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La Provincia - Diario de Las Palmas

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El arma más poderosa del mundo

Se cumplen cincuenta años de 'Drawn by gunfire', un documento gráfico que dio la vuelta al mundo

El arma más poderosa del mundo

Salíamos de una charla con jóvenes en el Caixaforum. Empezaba a llover y, cuando me detuve al lado de Pere para abrir el paraguas, Gervasio Sánchez nos miró a los ojos y nos confesó, con la experiencia de quien ha captado miles de imágenes en tierra hostil: "Siempre que hablo con decanos de la Facultad de Periodismo les digo: objetividad es una cosa y periodismo es lo contrario". Caminamos un rato. Mientras tanto, recordábamos algunas de las grandes fotografías de la historia y no, no hablamos de la célebre foto que ahora cumple 50 años, pero sí del ambiente que se respira en los escenarios de guerra cuando los profesionales de la información (y no "de la comunicación") se juegan la vida.

1968. Haremos memoria dentro de un año repleto de hechos destacables. Los más viejos recordareis que la censura de la dictadura franquista mutilaba los conciertos (cuando no los prohibía) de La Nova Cançó y Raimon triunfaba en un recital de la Complutense para recaudar dinero para los huelguistas de la Pegaso. Calvo Serer firmaba la sentencia de muerte del periódico Madrid comparando sutilmente a Franco con el general De Gaulle en el artículo Retirarse a tiempo. El general (el francés) llevaba nueve años en el cargo y eso facilitó que comunistas y socialistas llegasen a una alianza electoral con la Declaración de Febrero, pocos meses antes del celebérrimo Mayo del 68. Un 68 que también registró, en las universidades norteamericanas, manifestaciones de miles de estudiantes contrarios a la Guerra de Vietnam.

De todo eso, se puede encontrar en internet más de una fotografía que ha quedado para la historia. Drawn by gunfire refleja como pocas otras la crueldad y lo absurdo de la guerra. "La fotografía es el arma más poderosa del mundo" escribió Eddie Adams, el autor de esta imagen que, ahora hace 50 años, se convirtió en icono del movimiento antibelicista que sacó a las tropas yanquis de Indochina.

A finales de enero, el Frente de Liberación Nacional incumplió el alto el fuego atacando una comisaría de Saigón y matando a 34 agentes. Dos días después -coincidiendo con el inicio de la ofensiva comunista del Tet- el general Nguyen Ngoc Loan, jefe policial de la capital sudvietnamita, ejerció personalmente la venganza sobre Nguyen Van Lem, un vietcong de 36 años detenido cuando tiraba cadáveres en un hoyo. Retenido en una esquina donde tenía que ser interrogado, Loan se acercó a él con cuatro zancadas y, sin decir palabra, desenfundó su Smith & Wesson 38 Special y le apuntó a la cabeza, pero no era para intimidarlo. Disparó. Y Eddie Adams también.

Según la versión del general -que el fotógrafo difundió- el ejecutado dirigía un escuadrón que acababa de masacrar a docenas de personas, entre ellas un oficial amigo suyo y a toda su familia. Se trataba de una ejecución sumaria de un preso esposado y desarmado, ante su cámara y la de un operador de TV de la NBC. Al día siguiente, la foto dio la vuelta al mundo. Sin Twitter, Instagram ni Facebook; no hacía falta. Todos los periódicos la llevaban en primera página. Era difícil contar una historia más simple y, a la vez, más tremenda: un hombre mata a un hombre; o también: un hombre con poder lo ejerce de la manera más extrema. Para buena parte de la opinión pública estadounidense, la imagen mostraba a los vietnamitas prooccidentales del sur tan sanguinarios como los feroces comunistas del norte. En una contienda absurda, a miles de kilómetros, que, ya se intuía, no se podría ganar nunca.

El fotógrafo de Associated Press dijo que con aquella instantánea, premiada con el Pulitzer, murieron dos personas: el que recibió la bala y el que la disparó. Adams siguió desde entonces al general Loan, lo defendió y lo describió como el "típico producto de la Guerra de Vietnam" que, decían, se dedicaba a visitar en los hospitales a sus soldados y a los civiles heridos por la guerra. Adams estaba convencido de que con aquella foto lo había matado: "Pero él me disculpaba diciendo que, si no la hubiera hecho yo, hubiera sido cualquier otro".

Perseguido por la imagen, al final de la guerra huyó a los Estados Unidos, de donde estuvo a punto de ser expulsado. Adams declaró a su favor y se pudo quedar: abrió una pizzería en Virginia, pero tuvo que cerrarla cuando los vecinos descubrieron su identidad y alguien escribió amenazas en la pared de los aseos. Mantuvieron el contacto hasta el final y cuando Loan murió de cáncer en 1998, le envió flores a la familia con un mensaje: "Lo siento... Mis ojos están llenos de lágrimas". Adams murió de ELA en 2004.

Y ahora, ¿tendría una foto parecida la misma repercusión? El mundo ha cambiado. Por un lado, la insensibilización colectiva ante el espectáculo de la violencia y su banalización, y, por otro, el avance de la autocensura, que hizo decir a Susan Sontag (que también cubrió el conflicto vietnamita como corresponsal) que a los principales medios no les interesa que el público sienta nada ante las luchas por las que se le ha movilizado ni difundir ideas contrarias a continuar la guerra. Además, padecemos lo que William Shawcross llama "fatiga de la compasión": nos preocupamos por un grupo distante que sufre; a continuación, el tedio y el dar la espalda que, habitualmente, dan paso al desdén.

¿Desdén? Sólo podremos luchar contra él con periodismo. Periodismo auténtico, del que le gusta a Gervasio.

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