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Percepciones

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En 2015, los resultados de una encuesta del Instituto de Investigación Social Ipsos Mori, llevada a cabo en 33 países, en la cual se interrogó acerca de la percepción de los ciudadanos respecto a temas como la distribución de la riqueza, el índice de obesidad, la inmigración existente, etc., se contrastaron con los datos reales. Una conclusión general, y lógica, es que se sobreestiman las preocupaciones; por ejemplo, en términos globales, se tiene la creencia de que el 47 por cien de la riqueza está en manos del 1 por cien de la población, cuando realmente es el 34 por cien de la riqueza el que está en manos del 1 por cien de la población; también en términos globales se piensa que el 23 por cien de la población es inmigrante, cuando que el porcentaje de inmigrantes de estos países es el 10 por cien; en cuanto a la edad se percibe que la media de edad es de 50 años y en realidad la media de edad es de 37 años; en cuanto al ateísmo se percibe como un 37 por cien cuando realmente es de un 18 por cien. La correlación entre la realidad y lo percibido, pues, está siempre desviada hacia la sensación que preocupa. Sin embargo, si analizamos la historia los ciudadanos nunca han percibido el peligro que, tras tiempos decadentes, acecha con la venida del fin de un ciclo. Cuando un cierto equilibrio histórico se produce, el hecho de que se avecine el final, como es siempre previsible, no resulta creíble y sorprende a la masa con el desmoronamiento y la guerra. Es como la contraparte del efecto del índice de ignorancia de Ipsos anteriormente visto: los ciudadanos siempre temen lo peor, pero nunca creen que su tranquilidad tenga final.

Algo así como que estamos vivos y sabemos teóricamente que vamos a morir, pero es una probabilidad en la que nunca pensamos. Y ahora vayamos al núcleo de lo que queremos expresar hoy. El repu- tado historiador Niall Ferguson, pareja de Ayaan Hirsi Ali, especialista en historia del siglo XX, en un artículo en The Sunday Times, de noviembre de 2015, decía: "Así describió Edward Gibbon el saqueo de Roma a manos de los godos en agosto del año 410 después de Cristo: En la hora de salvaje licencia, cuando toda pasión se infla-maba y toda restricción se levan- taba se hizo una cruel matanza de los romanos; y las calles de la ciudad se llenaron de cadáveres. Cuando los bárbaros se sintieron provocados por la oposición, extendieron la masacre indiscriminada a los débiles, los inocentes y los desamparados". La decadencia se convirtió en caída y el monoteísmo fue como un hongo que contribuyó a pudrir el imperio. Ferguson recuerda que en cinco decenios, la población de Roma disminuyó en tres cuartas partes: "El fin de la civilización, en palabras de Ward-Perkins, se produjo en el plazo de una sola generación. El libro de Peter Heather La caída del Imperio Romano destaca que los visigodos que se establecieron en Aquitania y los vándalos que conquistaron Cartago se sintieron atraídos por la riqueza del Imperio Romano y pudieron apoderarse de ella gracias a las armas y las aptitudes adquiridas de los propios romanos". Y termina Ferguson: "Unos procesos extraordinariamente similares están destruyendo hoy la Unión Europea, aunque pocos estemos dispuestos a reconocerlo. Como el Imperio Romano a principios del siglo V, Europa ha dejado que sus defensas se derrumbaran. A medida que aumentaba su riqueza han disminuido su capacidad militar y su fe en sí misma. Se ha vuelto decadente, con sus centros comerciales y sus estadios. Al mismo tiempo, ha abierto las puertas a los extranjeros que codician su riqueza sin renunciar a su fe ancestral. Como decía Gibbon, los monoteístas convencidos son una grave amenaza para un imperio laico". El tema catalán, no en sí mismo, sino como mostrativo de un Estado central y un Gobierno central débiles, es otro ejemplo, pequeño y lateral, de la decadencia de Europa, donde enseguida se alzan las voces que pretenden que la fragmentación y los nacionalismos insanos e imberbes, tienen derecho a algo, así como los familiares de los delincuentes siempre aparecen en la puerta de los juzgados a aplaudir a sus chorizos, aunque salgan convictos y confesos.

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