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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Marie-Laure y Óscar

La aristócrata millonaria vivió un romance apasionado con el artista surrealista

Marie-Laure y Óscar

Cuando se le pide a Victoria Combalía que rotule con un único término a cada una de las mujeres que aborda en el libro, no duda en adjudicar a Marie-Laure de Noailles (1902 - 1970) la voz "extravagancia". Genuinamente parisina, es, entre todas ellas, la más marcada por la paradoja; entre una familia convencional, por ejemplo, con un matrimonio bien avenido y vitalicio con Charles de Noailles -como ella, aristócrata culto e inmensamente rico- y un tolerado rosario de amantes demasiado efímeros, hasta que, cumplidos los 50 años, conoce al pintor Óscar Domínguez.

Con ser la de físico menos agraciado, es, en cambio, la de mayor fortuna material, literalmente desde la cuna: desde que, a los dieciocho meses, quedó huérfana de padre. Su colosal mansión se erigiría en uno de los salones más selectos de París, con bailes de máscaras y erigiéndose, incluso, en la primera sala privada de proyección cinematográfica. Allí se vio por primera vez La edad de oro de Buñuel, financiada por el matrimonio con doscientos sesenta mil francos. Produjeron también varias películas de corte surrealista, de Man Ray o Jean Cocteau, y, siempre a iniciativa de ella, fueron mecenas de escritores como Breton o Paul Eluard, y de pintores, muy especialmente de Salvador Dalí, quien, al obtener de los Noailles un jugoso importe por uno de sus cuadros, pudo comprar a tocateja su casa de Port Lligat.

La "extravagancia" le alcanzó a Marie-Laura, descendiente directa del marqués de Sade, por parte paterna, para ser moteada de "vizcondesa roja", por su izquierdismo político, y al mismo tiempo, ser la amante de un oficial alemán, casi un año, durante la Resistencia. Era, según un testimonio de la época, una mujer "mimada, generosa, astuta, intrépida, manipuladora, impetuosa, pérfida, cariñosa, infantil, exasperante y cultísima". Pero -afortunada en fortuna, desafortunada en amores-, si convivía apaciblemente con un marido de "tendencias homosexuales" -o más bien inhibicionistas: "Oh, lo que a él le gustan son las flores?", respondió cuando le preguntaron por sus inclinaciones-, se enamoró de Jean Cocteau, con quien, por la misma causa, habría de conformarse con una relación de amistad?

Sólo en la edad madura, en 1952, iniciaría un intenso y solvente amor, con Óscar Domínguez, a quien ella llamaba Putchi, y que se prolongaría hasta un lustro después, en 1955, cuando se suicida el pintor tinerfeño. "Era la primera vez que la vizcondesa se enamoraba de un hombre completamente heterosexual", relata Combalía. "Tristemente famoso por su afición a la bebida y sus peleas violentas", el exmarido de la futura Maud Westerdhal, "era recio, tenía una nariz enorme y lucía un gran mostacho: un malintencionado llegó a decir que la pareja se parecía a 'Luis XIV [Marie-Laure-] paseándose con el hombre del Cromañón´", describe la autora. "Picasso sintió gran simpatía por él, y su arte se dejó influir por el pintor malagueño. Se decía que durante la guerra había pintado cuadros que hacía firmar a Picasso para poder venderlos y así ganar un buen dinero. Y con Marie-Laure tampoco tuvo demasiados escrúpulos, aunque hay quien dice que estaban compinchados. Un día la vizcondesa decidió venderse un Picasso de la época cubista y cuando su intermediario, James Lord, lo llevó al gran marchante Heinz Berggruen, éste le dijo que ya lo poseía y el que él le mostraba no era más que una copia realizada por Óscar, cuyas dotes de falsificación eran notorias". Cuando Óscar Domínguez se cortó las venas en la bañera, el 31 de diciembre de 1957, Marie-Laure de Noailles se encargó del sepelio, y lo enterró en el panteón de su propia familia, en el cementerio de Montparnasse, a donde ella misma lo acompañaría trece años después. Una de sus sentencias podrían servir de epitafio: "Lo más bello es el futuro, la lástima es que se encoge".

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