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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Crítica 'El padre'

La enfermedad del olvido

Héctor Alterio. LP/DLP

¿Cómo podría hacerse un drama sobre una enfermedad desoladora que, al mismo tiempo que haga estremecerse al espectador en su asiento, sea capaz de hacerle reír?

Sin lugar a dudas la forma más sensata sería haciendo una tragicomedia como la obra de la que ahora me ocupo: El padre.

Pero si además la puesta en escena consigue que en vez de sentir lástima por el protagonista, el público se ponga en su lugar, entonces el resultado es una creación teatral terrible tanto por su planteamiento como por las sensaciones que es capaz de crear.

Durante el desarrollo de El padre no sabemos si el protagonista está confuso o es confundido por los que le rodean con el propósito de aprovecharse de él. De esta manera el público no sabe lo que está ocurriendo, ¿está olvidando o están abusando psicológicamente de él para hacerle dudar de su memoria?

Lo realmente increíble es que esta obra consigue hacernos reír sin convertir al enfermo en un payaso, es decir, conservando toda la dureza del drama al que se enfrenta. Incluso dentro de la tragedia sin concesiones hay momentos para que el anciano coquetee con la joven (Zaira Montes) que viene a cuidarle.

El mérito es sin lugar a dudas de Florian Zeller, pero también del protagonista, interpretado soberbiamente por Héctor Alterio, que a pesar de ser un octogenario lleva como Atlas carga el peso de este mundo alucinado en el que nos colamos para contemplar una farsa trágica. Pero El padre no refleja únicamente el drama del enfermo, sino también de los familiares, en concreto de su hija (Ana Labordeta) que trata junto a su marido (Luis Rallo) de sobrellevar una situación cada vez más insostenible.

La dirección y adaptación de José Carlos Plaza es más que correcta y la escenografía e iluminación de Francisco Leal aportan una tenebrosidad que junto a la música de Mariano Díaz crean la atmósfera más indicada para una trama angustiosa. El reparto es apropiado, pero palidece en comparación con el protagonista porque la obra ha sido escrita para su lucimiento.

Creo que jamás se me olvidará la escena en la que Héctor Alterio deja de solicitar la presencia de su hija para pasar a suplicar la de su madre como si fuera un niño. Ya lo dijo Francis Scott Fitzgerald: "Toda vida es un proceso de demolición".

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