Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

AMALGAMA

Carlos Ramos, poeta

Recibió duros golpes a su percepción a través de experiencias con el ácido lisérgico

Carlos Ramos, poeta

Carlos Ramos, poeta

Carlos Ramos. En estos días se ha publicado, gracias a la labor de zapa de varios de sus amigos de los años 70, y de su familia, un primer tomo de poemas. Carlos Ramos fue un poeta que optó por la autolisis y murió en 1979, opción que, en aquellos tiempos, estaba unida a la versatilidad con la que, en la España tardofranquista, se recibía cualquier experiencia psicodélica y alter-religiosa. Carlos Ramos, con su amplia sonrisa de Aries, recibió rudos golpes a su percepción a través de experiencias con el ácido lisérgico, otros alcaloides, el amor y las sectas. Fue un gran explorador, casi el más joven de los que formábamos una especie de banda alternativa -él y yo éramos coetáneos, nacidos el mismo año y mes-, ajenos a la política, a pesar de que todo estaba aún infectado por los rostros avejentados de los que portaban bigotes recortados al estilo del desfile de hormigas y gafas de cristales oscurecidos, con lo que indicaban que, también, pertenecían a otra secta siniestra que detentaba el poder. Carlos Ramos y todos sus amigos no detentábamos el poder, como ahora, pero sí la vida. Y en esa batalla estábamos inmersos.

En lo que respecta a mis recuerdos, Carlos Ramos me entregó un día, manuscritos por él, unos folios con un texto de El Aleph, de Jorge Luis Borges, señalado en aquellos años como afecto al régimen de los dictadores argentinos, aunque luego no se nos aclaraba que del otro lado izquierdista la violencia también acechaba, por ejemplo en el Julio Cortázar de Corrección de Pruebas, 14 de setiembre de 1972, recién asesinados los once atletas israelíes en Munich: "Claro que la tregua no podía durar, a las cuatro de la tarde la transmisión directa desde Munich, la sustitución de los hechos desnudos por el encofrado retórico del sistema. Gobernantes, presidentes, reyes y reinas, y sobre todo primeros ministros, turnándose para decir en variados idiomas la consternación y el horror frente a la escalada de la violencia en el mundo y sobre todo en la ciudad olímpica of all place... Inútil repetir la jerga conocida, todos habrán escuchado y leído conmigo; pero cómo no vomitar frente a los que lloraban sobre el micrófono por un atentado que? de una manera mucho más honda y más justa que yo lo dijo en su día la mujer de Mario Alves de Souza Vieira, torturado a muerte por los gorilas brasileños, en la carta que Heredia le dio a Susana para el álbum de Manuel, y ahora que precisamente corrijo esa página me saltan a la cara las palabras que nadie recordará esta noche en los noticieros de France-Inter: Es necesario darse cuenta de que la violencia-hambre, la violencia-miseria, la violencia-opresión, la violencia-subdesarrollo, la violencia-tortura, conducen a la violencia-secuestro, a la violencia-terrorismo, a la violencia-guerrilla; y que es muy importante comprender quién pone en práctica la violencia: si son los que provocan la miseria o los que luchan contra ella".

En ese ambiente de Guerra Fría, de Destrucción Mutua Asegurada, de los últimos estertores en los que se venía a considerar al Che, a Castro, a Pol Pot, o a Mao, como libertadores, incluso lo hacía el innumerables veces engañado por la izquierda asesina, Sartre, que fallecía un año después de Carlos Ramos, en ese ambiente vivíamos, recibiendo noticias convenientemente amañadas, tanto como se había amañado por muchos profesores de izquierda que Heidegger era nazi. Pero las hormonas eran libres, y Carlos Ramos fue un adelantado metiéndose en líos en sus momentos libres, después de trabajar en su alucinante labor de colector de plantas en los barrancos profundos de Telde, y así lo encontré varias veces tocando la guitarra con los Niños de Dios que, al albur, era una asociación religiosa, sita en La Isleta, y que practicaban el amor libre, la música y la felicidad en base a las enseñanzas neocristianas de Mosé David, luego detenido con oscuras acusaciones por parte del Estado pacato. Ése era el mayo del 68 de Carlos Ramos, movimiento venido de California y surtido de la magia hippie, con su teoría sobre el amor y su apocalipsis, disuelto en 1978, un par de años después de que Ramos investigara en sus fondos. Recuerdo que, en medio de la atrocidad del servicio militar franquista que yo mismo tenía que cumplir, le supliqué que quedara al tanto de Fidel Castro, mi perro de entonces, y que él benévolamente acogió. Carlos Ramos era un gran poeta porque de aquellos tiempos no podía serse sino grande, en medio de la riqueza de sucesos y transformaciones del siglo XX, antes de la España Feliz que sobrevenía ya mismo. No es cuestión ahora de recitar sus poemas, pues para eso está su libro, protegido con la foto de su sonrisa sabia, joven, honesta y grande. Pero sí lo es de admirarme por la perseverancia de sus rescatadores: Crujera, Javier Cabrera, Franquelo, Ángel Sánchez, José Medina y Agustín Hernández, "et alia", a su vez artistas, pintores, filólogos y escritores con veinte mil historias cada uno. Propongo compararlos a Van Beda, protector de los escritos de Edmund Husserl, huyendo por media Europa de los nazis, o a Benny Lévy salvando los últimos textos de Sartre, o a Klaus Nellen, Ivan Chvatik y Krzystof Michalski protegiendo de los comunistas los textos del filósofo Patocka. ¿Y de quién han salvado los textos de Carlos Ramos estos amigos? Del mayor enemigo de esta época, un enemigo casi abatido, porque llegan tiempos de guerra: de la apatía. ¡Ave, Ramos, morituri te salutant!

Compartir el artículo

stats