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Los pasos encontrados

Desde el puente de mando de A buen paso Arianna Squilloni lleva una década nutriendo el mercado editorial con propuestas ilustradas

Los pasos encontrados

Los pasos encontrados

¿Se ha agotado o no se ha agotado la fórmula? Era una pregunta que nos trasladaba la librera y mediadora de lectura Lara Meana, durante la última edición de La Semana Ilustrada [a lo largo de la pasada semana en la Biblioteca Insular], una propuesta bianual muy necesaria en cuanto abre los ojos de todos aquellos que por una razón u otra hemos incorporado a nuestras vidas esos libros creados para lectores de todas las edades. La fórmula en cuestión es el libro álbum, y sobre su muerte habían estado lanzándose vaticinios en la última edición de la prestigiosa y trepidante feria anual que la ciudad de Bolonia dedica a la literatura infantil y juvenil. Nada menos que el fin del libro álbum, ese objeto de variadas dimensiones y no demasiadas páginas que, cuando sus creadores han dado en el clavo, entra en los hogares para traer arte (sin adjetivos que los empequeñezcan). Me doy cuenta de que, más que del agotamiento de una fórmula, resulta más preciso hablar del agotamiento de ciertas fórmulas, de ciertos modos de relacionar el texto y la imagen, ciertas mecánicas narrativas, en fin, de clichés, y no tanto del fin del libro álbum.

La editora Arianna Squilloni, protagonista de estos párrafos, es una de esas personas que viven alimentadas por la pasión de editar libros álbum, que va de hallazgo en hallazgo, fiel a su lema de no publicar jamás "aquello que no sea capaz de leerme a mí misma o de leer a otros". El primer consejo que dio a quienes fuimos a escucharla la semana pasada en la Biblioteca Insular ya se leía en el título de su conferencia "Tengo algo importante que decirte. O porqué ponerse a hacer un libro álbum". Esta editora milanesa afincada desde hace años en Barcelona por un significativo azar es todo un personaje. Nos hizo reír mientras desmenuzaba con claridad las ideas que sostienen su aventura editorial y las ilustraba con la lectura de algunas de esas joyas que nos aguardan en su catálogo. A Buen Paso fue fundada hace una década y, como muchas editoriales pequeñas, es cosa de dos o tres personas, una circunstancia que ella lleva relativamente bien porque ha sabido disolver la vieja dicotomía que distingue entre mentes de ciencias y de letras, y por esta razón no le pesan demasiado los días de la semana que tiene que dedicar a hacer números. Cuesta poco ceder al encanto de quien llevada por su hambre de escenario se permite que aparezca esa niña que lleva dentro y convierte -como hacen los payasos y los cómicos- sus dudas y temores en la materia con la que construye su personaje.

Fuera del entarimado me explicó que ella llegó al mundo del libro álbum por casualidad, sin pensárselo, "tirando del hilo". Así sucede muchas veces. En su pasión irrefrenable por editar y también crear libros álbum confluye un interés adolescente por la lógica filosófica, un campo del saber al que dedicó una tesis doctoral que trataba sobre las modalidades epistémicas del lenguaje. Por esa atracción que siente hacia las relaciones que se establecen entre el lenguaje y el conocimiento, le encantó descubrir la obra de un ilustrador como Jon Klassen. Nos decía "yo creo que algunos de estos libros son tratados de filosofía, de técnicas de argumentación. Me fascinan estas estrategias para construir sentido." Más le gustó aún que a su escritorio llegara la propuesta de publicar Suben y bajan, un álbum de Marta Comín inspirado en la lectura del Tao Te Ching cuyo propósito es explicar el principio taoísta de la dualidad. ¡Nada menos! La ilustradora consigue hacerlo a través de dibujos que desentrañan las acciones de subir y bajar. Con este libro, publicado el pasado año, Arianna Squilloni sintió que había encontrado algo que buscaba y que satisfacía una continuada fascinación por los juegos con los conceptos y las palabras. A Buen Paso es fiel a tres líneas temáticas, tres grandes focos de atención: las personas, la comunicación y los códigos; y el entorno natural. Dentro del segundo vale la pena añadir otro título al mencionado anteriormente, La gata moja o la gata maja, de Olga Capdevila, uno de esos libros que, de una manera divertida, nos propone realizar esas operaciones complejas que revelan la estructura de una lengua.

Las fronteras nunca pueden estar del todo claras con ciertos libros, porque ¿En qué categoría incluir Malacatú, el álbum que resultó ganador en la última edición del prestigioso concurso organizado por la Biblioteca Insular? Sea como sea, éste es un libro que se presta como pocos para el disfrute de la lectura compartida. En esto han estado de acuerdo la editora y la autora. Durante la presentación del álbum premiado, María Pascual contó que experimentando con su familia había conseguido recuperar el placer de la lectura en voz alta. En verdad puede ocurrir que así redescubramos textos y álbumes que nos parecían pobres. Un día antes, Arianna Squilloni dijo algo que merece la pena citar aquí. "La lectura en compañía puede proporcionar esa palabra gratuita que no da órdenes y que construye los afectos". Lo dijo a propósito de uno de esos libros que aspiran a ayudarnos a comprender cómo somos las personas. Se trata de Cerdo, Cerdo, un álbum que evidencia el potencial de la fábula para abordar nuestra condición, y en el que seguimos las peripecias cotidianas de un pequeño cerdo tan rebosante de autoestima como necesitado de protección. Como en Malacatú, el texto potencia la naturaleza rítmica del lenguaje, en este caso mediante onomatopeyas que encuentran su correlato visual en los juegos geométricos que componen las páginas.

El libro trabajado a fuego lento por María Pascual durante meses, gracias a la concesión del premio, es un buen ejemplo de esa aspiración que tiene Arianna Squilloni a publicar álbumes en los que se produzca "una síntesis original entre los elementos que componen el libro". Se puede entender porqué Malacatú le llegó como caído del cielo. En el fallo del jurado se enunciaba uno de los retos que ella asume desde el puente de mando de A Buen Paso, publicar libros que "han logrado crear un mundo de ficción a partir de un suceso cotidiano". Me parece que otro de sus grandes retos como editora es ilustrado por el primero de los álbumes que mencionamos, Suben y bajan. Consiste en explicar en términos cotidianos, asequibles, a través de los textos y las imágenes, cuestiones tan profundas como las planteadas por el tratado del legendario Lao Tsé. Marta Comín lo hace mediante el uso de recursos poéticos como la analogía, ofreciendo al lector una traducción gráfica de ese principio taoísta.

Aunque estamos acostumbrados a huecas declaraciones de nobles intenciones, podemos comprobar que Arianna Squilloni ha asumido lo que ella llama "su responsabilidad social", y confiar en que seguirá haciéndolo. Es la de proporcionar recursos para acompañar el desarrollo de los niños. Y añado, con su consentimiento, la de ayudar a que los adultos recuperemos la plasticidad perdida, esa inteligencia fresca que durante años nos permitió, entre otras cosas -y como recordaba Lara Meana en el mismo lugar- ser estupendos lectores de imágenes complejas, ésas que en los buenos álbumes ilustrados forman inesperadas secuencias narrativas. En la mesas sobre las que se pusieron a la venta libros publicados por editoriales diversas, durante los días de la Semana Ilustrada, se encontraba uno de los dos que A Buen Paso le ha publicado a la boloñesa afincada en París Beatrice Alemagna.

Es Buen viaje, bebé, un sencillo álbum que ha sido construido como un pequeño poema, partiendo, tal vez, de una primera analogía que permite presentar el fin del día y la marcha a la cuna como el comienzo de un viaje para el que el niño va preparándose página tras página. Dormir es viajar y el vehículo que nos lleva tiene un motor que gira y nos pone en marcha, llevándonos hacia allá. Cuando damos la vuelta a una de esas gruesas hojas y nos encontramos con la penúltima doble página solo vemos una mano -la de mamá- que pone en marcha uno de esos juguetes móviles que giran sobre las cunas, con sintonías o sin ellas; el texto sólo dice: "Y enciende el motor". Con esta clase de propuestas editoriales, A Buen Paso puede convertirse en cantera de futuros lectores de poesía, y en un descubrimiento para los actuales, especialmente aquellos que, llevados por prejuicios aún muy extendidos, consideran que el libro álbum es un género menor creado para el único disfrute de los niños. A estos y a todos les animo a leer el texto con el que la editora se presenta en la página web de la editorial; en especial su tentativa de definir qué es un libro álbum: "si queremos acercarnos a lo que define su esencia, entre sus características fundamentales encontramos la contemplación y la resonancia, ese qué un tanto inasible que, suscitando el deseo de comprensión, nos hace perder el equilibrio y nos lleva a descubrir conexiones insospechadas". Echar de menos esta experiencia es lo que hace que muchos lectores vuelvan a la poesía después de un tiempo.

Beatrice Alemagna representa también un buen ejemplo de esa clase de autor que, parafraseando el título de la famosa novela de Alejo Carpentier, ha encontrado sus pasos -en lugar de perderlos. Estoy seguro de que Arianna Squilloni diría de ella lo mismo que dijo de María Pascual cuando presentó su Malacatú con ganas de celebración y la voz un poco castigada tras los sobreesfuerzos sufridos en la última feria de Bolonia, "Este es un libro para niños creado por una niña". Decían los taoístas que realizarse era como volver a ser niño y parece que hay autores que tienen ya un buen trecho del camino recorrido. En el otro libro suyo publicado por A Buen Paso, Beatrice Alemagna revela esa sintonía tan suya con la mirada infantil: esos ojos tan expresivos que parecen ver realidades desorbitadas, fabulosas; esa estética que integra lo feo, lo fallido y contrahecho; una combinación desenfadada de técnicas artísticas, y un uso medido y deslumbrante del color. Se llama Los cinco desastres y en él encontramos la misma habilidad para regalar sabiduría con talento artístico que apreciamos en Blanco como la nieve, otra fábula publicada en A Buen Paso. Por desgracia -o no, porque donde hay alto, debe haber bajo, siguiendo ese principio taoísta de la dualidad- el mercado esta lleno de esos libros álbum que Arianna Squilloni llama "libros receta", insuflados por un desatinado sentido práctico, esclavos de lo concreto.

Y en el catálogo de A Buen Paso también hay, como adelanté, libros que nos invitan a explora el entorno natural. Uno de esos es Postales, y otro, El jardín. Arianna Squilloni pasó largas temporadas en el campo, durante su infancia, y conoce lo estimulante y necesario que es ese arraigo en lo natural y ese contacto con formas de vida más artesanales. El jardín es un libro desplegable que puede ser interpretado de dos modos distintos. Una opción es que el señor Wakari muera y la otra que se vuelva jardín? Hablando de la muerte, también hay en el catálogo de la editorial un libro escrito por ella, La Pequeña Parka. Se trata de una excepción, porque su timidez le impide publicarse a sí misma. Me pareció un hallazgo que la muerte fuera presentada a la escala de una niña, que sea una figura humilde quien nos hable de ese tránsito. Me recuerda a esa otra muerte creada por Wolf Erlbruch, la que tiene la apariencia mundana de un abuelo que hace su trabajo vestido con cómodas zapatillas y una túnica a cuadros. Para conocerte mejor, como podría haberle dicho a Caperucita un lobo lector, le pido a Arianna Squilloni, ya por Skype, que me haga una revelación: el cuento de hadas favorito de su infancia. Es búlgaro y está protagonizado por una abuela que engaña a un oso hambriento -o a un lobo- prometiéndole como festín a sus tres nietas. Pero estas no existen porque sus nombres, los que dan título al cuento, son sólo cada una de las respuestas que ella dará al lobo para salvarse. Entonces, si no he entendido mal, el engaño tiene algo de juego verbal o epistemológico. ¿Estamos ante la inequívoca manifestación de una vocación temprana?

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