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Poesía en la trastienda

El asombro que producen en la infancia de ciertos poetas los lugares de trabajo desemboca en una escritura que cuestiona el proceso creativo del artista

Poesía en  la trastienda

Poesía en la trastienda

Probablemente no existe nada más poético que lo que no se considera poético, por inesperado o por imprevisto. Y así ha sido siempre. Sin estrecheces ni deliberación, la poesía recita por igual un viaje que un lunes o una peluquería. Su valor no reside en el significado sino en la colindancia. En el tránsito de lo particular a lo universal, donde la extrañeza de una mirada se convierte en revelación.

Y es en la infancia cuando aprendemos a mirar desde la poesía, cuando somos lo que jugamos y lo que inventamos. Cuando las analogías dan sentido metafórico a la experiencia cotidiana, y lo real se transforma en una coreografía teatralizada, que luego la madurez va difuminando. De hecho, la poética de la infancia se distingue de la del adulto por su falta de colindancia. La mirada del niño, cuya imaginación solo aprecian otros niños, acaba por extinguirse. No accede a las siguientes etapas. Son pocas las veces en las que transita, disfrazada ya de reflexión, a la edad adulta; cuando los vínculos con lo real se traducen en un decir atemporal, sin fronteras ni límite. Una mirada expansiva que refleja al mismo tiempo lo que vemos y lo que sentimos.

En ocasiones, la mirada del niño y la del adulto coinciden. Un hecho cotidiano del pasado cobra relevancia, y su recuerdo es descifrado por la escritura. Me refiero a los poetas educados en la trastienda de ciertos espacios familiares, laborales principalmente, donde la experiencia de lo real estimulaba la colindancia. Para entenderlo, nada mejor que acudir a tres poetas que vinculan la mirada y la digestión de ese ayer en la poesía adulta.

El primero de ellos, el venezolano Eugenio Montejo, se cría en el horno de pan que regentaba su padre, como señala en su ensayo El taller blanco. Un espacio enharinado y nocturno donde deambulaba trazando imágenes, aprendiendo del cuerpo que nace de lo blanco. Un arte que conlleva un proceso de creación manual y nocturno, donde la mirada infantil es rebautizada en el taller de escritura del adulto.

Y en lo profundo de la noche lo blanco es doblemente blanco. No falta la luna en los muros, la leña, las mesas, las gorras de los operarios. ¡Los doctos y sabios operarios! Hay algo de quirófano, de silencio en las pisadas y de celeridad en los movimientos. Es nada menos que el pan lo que silenciosamente se fabrica, el pan que reclamará el alba para llevarlo a los hospitales, los colegios, los cuarteles, las casas. ¿Qué labor comparte tanta responsabilidad? ¿No es la misma preocupación de la poesía?

El poeta argentino Jorge Boccanera, que acaba de reeditar en España el célebre poemario Bestias en un hotel de paso, también alumbra una experiencia de la infancia que marca su creación. En su caso, establece un vínculo con la peluquería de su abuelo Giacomo, situada en el puerto de Ingeniero White. Un espacio utilizado por marineros de diferentes países. Para Boccanera, el sillón Dossetti de peluquero, la espuma Brancato, el espejo y el puerto se conjugan con la multiplicación de idiomas, madurando así una poética vinculada al desplazamiento y a la reflexión existencial, elementos clave de su obra. Casi una profecía para quien integraría posteriormente la nómina de los poetas exiliados del continente. "Seguro que me marcó esta atmósfera de pescadores, carnaval, ambiente de cabaret, grescas de marineros, gente con la errancia a cuestas", confiesa el poeta. Su verso se resuelve entonces en una mirada a la realidad infantil que trasciende la experiencia:

Asentaba navajas en un listón de cuero

porque era su trabajo arrancarle a los rostros sus animales muertos.

Hacía barba y bigote para el espejo atestado de gente,

su navaja pulía aquella superficie,

rasuraba los rostros del espejo, y haciendo su trabajo

¿afeitaba al espejo?

En 2017, el poeta canario Pedro Flores publica el poemario Coser para la calle, obra galardonada con el premio nacional José Hierro. Un texto relacionado con la tarea de las costureras. Tal vez, el recuerdo de la actividad de su abuela, quien hacía pequeños arreglos en una pequeña sala de su casa. Acompañado de la mirada de asombro, y la colindancia entre el recuerdo infantil de la trastienda y la revisión del adulto, el poeta construye un texto reflexivo y dinámico que dialoga con la experiencia. Una fórmula de negociación con la realidad de la máquina de coser Singer y las tijeras, que conversa con la creación y la metapoesía. Su palabra asume el artificio del remiendo y del entallado de lo real.

Lo que hubiera dado yo

Por haber visto la cara de Teseo

Al comprobar que al final del hilo

Estaban esta tarde,

Esta tristeza de serial de radio,

Esta vieja encorvada en sus costuras.

En los tres casos, los poetas tejen, alinean o amoldan su experiencia adentro del lenguaje, compartiendo el tránsito desde lo real hasta lo poético. Parten del asombro infantil, como estado de alerta que desemboca en uno de los rasgos más característicos de la literatura contemporánea, la trastienda de la creación: la reflexión metapoética. Una marca que defendía Octavio Paz para la escritura, el poeta siempre "nos habla del poema mismo, del acto de crear y nombrar".

Las diferentes labores: amasar, recortar o coser, cobran una nueva dimensión. La realidad que fluye desde la mirada y la imaginación del niño, que orbita alrededor de todo, se resuelve en una escritura artesanal, no fortuita o epifánica, en cuyo origen está el oficio de la composición y la recomposición del arte. Tareas de taller y realidad, de mirada y de revelación, que convierten emociones no nombradas hasta entonces en colindancia. No lo olvidemos, la poesía no se aloja en el verso sino en la forma de mirar.

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