeos. Como nos ha ocurrido en otras ocasiones, no sería de extrañar que el canario ocupe una posición de excelencia respecto a sus coetáneos. La otra tarea es profundizar con la misma dedicación en la recuperación de la memoria de la productora Gran Canaria Film de Francisco González González, empresa que, en los mismos tiempos que Rivero, empujaba por sacar adelante la producción de cine en las Islas, con el logro del primer largometraje de tema canario de la historia, La hija del Mestre, con José González Rivero como distinguido colaborador en tareas de fotografía.

Se expresa así en el libro: "La verdadera muerte de Rivero es el olvido". Por eso es tan acertada su dedicatoria: "A todos los que han realizado cine en Canarias. Y a todos los que sueñan con hacerlo". La losa que mantiene a Rivero fuera del lugar que le corresponde por el papel que ha jugado en la historia de las Islas está labrada con la misma piedra que la que ha venido poniendo freno a la posibilidad de desarrollo de la actividad audiovisual en las Islas. Básicamente, no creer en nosotros mismos, mirar al horizonte con miedo, permitir que otros tomen las decisiones que afectan a nuestro futuro. En los mejores tiempos para el audiovisual en las Islas desde el nacimiento del Cinematógrafo en 1895, fijar a Rivero en nuestra memoria colectiva, como su figura merece, constituye el mayor balón de oxígeno para el cine en Canarias.

Compartir el artículo

stats