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Funerales en Occitania

'El libro de los finales', de Joan Bodon, réquiem por un hombre y por un mundo

Funerales en Occitania

Funerales en Occitania

Reputado como uno de los mayores referentes de la literatura en occitano del pasado siglo, Joan Bodon despliega en El libro de los finales un doble réquiem. Por un lado, asistimos al epílogo de la historia de un hombre enfermo, cuyo tiempo está fatalmente medido por el cáncer, y que huye de su trabajo, su casa y su familia en Montpellier para acariciar una última soledad. Su destino será Clermont-Ferrand, la Clarmont de Auvernia. Por otro lado, mediante este viaje a la patria de los arvernos, el pueblo del más legendario líder de los galos, Vercingetórix, rival de Julio en los tiempos del consulado, Bodon fija en su novela los rastros y los rasgos de un mundo exhausto, donde la lengua de oc, venero de la poesía trovadoresca que cantó el amor cortés y cuyos valores fundaron una de las líneas más poderosas del imaginario sentimental e intelectual europeo, es ya sólo un recuerdo fugitivo y ni siquiera doloroso, otro organismo más sometido a los azares del tiempo y a la disolución inevitable hacia la que cualquier obra humana se encamina.

La circunstancia personal del narrador de El libro de los finales, su sometimiento a un calendario vital que se agota, le regala una libertad difícil de parangonar. Una sentencia de muerte segura supone un paradójico regalo para un último sorbo de vida sin prejuicios. A la hora de los balances, cuando la muerte espera a la vuelta del camino, toda prevención, toda previsión, todo recelo se relajan. Turista a un paso del adiós, en su peripecia el protagonista de la novela bebe ríos de vino del país, frecuenta a prostitutas vestidas de verde y a pastores que hieden a oveja, conoce a un singular cura que ha abandonado los hábitos y descubre un insólito paraíso comunista donde un negro de la Martinica rueda películas pornográficas. Durante este tránsito abrupto, a menudo absurdo, siempre aquilatado por los estupores alcohólicos, su ánimo no dejará de desgranar la nostalgia por un país, una lengua y una cultura que sobreviven apenas como una edad dorada en los libros de texto y acaso, en forma de estatua, en el mobiliario urbano de ciertas ciudades.

En su iluminador posfacio al libro, Edgardo Dobry, que es también su traductor, sitúa en su justa medida el valor de esta obra magnífica. Antes que un lamento solemne o que un apólogo consolador, Bodon propone una plausible parábola del final del mundo occitano mediante un discurso tan lleno de incertezas, dudas y debilidades como puede ser el relato de un hombre sentenciado a la muerte celular. Ello libera a El libro de los finales de toda aspiración sentenciosa y de todo ajenjo apocalíptico, convirtiendo este pequeño gran libro en un ballet irónico que no renuncia a las mercedes de la carne y a los juegos sicalípticos, y que incluso navega, en su extraordinario y bizarro final, hacia los caladeros de la pesadilla tecnológica, anticipando asuntos y clima de la maravillosa La comemadre, del argentino Roque Larraquy.

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