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El cine canario ya tiene quien le escriba

Portada del primer número de la revista 'Alisios'.

Portada del primer número de la revista 'Alisios'. LP

En el ámbito cultural de nuestra Comunidad ya se ha convertido en una queja cuasi endémica: el cine canario continúa basculando entre el incuestionable valor artístico de un puñado de excelentes creadores, el amateurismo más vocinglero y la anemia financiera al que lo ha conducido la ausencia de una política de protección lo suficientemente coherente, generosa y eficaz que le garantice su subsistencia y lo afiance definitivamente en el complejo tejido social de donde ha surgido. Tras varias décadas escuchando el mismo sermón y sin que al día de hoy se hayan arbitrado desde las diversas administraciones públicas, como sí ha sucedido en otras Comunidades autónomas, las medidas que permitan encarrilar la locomotora de la financiación y la distribución del cine independiente en Canarias -sin duda sus puntos más débiles-, dichas medidas continúan aplazadas sine die mientras toda la atención de los gestores públicos parece concentrarse en la promoción de los cada vez más frecuentes rodajes de productoras foráneas que vienen desarrollándose en la mayoría de las islas que integran nuestro Archipiélago desde hace algún tiempo.

Un asunto que se ha situado, por mor de su incuestionable impacto económico, entre los temas prioritarios de una clase política poco interesada sin embargo en la faceta más estrictamente cultural del cine, a pesar del exitoso recorrido artístico protagonizado por muchos de nuestros cineastas durante los últimos años y el consiguiente reconocimiento con el que han sido dispensados en algunos de los festivales internacionales más acreditados del planeta. Sea como fuere la situación aún sigue enquistada, y nada hace presagiar cambio alguno al respecto mientras el fenómeno cinematográfico no sea contemplado, como sería deseable, en toda su integridad, es decir, bajo una lupa que no deje fuera de perspectiva aspectos de vital importancia para el desarrollo de cualquier cinematografía con vocación de permanencia en el concurso de las artes. Y, a tenor de sus reiterados éxitos nacionales e internacionales, la canaria dispone de todos los mimbres necesarios para lograrlo.

Por eso, y por un sinfín de razones más, hemos aguardado el momento en que se abra un nuevo frente, imprescindible para valorar con la necesaria equidistancia y objetividad la labor profesional que realizan nuestros cineastas: el que representa el ejercicio normalizado de la crítica, entendida no como un instrumento endogámico para masajear indiscriminadamente cualquier producción cinematográfica que exhiba su pedigrí canario, como se ha visto en reiteradas ocasiones en distintos medios de comunicación regionales y, de manera muy especial, en determinados blogs privados que muestran, sin el menor sonrojo, contenidos de una ostentosa simplicidad, sino como la herramienta óptima para poder apartar con rigor el polvo de la mediocridad de la paja del talento en este nuevo y excitante escenario surgido a raíz de la obra de un puñado de cineastas que siguen empeñados, contra viento y marea, en mantener intacta su peculiar mirada cinematográfica, más alejados cada vez de los estereotipos más convencionales del cine de consumo.

Es ésta sin duda una realidad más que palpable que está demandando su correspondiente correlato crítico, en perfecta consonancia con los elevados niveles de autoexigencia artística que muestran las nuevas propuestas estilísticas de una generación de cineastas que ha llegado para quedarse y que reclama por tanto algo más que alabanzas y lisonjas más o menos merecidas para situar en su verdadero lugar el papel que está desempeñando en el contexto global de nuestra cultura. De ahí la preocupación de quienes, desde la óptica de la crítica, llevamos observando este ilusionante proceso con el lógico estupor frente a la complacencia con la que sigue observándose este fenómeno desde ciertos sectores. No obstante, la situación parece adquirir visos de cambio con propuestas editoriales que podrían corregir de alguna manera estos indeseados desequilibrios.

Esta semana, sin ir más lejos, se ha presentado en Gran Canaria Espacio Digital, en El Festivalito de La Palma y en el TEA en Santa Cruz de Tenerife el primer número de Alisios, Revista del audiovisual canario, una publicación que pretende establecer "un espacio de diálogo, crítica y análisis de las diversas manifestaciones y elementos que conforman la realidad del sector audiovisual en Canarias. La ambición de esta publicación periódica, asegura Attua Alegre, director de la revista, es mantener una actitud crítica y de observación, además de ofrecer un espacio al lector en el que entender y acercarse al presente y pasado del cine, las series y otras artes audiovisuales desarrolladas en las islas y/o por autores canarios. Pretende esta publicación, añade Alegre, soplar con vientos frescos que acerquen el audiovisual canario a la sociedad, que aviven un espacio de pensamiento sobre sus distintas manifestaciones y ayuden a la industria a afrontar la travesía por ese mar colmado de sueños".

Una declaración de intenciones inobjetable que subrayaría cualquier interesado en apuntalar el porvenir de nuestro cine y en dotarlo de la consiguiente -yo añadiría que imprescindible- cobertura intelectual que lo proyecte más allá de los estrechos círculos insulares por los que ha venido desenvolviéndose hasta ahora. Salvo escasas y muy honrosas excepciones de las que todos guardamos registro en nuestra memoria, como es el caso, entre otras, de la obra de Victor Moreno, David Pantaleón, Nayra Sanz, Guillermo Carnero, José Cabrera, José Ángel Alayón, José Victor Fuentes, David Sainz u Octavio Guerra, muchos de cuyos filmes han desfilado por algunas de las citas cinematográficas internacionales más representativas, la producción autóctona se ha caracterizado, fundamentalmente, por su escasa capacidad para la planificación de una estrategia de distribución mucho más ambiciosa que la demostrada hasta ahora, provocando el fatídico efecto de la invisibilidad que a nadie beneficia.

Si es cierto, como afirmaba Sócrates, que una vida sin crítica no vale la pena ser vivida, un cine que no esté sometido al escrutinio del análisis y del juicio objetivo de los expertos estará irremediablemente condenado a sobrevivir en los dominios de la endogamia o, en el peor de los casos, en la indiferencia más cruda y absoluta. El miedo cerval a la desaprobación general de nuestros trabajos, unido al escaso sentido de la autocrítica que subyace en el subconsciente de no pocos creadores se convierte a menudo en un auténtico mecanismo de defensa contra quienes, legítimamente, se acercan a nuestra obra con espíritu fiscalizador. "El Arte, decía el gran Arnold Hauser, pierde toda su legitimidad si no se somete al arbitrio riguroso y puntual de la crítica pues es ésta, con toda su carga contradictoria, la encargada de evaluar y certificar su verdadera autenticidad". Y Alisios tiene la oportunidad de desempeñar este papel si, como aseguran sus responsables, se entregan abierta y objetivamente al noble e imprescindible ejercicio de la crítica.

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