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El terror como metáfora

La desaparición de George A. Romero deja huérfano a un género que sigue madurando gracias a filmes como 'La noche de los muertos vivientes'

George A. Romero, en el centro de la imagen, rodeado de figurantes durante el rodaje de 'Day of the dead'.

George A. Romero, en el centro de la imagen, rodeado de figurantes durante el rodaje de 'Day of the dead'. LA PROVINCIA / DLP

Mutatis mutandis, el recorrido profesional del director estadunidense de origen hispano George A. Romero (Nueva York, 1940/Toronto, 2017), patriarca incontestable del moderno cine de terror, fallecido la pasada semana a los 77 años a causa de un cáncer de pulmón mientras preparaba su último proyecto como director y guionista, tiene más de un punto en común, por poner un ejemplo -podríamos poner algunos más-, con la explosiva trayectoria artística del gran Orson Welles. No se trata, como podría parecer a primera vista, de un símil arbitrario ni de un ardid de este comentarista para exaltar una vez más las gloriosas virtudes que envuelven la figura de uno de sus cineastas favoritos, sino de dos fenómenos paradigmáticos que comparten, en dos etapas distintas de la historia de Hollywood, un mismo logro: romper con los corsés impuestos por los grandes estudios y proponer, al mismo tiempo, la reinvención del cine desde parámetros visuales que sorteaban hábil e inteligentemente los códigos narrativos dominantes en su empeño por situarse a la altura de los tiempos.

Un impulso transformador que se extendió como el fuego en el entorno del cine independiente estadounidense bajo la advocación de un público que exigía nuevas miradas sobre los temas de siempre, nuevas perspectivas más en consonancia con la voluntad de cambio que demandaban las generaciones más jóvenes de espectadores en muchos rincones del planeta que con unos esquemas de producción y unos planteamientos ideológicos virtualmente agotados por un uso abusivo e indiscriminado de las viejas fórmulas implementadas por los eternos guardianes de las más puras esencias del mercado multinacional.

Aunque uno y otro se encuentren en posiciones muy alejadas para poder compartir un mismo perfil estilístico o siquiera una perspectiva común sobre el arte cinematográfico o sobre sus correspondientes preferencias temáticas, sí demostraron, sin embargo, una capacidad endiablada para excitar en el público la necesaria curiosidad intelectual que les ha permitido pasar con todos los honores a la posteridad como nombres de obligada referencia en sus respectivos ámbitos: el del melodrama de trasfondo social en el caso de Welles y el del terror metafórico en el de Romero.

Dos corrientes artísticas

Ambos, con las correspondientes distancias que cada espectador desee establecer entre ellos, inauguraron sus respectivas carreras con sendos trabajos que contribuyeron a abrir profundas y alentadores brechas en el panorama cinematográfico de los años 40 y de los 60, respectivamente, trazando un nuevo camino por el que posteriormente transitarían legiones de cineastas guiados por la arrebatadora potencia formal y conceptual que destilan dos películas tan diferentes, pero tan iconoclastas y políticamente incómodas, como Ciudadano Kane ( Citizen Kane, 1941) y La noche de los muertos vivientes ( Night of the Living Dead, 1968). Dos concepciones del arte cinematográfico que, a primera vista, no parecen admitir comparación alguna como experiencias culturales absolutamente independientes, pero que han generado, empero, dos corrientes artísticas tan poderosas e influyentes como enormemente complejas, tal y como ha quedado reflejado a través de la estela de reconocimientos que han cosechado ambas obras maestras en la historia moderna del cine.

Planteo esta comparación aleatoria intencionadamente, consciente de que puedo provocar alguna que otra perplejidad entre algunos sectores de la denominada cultura highbrow empeñados en negarle el pan y la sal a la producción artística de marcados orígenes populares frente a esa otra de carácter más ilustrado que, como es natural, seguirá ocupando su sitial de honor en los anales del cine, pase lo que pase, pero que está irremediablemente orientada hacia el entendimiento con otras corrientes culturales injustamente marginadas, como dejó bien patente, en 1964, Umberto Eco en su elogiado ensayo Apocalípticos e integrados en la cultura de masas. Hoy, afortunadamente estas divisiones ya forman parte del pasado, de un tiempo sembrado de certezas absolutas e irrevocables que contribuían a jerarquizar de forma prescriptiva el entorno de la cultura, estableciendo una relación maniquea entre "lo serio" y "lo frívolo"; entre "lo viejo" y "lo nuevo", "lo velado" y "lo transparente", esquema que en pocas ocasiones ha respondido fielmente a la verdadera realidad de un arte que nació, no nos olvidemos, a pie de calle, entre las clases populares y, además, con el indeclinable propósito de aglutinar en su seno los recursos expresivos de todas las artes.

Romero, a quien se le etiquetó precipitadamente de artesano y oportunista -la crítica española mayormente- por aferrarse, desde sus inicios, al terror como tabla de salvación para garantizarse una larga permanencia en el oficio, surgió en el panorama cinematográfico internacional con la agudeza y la originalidad de quien intenta invertir los preceptos estéticos y conceptuales del género y, a partir de ese cambio, poder meditar sobre asuntos medulares en la sociedad de su tiempo, convirtiendo así La noche de los muertos vivientes y sus consiguientes secuelas en un duro y alegórico manifiesto sobre los miedos que atemorizaban al país en una de las décadas más conflictivas y desasosegantes para el pueblo norteamericano tras la Segunda Guerra Mundial.

Sin estrellas

Y muy poco cuenta en el balance final que la película que fuera filmada en 16 mm., que su presupuesto no sobrepasara los 114.000 dólares y que no contara en su reparto con una sola estrella de relumbrón porque su éxito surgiría de la propia naturaleza experimental del filme y de la formidable capacidad de Romero para imprimir realismo y verdad a un relato fantástico del que se extraen lecturas la mar de sugestivas, de las que tomaron buena nota algunos de sus más aventajados discípulos, como Zack Snyder en su extraordinario debut con Amanecer de los muertos ( Dawn of the Dead, 2004), inspirado en el filme homónimo de su maestro, realizado en 1978; el británico Danny Boyle con 28 días después ( 28 Days Later, 2002) donde se respira la atmósfera de la típica megaproducción hollywoodiense, con gran cantidad de medios que, no obstante, se distancia considerablemente de la austeridad romeriana, lo mismo que la del tinerfeño Juan Carlos Fresnadillo 28 semanas después ( 28 Weeks Later, 2007), secuela no menos espectacular de la de Boyle, o la superproducción del alemán Marc Forster Guerra Mundial Z ( World War Z , 2013), inspirada en la novela Max Brooks, donde se establece un curioso correlato del drama lacerante de los millones de refugiados políticos que inundan hoy amplias áreas del planeta. Naturalmente, y como mandan las normas más elementales del arribismo comercial, el vendaval desatado por Romero, hace casi 50 años, con su emblemático trabajo sobre el universo zombi generó centenares de producciones de ínfima categoría, cuyo propósito no era otro que el de auparse al tren del éxito fácil sin mediar en la mayoría de los casos el menor escrúpulo intelectual.

La irrupción de La noche de los muertos vivientes en las pantallas de medio mundo provocó, como suele suceder con toda obra que intenta agitar las conciencias, una ruidosa polémica, agrandada por la formidable acogida de público que obtuvo, primero en los propios Estados Unidos y, años más tarde, en el resto del mundo, transformándose rápidamente en una pieza imprescindible en el engranaje de un subgénero cinematográfico que, a partir de ese momento, ya no sería el mismo pues su creador la dotó de la enjundia necesaria para estimular las lecturas más insólitas y complejas, de ahí que al contemplarla hoy, tras cinco décadas de su estreno, preserve toda su energía expresiva con ese blanco y negro desvaído y reporteril que envuelve toda la película en su indisimulado propósito de trascender más allá de lo que representan un conjunto de imágenes particularmente oscuras, distópicas y aterradoras que dibujan un universo de pesadilla.

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