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Vicios del totalitarismo

'El cumpleaños de Kim Jong-il' muestra la mirada de un niño al régimen norcoreano desde la admiración al desengaño

Vicios del totalitarismo

La familia, los amigos, la escuela, las películas, la televisión, los cómics. Todo en la vida de Sun Jang, un niño de 8 años que vive su infancia bajo el régimen estalinista de Corea del Norte, gira alrededor de Kim Il-sung y su hijo Kim Jong-il que son adorados por la sociedad como auténticos dioses. Esta emocionante y cruda obra, realizada por el reportero francés Aurélien Ducoudray y dibujada por el trazo siempre efectivo de Mélanie Allag describe el modo de vida en el país asiático, pero puede ser extensivo a cualquier género totalitario de cualquier lado del planeta.

Ducoudray se inspira en los testimonios de los pocos norcoreanos que consiguieron huir de su país y pudieron contar su infancia allí, y estos mecanismos le sirven para mostrar la mirada de un niño que va descubriendo la otra cara del régimen mientras se van resquebrajando todas sus creencias.

Uno de los grandes aciertos de la obra es que, por un lado, se diferencia de Pyongyang, de Guy Delisle, en que no se introduce por el terreno humorístico, ni tampoco utiliza la ironía para mostrar situaciones realmente surrealistas que ocurren día a día. Más bien al contrario, se exponen con toda su crudeza para que el lector no se cree falsas expectativas que puedan derivar hacia un exotismo turístico. Por otro lado, tampoco se presenta como el afamado Una vida en China, de Li Kunwu y P. Ôtié, que se centraba en vertebrar las políticas de Mao Zedong cuando llegó al poder en los años 50, ya que tampoco incide en temas políticos, a excepción de cuando muestra la corrupción de los funcionarios del régimen que no tienen ningún problema en traicionar su ideología si es a cambio de un buen trago de alcohol. El estilo de Allag es muy esquemático, frío, pero también muy sobredimensionado, lo que produce esa sensación de desamparo de una manera incluso mayor en el lector . En algunas viñetas el autor galo llega a lo rimbombante queriendo copiar la tendencia megalómana y egocéntricas de los cuadros con los que la propaganda del régimen empapela las ciudades y en las que se ven al líder de la revolución y a su hijo, siempre con sonrisas Profiden, y en un ambiente bucólico de colores chillones que rozan lo hortera. Precisamente, este aspecto es muy importante ya que, la primera parte, en la que se describe cómo es la vida de la familia del niño protagonista bajo el yugo del estado, es totalmente en color. Pero con unas tonalidades siempre oscuras, esquemáticas y muy desapacibles. Por otro lado, la segunda parte, que transcurre en un campo de concentración, está hecho en tonos de grises, y resulta más tétrico y descarnado, para mostrar cómo el maltrato y las vejaciones son el pan nuestro de este confinamiento militar. Las últimas páginas, sin embargo, vuelven al color para presentar el regreso a la inocencia del protagonista, añadiendo algo de esperanza a un trabajo sin cortapisas. Una obra, en definitiva, tan interesante como desasosegante, que supone todo un avance en el campo de la novela gráfica.

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