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La Provincia - Diario de Las Palmas

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AMALGAMA

De Dunbar a Zipf

De Dunbar a Zipf

Existen varias cuantificaciones del comportamiento social que podríamos tratar, casi, como magnitudes que hay que tener en cuenta para explicar ciertas actitudes, que nos parecen sorprendentes, pero que pudieran ser mecánicas y naturales a la vez. Comencemos con el denominado Número de Dunbar, dictado en los años noventa por el antropólogo Robin Dunbar ("Reproductive Decisions: An Economic Analysis of Gelada Baboon Social Strategies", 1984; "Primate Social Systems", 1988; "Grooming, Gossip and the Evolution of Language", 1997). Primero se observó la dinámica de comportamiento grupal de varias especies primatoides, comparando dicho comportamiento con el desarrollo y volumen de la neocorteza cerebral, el lugar en el que se supone que existe el desarrollo más propiamente sociable y ético del cerebro. Esto se computa como una correlación entre el peso y complejidad de la neocorteza con la capacidad de relación grupal. Haciendo diversas comparativas acerca de con qué cantidad de individuos de un grupo se relaciona un individuo de ese grupo con una neocorteza desarrollada al nivel humanoide, las investigaciones de Dunbar dieron con la cifra redondeada de 150 (el tamaño más exacto da 147,8 individuos).

La neocorteza humana se comenzó a desarrollar paleontológicamente hace 250.000 años, y en aquella época el tamaño de los grupos sociales era de entre 30 y 2500 individuos. El número que marcaba la frontera a partir de la cual para que el grupo se mantuviera cohesionado haría falta una continua socialización, al menos durante el 42 por cien del tiempo vital, era el de 147,8 individuos. Si no ocurría esto, si no se alcanzaba esta masa crítica, o se superaba sin reglas de socialización robustas, el grupo se destruía o tendía a disgregarse y dejar de existir. Esto explicaba luego, por ejemplo, que las unidades militares de los romanos fueran de 150, al igual que en los tiempos más contemporáneos, así como que el lenguaje surgiera como una herramienta para socializar obligatoriamente, pues era el vehículo de relación grupal, y de esa forma la continua cercanía física de los individuos del grupo encaminada a establecer reglas de socialización estrictas, podía relajarse. Esto implica que el traspaso de esa línea, llevado a la superpoblación, genera la aparición de conflictos y guerras, y exige la aparición de la documentalidad y el reforzamiento de la jerarquía como substancias cohesionadoras. El número de Dunbar casi que nació con el comienzo de la expansión de las denominadas redes sociales, en los años noventa, pero también está llevando a un flujo de implicaciones como las que siguen. El comunicólogo José Hermida, por ejemplo, une el Número de Dunbar al Principio de Pareto (el ochenta por cien de las acciones produce el veinte por cien de los resultados, así como que el ochenta por cien de los resultados sólo es debido al veinte por cien de las acciones emprendidas). Y ocurre lo que sigue: "¿Qué número óptimo de contactos debes tener en tu red social para que genere una interacción positiva con un grupo de alto rendimiento de 150 personas? Llamemos N a ese número, confiemos en Dunbar y apliquemos el principio de Pareto; la cosa quedaría así: N = 29% * X --> 150 = 20/100 * X --> 15.000/20 = 750. Si estoy en lo cierto, es sumamente probable el que, dentro de una banda comprendida entre los 600 y los 800 contactos la efectividad de los enlaces, sugerencias, y retroalimentación en general de tus ideas y las de los demás, se encuentren en su entorno perfecto desde un punto de vista creativo, de aprendizaje compartido y de estimulante y verdadero enriquecimiento personal y colectivo". En comunicación existe una ley denominada de Metcalfe (que la enunció Robert Melcafe en 1976, en los prolegómenos de la Internet, la Ethernet), que dice que el valor de una red de comunicaciones aumenta proporcionalmente al cuadrado del número de usuarios del sistema. Pero esta propia Ley tiene, también, su línea roja en las redes sociales, porque los amigos con los que nos comunicamos en cualquier red no pueden ser infinitos. Es esto lo que hay que ponderar con la previa advertencia técnica de George Zipf, filólogo de la Universidad de Harvard. Esta otra Ley de Zipf, formulada en los años cuarenta, localizó que hay un grupo pequeño de palabras muy utilizadas, en tanto que hay un número grande de palabras que son muy poco usadas, marcándose las distancias de repetición ordenadas de mayor a menor como 1/2 seguido de 1/3 seguido de 1/4, y así sucesivamente. Esta ley se cumple en la mayoría de las lenguas, incluso en el esperanto, una lengua no natural. Esta fórmula de Zipf se reproduce naturalmente en otros contextos, como la población de las ciudades (la segunda ciudad de un país tiende a tener la mitad de población que la primera), el tamaño de las empresas transnacionales, o ciertas estadísticas en economía, y ahora en la Internet, lo que da idea de que es una ley natural. ¿Qué nos vienen a decir todas estas especies de líneas rojas que conforman los comportamientos sociales en términos cuantitativos? Pues que los grupos humanos son organismos con una ontología propia, y sólo hay que empezar a desbrozarla para poder manipularlos mejor.

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