20% DTO ANUAL 27,99€/año

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Entrevista | Juan Quintana Rodríguez

"La novela surge como consecuencia de lo que viví en el convento"

"Viví el franquismo en la universidad, en los años 1973 y 4 en que nos manifestábamos y sufríamos la represión", afirma el escritor

Juan Quintana, ayer, en la Biblioteca Pública del Estado.

Juan Quintana, ayer, en la Biblioteca Pública del Estado. TONY HERNÁNDEZ

Esta es su segunda novela, después de la titulada La casa de Padreabuelo . ¿Se siente a gusto en su segunda "carrera"?

La verdad es que me siento nervioso, pero bien. Es curioso dedicarse a escribir.

Un tirajanero de 70 años, que se inició en la vida como cabrero alternando con la escuela rural, se licenció por la Complutense en Historia del Arte e Historia Contemporánea y se ha jubilado como catedrático de segunda enseñanza tiene, sin duda, muchas cosas que contar?

Fui profesor en Madrid. Luego saqué las oposiciones y trabajé un año en un instituto de la capital. Pedí como destino Gran Canaria y me enviaron al instituto de Arucas. Después, por necesidades familiares, solicité el de Gáldar y posteriormente, el de Tafira donde me jubilé. Siempre había tenido inquietudes literarias, así que cuando me jubilé decidí escribir mi primera novela, La casa de Padreabuelo. Anteriormente, había realizado una obra teatral como sistema pedagógico para dar clases de Historia: La otra comedia humana, no la de Balzac. Se trata de una especie de reconstrucción de los personajes más importantes de la historia a los que revive un arlequín, en muchos casos, no para bien, sino para que reproduzcan los disparates que cometieron en la vida.

En esa rica trayectoria ¿qué papel ha jugado la ciudad de Cuenca?

Jugó un papel importante con 17 años porque viví dos años allí en un convento.

Su novela, El traductor de mentiras , es claramente antifranquista. ¿Sufrió en sus carnes aquella etapa represiva?

Evidentemente es antifranquista porque los padres de Julián, el protagonista, son ambos maestros republicanos represaliados por Franco. En la primera parte de la novela Julián se refiere a sus padres y cuenta los avatares de su vida. Al padre le quitan la escuela y la madre tiene que mantener a la familia para lo que se convierte en piadosa y se hace amiga del cura que la avala para continuar dando clases y poder alimentar a su familia. Sin embargo, al padre no le renuevan su puesto de maestro y busca un refugio en el bosque donde se dedica a cuidar abejas y recolectar frutos salvajes para ayudar a la economía familiar. Yo sufrí en mis carnes aquella etapa, no como los protagonistas, pero sí en la universidad, sobre todo en los años 1973 y 1974 porque éramos estudiantes contestatarios que hacíamos manifestaciones y sufríamos por ello la represión policial del momento.

¿Cómo le surgió la idea de este último libro?

La idea del libro, El traductor de mentiras, se produce porque en esa familia nace Julián y para salir del pueblo no encuentra otra salida que acudir al convento de San Pablo en Cuenca. Actúa como reportero de lo que va a sufrir dos años allí. La novela surge como consecuencia de que yo viví personalmente en el convento dos años y una mañana a las siete mientras meditábamos oímos el canto desgarrado de los gitanos bajo el puente. Alguien en la noche anterior se había suicidado.

La enseñanza en los centros religiosos , como el de los Paúles en el que estuvo usted hasta los 22 años, sí que era franquista. ¿Iba para cura y se dio cuenta a tiempo de que no le interesaba?

No sé si eran franquistas, eran preconciliares. El director era pretridentino, lo que quiere decir que teníamos una vida religiosa muy estricta que se refleja en la novela. Pero también tuvimos frailes que nos aportaron una magnífica formación clásica. La segunda parte de la novela habla de la vida en el convento, sólo la primera tiene un contenido antifranquista.

¿Por qué se titula El traductor de mentiras?

El padre Bernal es el segundo protagonista de la novela. El director del convento, el padre Muro, llevaba muchos años pidiéndole a Bernal, especialista en latín, que tradujera cambiando el sentido profano y mundano de algunas obras blasfemas de la antigüedad griega para hacerlas más cercanas a Dios.

¿Qué mentiras traducidas sacaron de quicio al director de novicios, capaz de calificarlas como "textos blasfemos para alimentar los bajos instintos"?

A Bernal le encarga traducir El Asno de Oro de Apuleyo quien aprovecha algunas partes en su propio interés...

La democracia española no ha necesitado un traductor: las mentiras fueron tan evidentes que desembocaron en la moción de censura de hace pocas semanas, ¿no cree?

La moción de censura está acorde con los acontecimientos últimos de la historia española. Para mí era el final congruente.

¿Le parece bien la voluntad del presidente Sánchez de sacar los restos de Franco del Valle de los Caídos?

Por supuesto. Mil admiraciones.

¿Qué otras obras literarias tiene en marcha, o en proyecto?

Tengo en mente, pero no sé si la llevaré a cabo, una titulada Camaradas que trata de los atentados terroristas de los Grapo. También llevo muchísimo tiempo queriendo escribir sobre Juan Negrín, presidente de gobierno en la etapa más dura de la Guerra Civil.

Compartir el artículo

stats