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Nuestra novela de David Trueba

El director de cine cruza en 'Tierra de campos' sus dos constantes: el amor por las historias y cómo narrarlas

David Trueba.

David Trueba. LA PROVINCIA/DLP

Irías y verías

Todo igual, cambiado todo

Así como tú eres

El mismo y el otro

Luis Cernuda, 'Viendo volver'

(1949)

David Trueba lleva años capeando diversas disciplinas: el cine, con Vivir es fácil con los ojos cerrados, triunfadora de los Goya en 2014; la televisión, con ¿ Qué fue de Jorge Sanz? (2010-); y la literatura, con el anterior Blitz (2014) y este reciente Tierra de campos. Podría pensarse que son compartimentos estancos pero, a poco escarbar, existen unas líneas que los unen como la familia que son: la desubicación en la madurez y la búsqueda de un lugar en el mundo; el amor y las formas de perderlo; la paternidad: escribe en este libro "los hijos se convierten en hijos cuando aprenden a ser padres"; y el viaje como proceso catártico necesario para entender la vida. Es central esta última temática en toda la obra de Trueba: Antonio, el profesor de inglés de Vivir es fácil, emprendía camino a Almería para encontrar(se) a John Lennon; en ¿Qué fue de Jorge Sanz?, la vida de "un" Jorge Sanz parece embocarse en un rodaje que le lleva a la República Dominicana; o en Blitz es Múnich donde se desmonta y, a un tiempo, se arregla la existencia de Beto, su protagonista. A lo largo de Tierra de campos, el músico Dani Mosca peregrina por dos planos que van alternándose en sus páginas: uno, hecho de recuerdo, en el que recorre su vida, desde su niñez hasta su matrimonio fallido y, otro, hecho de presente, en el que se relata el regreso a su pueblo con el cadáver de su padre.

Tierra de campos enlaza con dos constantes en la trayectoria de Trueba: su amor por las historias y su obsesión por cómo narrarlas. En el libro revuelve relatos, pequeños cuentos y anécdotas que sirven para empezar a sentir a Mosca como nuestro. Esta es la gran habilidad del autor para con sus novelas y para con sus lectores: contar a la manera Ilustrada. Las palabras de Stephen Bronner en su necesaria Reivindicación de la Ilustración (Ed. Laetoli) me recordaron, obligatoriamente, a la buena praxis de Trueba (no es casual que recientemente rodase con Ramón Fontserè los monólogos del preilustrado Montaigne): "Adecuar la Ilustración (y sus valores) a la modernidad requiere volver a conectar con lo popular. Esto no significa dar un respaldo al antiintelectualismo". Nosotros, por tanto, somos sus personajes, pero no uno, he aquí lo excepcional de Trueba, sino todos: en su novela habita un compendio sentimental de lo español, eso "lo español" que va desde la Transición hasta la actualidad, que consigue (y reivindica) una sentimentalidad común de un país ante la vida. La relación con el pueblo y sus padres, quizá lo más potente de la obra, brilla precisamente porque es nuestra: ¿cómo entenderse con la generación de la posguerra? ¿Cómo entenderse con los silencios católicos? ¿Cómo adaptarse a la nueva libertad siendo artista? Y, sobre todo, ¿cómo reencontrarse con todo eso a bordo del coche fúnebre que transporta el cuerpo de tu padre? Nos responde el autor, bruscamente, al tema: "Había caído del árbol de la infancia a plomo sobre el descampado del mundo de los adultos". ¿Cómo afrontar lo adulto, una separación, una muerte, una paternidad, siendo todavía un niño de casi cincuenta años?

Entiende también Trueba que la memoria de esa (su) generación es inevitablemente musical. Frente al silencio / posguerra / dictadura de la Tierra de campos, el autor escribe las canciones de su protagonista y las intercala con su formación musical en el rock y el pop de la época. Otro de los aciertos del libro: anclar sentimientos a canciones porque, como sabe Trueba, son lo exactamente lo mismo. De paso nos regala reflexiones necesarias sobre el oficio, mejor: sobre cualquier oficio. Puesto en boca de sus personajes sigue sonando él mismo: "no hay otra carrera posible que la carrera de resistencia", "nadie pierde la dignidad por perder la dignidad un poco".

Es Tierra de campos una novela melancólica y soleada, patética y tierna, de separaciones y de reencuentros. Sobre todo, como ya he dicho, lo mejor es que David Trueba nos la ha hecho nuestra.

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