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La Provincia - Diario de Las Palmas

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CONTRA LOS PUENTES LEVADIZOS

Como un espejo

Carlotta, la 'prima donna' de 'El fantasma de la ópera'. LA PROVINCIA / DLP

En Prosas reunidas (Malpaso, 2017), volumen liviano para entrar y salir a voluntad pero contundente al momento de noquear, como si cada palabra tuviera todo el ADN de la autora, la Premio Nobel polaca Wis?awa Szymborska confiesa que "admiro la ópera, que no es la vida real, y admiro la vida, que es en ocasiones una verdadera ópera". Las ciudades donde trascurren nuestras vidas, la vida ordinaria y cotidiana, no tienen nada que envidiar a los grandes coliseos operísticos (la Scala de Milán, el Liceo de Barcelona, el teatro San Carlo de Nápoles, la Ópera de París, la Royal Opera House londinense, la Fenice veneciana, el teatro de la Ópera de Sidney, la Metropolitan Opera de Nueva York), donde a veces se llega a dar más importancia a lo que se ve en los palcos que a lo que se oye en el escenario. Lo que la autora de Paisaje con grano de arena celebra de la ópera es su condición de espejo en el que nos reflejamos para vernos como no sabíamos que éramos.

Una definición desusada de ópera, por desafortunada, como los gallos de Carlotta, la prima donna de El fantasma de la Ópera, dice así: "Obra enredosa o larga, tanto de manos como de ingenio". Estoy casi seguro de que esta definición se acerca mucho más a lo que ocurre de puertas para adentro que a la obra dramática cuyo texto se canta, a juzgar por lo que dice, aunque con ironía, Szymborska: "Una dura política de personal reina en el mundo de la ópera. Un código tan inquebrantable como el de las primeras tribus rige las relaciones familiares. La soprano debe ser hija de un bajo, esposa de un barítono y amante de un tenor. Los tenores no pueden engendrar una contralto ni tener relaciones carnales con una. Un amante barítono es una rareza y, en cualquier caso, es mejor buscarse un mezzosoprano. A su vez, las mezzosopranos deben tener mucho cuidado con los tenores: el destino suele condenarlas al rol de ser la otra o a la aún más triste posición de amiga de las sopranos".

Del mismo modo, asistir a la ópera es un acto social jerarquizado en función del palco ocupado o la localización en el patio de butacas, aunque cada vez menos como reflejo de los cambios sociales en los últimos cuatro siglos, como señala el historiador inglés Daniel Snowman en el ensayo La Ópera: una historial social (Siruela, 2012; reeditado en 2016): "Cuando un duque, llamárase Gonzaga o Wittelsbach, o un monarca Borbón promovían una ópera, el objetivo era, normalmente, impresionar a alguien (acaso a un gobernante rival), mientras que la ópera popular podía, con relativa frecuencia, ser un acontecimiento de un carácter más subversivo. [...] A raíz de las guerras habidas en la Francia revolucionaria, gran parte de Europa fue quedando gradualmente inmersa en una marea de nacionalismo cultural, un esquema que muchos productores y consumidores de ópera abrazaron, fenómeno que sobrevivió hasta bien entrado el siglo XX, concreta y notoriamente bajo el Tercer Reich. En nuestros tiempos, la controversia pública sobre el supuesto elitismo o la popularidad de la ópera ha sido objeto, en algunas ocasiones, de duros debates políticos".

Lo que está fuera de toda discusión es que los gustos musicales han cambiado y se han amplia- do. En la actualidad se representa, se ve, se escucha y se filma más ópera que nunca. También son cada vez más las películas que reinterpretan la partitura de algún aria, como Il dolce suono de Lucia di Lammermoor de Donizetti que interpreta la diva de El quinto elemento, de Luc Besson, o La mamma morta de Andrea Chenier de Umberto Giordano, que con-virtió a la soprano María Callas en icono gay desde que Jonathan Demme optó por incorporar su voz en la banda sonora de Philadelphia. Qué decir de El Padrino III, de Francis Ford Coppola, cuyo clímax narrativo tiene lu- gar en la Casa de la Ópera de Sicilia, en Palermo, con el famoso Intermezzo de Cavalleria rusticana de Pietro Mascagni de fondo. Para otra cosa no, pero para la lírica soplan buenos vientos. Al menos para el Festival de Ópera de Las Palmas de Gran Canaria que cumple medio siglo de vida, y lo que le queda aún. La ópera no acaba hasta que canta la gorda. Y todavía no ha cantado.

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