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AMALGAMA

Montserrat Galcerán, musa del 68

Montserrat Galcerán, musa del 68

Montserrat Galcerán, musa del 68

Montserrat Galcerán Huguet, 72 años, es catedrática de filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. En 2015 saltó a la política de la mano de Ganemos, uno de los tentáculos de Podemos, y es una de las concejalas del Ayuntamiento de Madrid. Con esa manía tan cercana que tienen los pensadores de ultraizquierda, caídos a los pies de Heidegger, publicó un texto, en 2004, sobre el filósofo alemán, Silencio y olvido, del que hubo dos alocadas reseñas de filósofos ultraizquierdistas, Ripalda y Santiago Alba Rico, quien comenta: "Galcerán recoge en su cuidadosa contextualización definiciones precisas de lo que fue el propósito del nacionalsocialismo: abortar y prevenir una revolución social mediante una contrarrevolución de masas; principio del caudillaje, nueva época, culto de la juventud y la violencia, conciencia elitista, invocación de una tradición pre-burguesa y retórica anticapitalista ? Pero de estos rasgos uno afectó especialmente a Heidegger; y no sólo a él, sino también a la intelectualidad democrática: la conciencia elitista".

Entre quienes se hicieron con el control del movimiento 15M, había una serie de académicos que enumeramos: César Rendueles, Santiago Alba Rico, Montserrat Galcerán, Juan Carlos Monedero, mi ex profesor José María Ripalda, y tal vez los propios Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, más bien amantes del alboroto. En diciembre de 2011, se celebró, en la Universidad Complutense, el congreso "Qué es el comunismo", con la asistencia de la mayoría de estos filósofos, que ya preparaban una estrategia revolucionaria que no podía prosperar sino en el contexto de corrupción y decadencia moral de la política española, que iba camino de superar el ciclo de 40 años, el mismo tiempo que se soportó a la anterior dictadura del General Franco.

Estos filósofos son herederos del odio generado por la dictadura, y sin él no existen, aunque han de presentarse, por razones obvias, como defensores de los débiles, lo que es aprovechado para apostar por otra periclitada dictadura, la del proletariado. Es comprensible, por tanto, que Galcerán se haya afiliado a Podemos, sea concejala de Madrid en tres distritos, y acuda a apoyar a los okupas del edificio de la travesía de San Mateo, vacío y de propiedad privada, además de acusar de los peores males capitalistas a Gas Natural, por ser culpable de que algún usuario, incluso, muera en un incendio por tener que usar velas. Pues la misma Galcerán posee 60.000 euros en acciones del capital capitalista de Iberdrola, Gas Natural y Telefónica, y según la periodista Leyre Iglesias, posee en Eixample, uno de los barrios más elitistas de Barcelona, entre restaurantes exclusivos y tiendas de Cartier, la mitad de un edificio, gestionado por una inmobiliaria, de 696 metros cuadrados en seis plantas con dos tiendas y ocho viviendas, además de dos inmuebles más en Madrid, cinco en Altafulla, Tarragona, que incluye 1.500 metros de solares, y otro más en El Masnou, Barcelona.

Galcerán se quejó de que se aireen sus propiedades a la vez que sus acciones políticas: "Si seguís así la gente joven va a ser pasto del fascismo? Es indecente". Sin embargo, ella misma hizo un análisis sobre Heidegger y su filosofía explicando cómo ésta estaba vinculada a su inclinación política personal. Y por eso hay que recordarle, también, el incidente con los filósofos Fernando Savater y Carlos F. Liria en 2003, con Montserrat Galcerán interviniendo desde el público defendiendo el diálogo con ETA. Esta filósofa, adscrita mórbidamente a la violencia y el totalitarismo, lo hace para compensar psicoanalíticamente su culpabilidad, culpabilidad explicable por su riqueza personal y la heredada, en colisión ambas con su ideario de grupo.

En su texto El Mayo del 68 francés y su repercusión en España (publicado en Dossiers Feministes, 12, en 2008), Galcerán pontifica: "casi todos los que han hablado sobre el acontecimiento, con la autoridad que da haber sido antiguos protagonistas del mismo, se han desolidarizado de él, aportando una visión de desesperanza, de derrota, de error juvenil, de advertencia para el futuro. Se produce así un fenómeno muy curioso: no se deja de hablar del 68 en cada aniversario, pero se habla para exorcizarlo, para abolir sus hipotéticas consecuencias, para cancelarlo definitivamente. Como si el cambio en las biografías de esas personas contuviera la verdad definitiva sobre los propios hechos y su proyección histórica. Mientras que la fidelidad a él, que marca las nuestras, las de todos aquéllos y aquéllas que, pese a todo, hemos seguido buscando formas para la acción política anticapitalista, fuera nada más que una muestra de empecinamiento". Establece Galcerán, pues, el concepto estalinista de "la figura del arrepentido".

Montserrat recuerda un texto de octubre de 1968 en la revista El Comunista : "¡El asalto al Poder! Ninguna, absolutamente ninguna organización política supo utilizar la situación creada en Francia. ¿Faltaban elementos para la toma del poder? No nos cansaremos de repetir, aunque suene a machaconería, que sólo faltaba un elemento: el partido de vanguardia del proletariado, un partido de cuadros minoritario, extremadamente bolchevizado, templado en la lucha, con un objetivo estratégico claro y una táctica consecuente, con una extrema vinculación con las masas".

No podemos sino señalar a esta chica como una musa violenta del 68, principalmente por dos motivaciones: la primera individual, incardinada en ese odio psicoanalítico, freudiano, ese malestar de la cultura propicio en la España postfranquista por quienes adquirieron el complejo judeocristiano de odiar y matar al padre, sobre todo por su ascendencia adinerada. La segunda es colectiva y la representa esa tendencia criminal que, justamente en los 70, ocupó casi a medio planeta, abocando a más de 50 países del globo a la miseria, la hambruna, los campos de trabajo, y todo en pro de una idea práctica, el comunismo, la ingeniería social del pueblo, dirigida por elites llenas de odio, normalmente niños de papá como Montserrat Galcerán, cuya conciencia retorcida excreta destrucción, una autodestrucción patriótica y, sobre todo, patológica, morbosa, gris, y vomitiva.

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