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cine

El rostro impenetrable

Centenario y vigésimo aniversario de la muerte de Robert Mitchum, uno de los mejores a la hora de personificar al antihéroe oscuro y turbador

El rostro impenetrable

El rostro impenetrable

Más que alto era un hombre de aspecto descomunal, aunque no superara el metro ochenta y cinco. Lo pude verificar con mis propios ojos en 1993, año en el que recibía el Premio Donostia en reconocimiento a su carrera en el Teatro Victoria Eugenia de la capital vasca, durante una fugaz y parca entrevista que no sobrepasó los quince minutos en la que se mostraba ostensiblemente seco y poco conversador ante la batería de preguntas que le formulaba este comentarista. Dotado de un físico rotundo, la suya era una imagen recia, dura, impasible, y resistente como un bloque de granito; así aparecía, con casi 80 años y más de cien películas a sus espaldas el mítico Robert Mitchum (Bridgeport/Connecticut, 1917. Santa Bárbara/California, 1997) en un momento de su vida especialmente crucial al habérsele detectado un cáncer de pulmón que lo arrastraría hasta la muerte cuatro años después y que su carrera, antaño floreciente y aclamada por crítica y público, ya había tocado irremediablemente a su fin, a pesar de que insistía en que tenía "combustible suficiente para actuar en otras cien películas más", como aseguraba en aquella breve entrevista. La verdad es que con solo verlo ya te hacías una idea de que con una presencia tan abrumadora podría echarse sobre sus espaldas a los personajes más oblicuos, retorcidos y sinuosos que pueda uno imaginarse.

Ya desde su más tierna adolescencia, tras abandonar su casa familiar, comenzó a mostrar una cierta propensión al aventurerismo viviendo una vida errante, díscola y sin medida en la que, entre otras muchas actividades, practicó boxeo, trabajó de minero, fue cantante y camarero de restaurante, guardaespaldas, recitó poemas por las calles a cambio de unos centavos y ejerció, durante años, de guardabosques en su Connecticut natal. Normalmente parco en sus expresiones, de ademanes lánguidos y de escasos recursos dialécticos, podía desatar un auténtico huracán de emociones a su alrededor si se lo proponía sólo con esbozar una de sus peculiares muecas o congelar su ácida y amenazante mirada. Aunque su talento dramático reposaba sobre una reducida gama de registros, siempre supo imponer categóricamente su presencia en las pantallas merced a una potente intuición para interiorizar hasta los más imperceptibles matices de un personaje, sin perder nunca su proverbial compostura externa.

No reía nunca -o casi nunca- ni en los platós ni en sus frecuentes apariciones públicas en los festivales internacionales y en los saraos más exclusivos del viejo Hollywood donde, tarde o temprano, su agrio y embroncado carácter siempre se hacía notar. Sólo de cuando en cuando rompía la gravedad de su rostro con una aletargada y malévola sonrisa que, por regla general, preludiaba la llegada de alguna tormenta o de una aparatosa y tórrida escena de amor con alguna de las muchas estrellas que, a lo largo de más de cincuenta años de trayectoria profesional, tuvieron ocasión de trabajar junto a él, como Teresa Wright, Gloria Grahame, Greer Garson, Loretta Young, Myrna Loy, Ava Gardner, Jane Russell, Jean Simmons, Rita Hayworth, Deborah Kerr, Elizabeth Taylor, Dorothy McGuire o Susan Hayworth.

Su innata capacidad para personificar el mal en estado puro, especialidad que le proporcionó algunos de sus más celebrados éxitos profesionales, lo demostró ampliamente en dos de sus trabajos más paradigmáticos: La noche del cazador (Night of the Hunter, 1955) -la experiencia única y deslumbrante de Charles Laughton como director-, donde encarna a un falso y siniestro predicador dispuesto a todo por apropiarse de un suculento botín escondido por unos atracadores y El cabo del terror (Cape Fear, 1961), de James Lee Thompson, cuya insuperable actuación como asesino redentor tuvo su estimable réplica, treinta años más tarde, bajo los tensos e impulsivos rasgos de Robert de Niro, otro grande de la interpretación, en la, por otra parte, desafortunada incursión de Martin Scorsese en los terrenos resbaladizos del remake con El cabo del miedo (Cape Fear). Y, aunque le tocó desempeñar el papel más ingrato del filme frente a un Gregory Peck volcado en su personaje de abogado justo e insobornable, en la misma línea del Attikus Finch que encarnó, dos años antes, en Matar a un ruiseñor (To Kill a Mockingbird), de Robert Mulligan, la presencia de Mitchum se convertiría en el verdadero motor dramático de aquella memorable película, hábilmente dirigida por el británico Jack Lee Thompson, a partir de la novela The Executioners, del prolífico escritor de novela negra John MacDonald.

Pero no siempre le tocó a Mitchum interpretar a personajes oblicuos y perversos. En más de una ocasión, puso a prueba su admirable versatilidad interpretativa rebasando los límites de su propio patrón a través de una serie de personajes cargados de una extraña e insondable ternura que le proporcionaba una dimensión insospechada a su rocosa e inmutable figura, como el del angustiado protagonista de Con él llegó el escándalo (Home from the Hill, 1960), de Vincente Minnelli; el pistolero atormentado por sus duros traumas infantiles en Perseguido (Pursued, 1947), de Raoul Walsh; el profesor deshonrado de La hija de Ryan (Ryan's Dauhhter, 1970), de David Lean; el esforzado pastor de ovejas de Tres vidas errantes (The Sundowners, 1960), de Fred Zinnemann; el sheriff alcohólico y humillado de El Dorado (El Dorado, 1966), de Howard Hawks; el ex espía que indaga en los oscuros dominios de la mafia nipona en The Yakuza (The Yakuza, 1975), de Sydney Pollack; el domador de caballos de The Lusty Men (The Lusty Men, 1952), de Nicholas Ray; el Philip Marlowe nihilista, frio e insolente de Detective privado (The Big Sleep, 1978), de Michael Winner; el ex detective que busca su propia redención en Retorno al pasado (Out of the Past, 1947), del gran Jacques Tourneur, o el héroe zaherido de Río sin retorno (River of no Return, 1954), el formidable western de Otto Preminger con Marilyn Monroe y Rory Calhoum como coprotagonistas.

Tuvo, también como Bogart, la admirable virtud de cultivar hasta la saciedad la imagen del loser -perdedor- en títulos emblemáticos del cine negro y en westerns de marcado acento crepuscular pero, a diferencia del protagonista de Casablanca (Casablanca, 1942), Mitchum encarnaba al perdedor ambiguo, turbio, individualista, seductor y de dudoso pasado en el que no hay que confiar demasiado. Aún así, supo dotar a muchos de sus héroes de ficción de una extraordinaria dignidad, no exenta de cierta melancolía, ante cuyos cautivadores efectos cayeron rendidos millones de espectadores en todo el mundo durante décadas.

Bajo su porte indolente, majestuoso e inmutable cobraron vida un sinfín de personajes inquietantes, seres taciturnos y esquinados que vivían sus dramas personales en el más tenso de los silencios asediados por un destino que no acaban de controlar. Sin técnica ni estilo reconocibles, Mitchum bordaba siempre estos personajes, los hacía absolutamente creíbles, les infundía densidad dramática y verdad, hondura y malicia, serenidad y turbulencia, de ahí que muchas de sus composiciones, incluidas las que no le suponían mayor esfuerzo que su simple prestancia, hayan quedado selladas a fuego en nuestra memoria como el eco de un auténtico maestro en el complejo oficio de la actuación, un maestro al que, no obstante, la vida le jugó alguna que otra mala pasada, como la de aquel turbio suceso a consecuencia del cual dio con su huesos en la cárcel por haber consumido en público marihuana junto a la actriz Lila Leeds y su viejo amigo Robin Ford en una de esas interminables soireés que tanto frecuentó durante los años dorados de Hollywood.

Desde aquel momento, el galán duro por antonomasia, el héroe imperturbable y poderoso, que desafió a tantos enemigos sin sufrir la menor perturbación, quedó marcado por una sociedad que no tolera, y menos aún en el año 1949, que sus ídolos se pasen lo más mínimo de la raya fuera de la pantalla. Naturalmente, aquel incidente, observado con lupa por los inquisidores políticos del momento, le supuso un serio borrón en su impecable hoja de servicios y el estigma social de una América sumida en una de las épocas más represivas y dogmáticas de toda su historia: la era del macartismo. Mitchum, por supuesto, siguió trabajando hasta el fin de sus días, pero siempre fue señalado con el dedo acusador de una industria a fin de cuentas profundamente conservadora, que le admitía a regañadientes entre sus filas a pesar de que, desde su primer gran éxito en el filme de William A. Wellman También somos seres humanos (The Story of G. I. Joe, 1945), se convirtió en uno de sus más firmes valores comerciales.

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