Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Entre "solista proscrito" y "pordiosero erótico"

La Fundación Lara publica 'Prender con keroseno el pasado', una biografía del heterodoxo y libérrimo poeta Carlos Edmundo de Ory

Carlos Edmundo Ory en brazos de Camilo José Cela en Segovia en 1952.

Carlos Edmundo Ory en brazos de Camilo José Cela en Segovia en 1952.

Me duele el corazón de ser un genio

C. E. de O.

"Amo a una mujer de larga cabellera...". Así arranca uno de sus poemas emblemáticos, del mismo título, con una imagen que se refiere por igual a la amante de carne y hueso, a una metáfora de la totalidad de la existencia ("Yo no creo en la historia, creo en la vida") o al rostro de Eurídece, la representación de la poesía misma para el poeta órfico y completamente incunable que fue Carlos Edmundo de Ory (Cádiz, 1923 - Thézy-Gilmont, Francia, 2010).

Si su propia obra no admite separaciones entre esas y otras lecturas, más arduo será pretender aislar su tumultuosa y dispar biografía de sus textos. Máxime en un autor que concibió sus versos como una autobiografía, glosada, además, en elocuentes dietarios. Propenso, en ellos, a los neologismos de autodefinición, la palma se la lleva esta perla sin cultivar: "Soy un errantómano en permanente 'orgiasmo'". Y aunque, de cuando en cuando, entraba en razón y mostraba su carné de identidad: (de profesión) "vocero del silencio", poseía también una rica panoplia de disfraces -acordes, tal vez, al carnavaleo de su Cádiz natal: desde "lobo", "payaso", "apátrida", "trotamundos"... hasta "monje nihilista", "arlequín errante", "náufrago del éxodo", "viudo mágico" o "pordiosero erótico"...

Por fuera de su escritura -que no admite disección de su vida, como dos cabezas de siameses que compartieran un único tronco-, compareció vestido del mismísimo diablo, cuando, en febrero de 1982, fue invitado a leer el pregón del Carnaval de su ciudad, y explicó así de sulfurante las raíces y ramas de su árbol genealógico: "El mar o la mar es mi abuelo y mi abuela, Cádiz mi madre y España mi tía; Europa es mi suegra, el mundo mi tatarabuelo y el universo mi familia entera". Le sobró tiempo para espetar a sus festivos paisanos y visitantes pintarrajeados: "Todos estamos enfermos de enfermedad incurable", y tras la división de opiniones de los congregados en la aceptación del pregón -luego de haber orado el "Padre Nuestro Cádiz"-, el poeta declaró impertérrito: "[Pues yo me he quedado] Cádizfecho".

De la imposibilidad de explicar por separado la vida y la obra del poeta da cuenta el profesor José Manuel García Gil en su exhaustivo y voluminoso trabajo (560 páginas) Prender con keroseno el pasado. Una biografía de Carlos Edmundo de Ory, por el que obtuvo el premio Antonio Domínguez Ortiz de biografía 2018, y que acaba de publicar la Fundación José Manuel Lara, institución que lo convoca. De hecho, sus versos, sus cartas y dietarios resultan ineludibles en la ardua composición de la "galaxia de biografías" de este ser "errante y apátrida", al igual que los testimonios por escrito escritos de sus principales mentores, amigos y compañeros de viaje, como Eduardo Chicharro, Juan Eduardo Cirlot, Francisco Nieva, Félix Grande, Ignacio Aldecoa, Juan Eduardo Zúñiga, Jesús Fernández Palacios, Roberto Bolaño... o, muy especialmente, Gloria Fuertes, que protagoniza un capítulo emotivo, como su cómplice vitalicia, con una relación inicial en el filo de lo platónico y lo carnal, y a quien Ory llama "mi primer discípulo natural", vinculados ambos colegas del postismo por el don de "transformar la emoción en disparate". De hecho, algunas de las citas de Ory que sazonan los epígrafes biográficos no desentonarían de haberse escrito en comandita; así: "Cuando yo era niño me metieron en una familia","Tengo gusto en presentarme en cueros", "Cuando yo era un niño mi maestro era un niño", "Los años. Qué animales extraños", etcétera. Hay anécdotas chispeantes, como haberse hecho pasar por tonto para librarse del servicio militar, pidiéndole al capitán que le permitiera "llevarse la escopeta a casa para mostrárselo a su mamá", según el testimonio de Caballero Bonald. O la descarada justificación del incumplimiento de su horario laboral, cuando, trabajando muy en precario (así la mayoría de las labores que desempeñó en su vida) como bibliotecario a tiempo parcial del Parque Móvil ministerial, fue reprendido por su superior, quien -según Carmen Martín Gaite- le echa en cara que por qué llega a las once si la hora de entrada es a las nueve, y el joven Ory le responde, con lógica aplastante, dejándole sin palabras: "Se lo digo con humildad bohemia franciscana, ¿Y cómo quiere usted que llegue a las once, si yo me levanto a las diez?". Hay también sugerentes detalles reveladores, como la intensísima relación que mantuvo con su primer gran amor -¡y gran desamor!-, Emilia Palomo, quien se convertiría luego en la futura esposa de José Ángel Valente...

"Sus grandes euforias y sus grandes fracasos tuvieron que ver con el amor y con todas sus manifestaciones: la ira y la furia, pero también el goce y la tristeza, el erotismo y la muerte", explica García Gil. Y nos revela, asimismo, a un Ory prioritariamente ocupado en "el destino de su obra y en el juicio de la posteridad", aun a costa de un sinfin de penurias económicos, que lo condujeron a un sucesivo exilio sin retorno: Cádiz, Madrid, París, Lima, de nuevo París, Amiens, Thézy-Glimont? No parecía haber nicho para quien, en el miserable Madrid de los años 40, proclamó: "La vida me parece un harapiento imbécil, sin cama de hospital ni manicomio".

Es acaso ese lado oscuro, sufriente en lo personal (desde que había sido un "adolescente elegíaco y romanticoide", según sus palabras), pero imperturbable en su forja poética como su única arma de presente y de futuro, el aspecto más destacable de quien aquí es definido como "un excluido; y antes que nada, un autoexcluido". Interesa por ello, como punto de partida, la intensa relación con su padre, el poeta modernista Eduardo de Ory, muerto a los 54 años de edad, cuando él era un adolescente, y que terminó abrazando el alzamiento franquista, convirtiéndose luego para Carlos Edmundo en una fijación de inusual conmiseración y empatía. Pero serán sobre todo sus turbulentos encuentros y desencuentros con las mujeres -o mejor dicho: con la experimentación del cambiante amor erótico- el más prominente rasgo del autor de Melos-melancolía.

Ciertamente, ese es el escorzo en el primer plano de las fijaciones de nuestro poeta: el maridaje irreductible entre religiosidad y carnalidad (y por aquí su declarada veneración de Novalis), con afirmar que "los dos poderes más grandes son / la excitación religiosa y el anhelo sensual". Y como agregará en sus Diarios: "El erotismo es inseparable de la muerte, y la cantidad de lirismo proviene del aniquilamiento, de la perdición". De hecho, el poema de marras, "Amo a una mujer de larga cabellera", desemboca (tras una iluminada imaginería del acto del amor, inextricable del acto de la creación) en una tanática fusión entre el Amante/Poeta y la Amada/Poesía, con los rostros y miembros desdibujados. Pues, finalmente, derramada la larga cabellera de la mujer que amo, ocurrirá ocurrirá que "? Ebrio hechizado loco a las puertas del morbo / grandiosa la pasión espero el turno fálico / De nuevo en una habitación estamos juntos / Desnudos estupendos cómplices de la Muerte"?

Así pues, siempre bajo un plano de isomorfismo entre erotismo y destrucción, su rasgo estriba, muchas veces, en dar cuenta de la elegía desamorosa en el momento presente del fervor carnal, y, sobre todo, en equiparar este último, como decimos, al acto poético: "Todo poema vive en los labios donde fue / vivida la dulzura de muchacha besada".

En nuestro poeta, la esencia de la poesía y del amor se expresan a través de la feminidad; "Las palabras son mujeres", asevera, para apreciar, en su reverso destructivo, que la reciente mujer amante, ahora "Te mira ojo a ojo Te / pide no sé qué Te mata". Y concluye, en otra parte de su obra, con estas inquietantes tablas:

"Hablar a una mujer que nos ama / de otra mujer que amamos / no se puede hacer en este mundo / ¿Pero quién tiene la culpa? / Yo me callo - nieve helada".

Si, como advierte el autor de esta biografía, Carlos Edmundo de Ory "fue un escritor extraterritorial y casi secreto", y que mantuvo una "relación casi atemporal e inclasificable con la literatura", es lógico que cualquier pasaje sobre su vida funja como las olas que rompían a unos metros de la gaditana casa solariega que le vio nacer, en relación a su obra poderosa, monolítica y poliédrica a la vez, donde se hallan los verdaderos y exclusivos quilates de Ory. Así como en otros creadores la biografía complementa -y en ocasiones hasta suplanta- la valía de una producción, en Ory la obra literaria fagocita cualquier anécdota de su periplo vital. Se nos explica aquí que su propia comparecencia personal "siempre irradió un aura de misterio. En parte porque se hacía el misterioso"; pero ello obedece -pensamos nosotros- al misterio verídico, real -un chusco diría sin trampa ni cartón- que transmite su obra, como si esta le hubiera antecedido en cualquier comparecencia, y sin la cual -habiéndose jugado la vida entera a esa única carta- no sería nada, o, peor aún -dado su asumido histrionismo y salida de tono- un don nadie? Se trata de una poesía siempre en proceso y atenta a la conjura de los dualismos más dispares, con abruptos cortes cíclicos, además, cuyos restos nunca dejan de formar parte del alud terminal; "Criadero de cánones y fugas", dice un verso, para indicar también que "En mi poesía no hay sitios; sólo hay fulgor".

Su genio horizontal fue siempre mucho más libre que cualquier restricción programática. Una caricaturesca proyección como poeta maudit, junto a un cúmulo de paradojas, contribuyó a eclipsar la justa ubicación de su obra. Y es que, aun guiado por una insobornable actitud órfica y privadamente fundacional, en su caso es posible que el hambre, siempre voraz, de los caricaturistas haya coincidido con sus proclamadas ganas de comer en otra parte? Pues, en algunos respiros de su asumido "itinerario del solista proscrito", Ory se coloca "el pelo verde de Baudelaire" -o al menos no se lo corta-, para anunciar: "Me duele el corazón de ser un genio", o "[Yo tengo...] como todos los grandes poetas", o "El mundo de los necios abandono transformado / porque se ha desgarrado para mí el velo del engaño", o, en fin, "Mi poesía aspira a ser escuchada por Dios"...

Pero aún así, con adelantarse él mismo a proporcionarles el esbozo del retrato rápido de su "(auto)exclusión" -agregando a la mentada panoplia de disfraces su condición de "delincuente puro" o "huraño criminal de la infancia"- hay paradójicos factores objetivos que incidieron en el desdibujamiento de un poeta, a cada paso, tremendamente bipolar, y, en conjunto, como señalamos, poliédrico. Uno de los más gruesos es el desajuste entre una creación tan torrencial, como ha podido verse luego, y un poeta que, casi al filo de su cincuentena, sólo había publicado dos volúmenes: Los sonetos (1963) y Poemas (1969). Únicamente a partir de la publicación de Poesía -1945-1969 (1970) -en edición de Félix Grande-, se levantó con fuerza la espita de su largo silencio editorial, al punto de que, en apenas ocho años, se sucedieron otras tres antologías, que daban cuenta de las extrañas sincronías cruzadas de un autor que venía atendiendo, casi desde su pubertad, a los más diversos flancos. Tan sólo, tras su antología Música de lobos (2003) -que incluye 14 títulos- preparada para Galaxia Gutemberg / Círculo de lectores por Jaume Pont, se consiguió apreciar el verdadero alcance de la totalidad de su obra: la de un poeta, por asi decirlo, sincronizante, de irreductible vocación polifónica, con los más diversos flancos entretejidos en un inoperable palimpsesto. En ella se observa, por ejemplo, que la factura de sus cuadros sobresale muy por encima de los restrictivos marcos de sus manifiestos programáticos. Más allá de los ismos en cuya fundación participó activamente (el Postismo, definido como "un intento de despertar a la vida lo dormido: fue un sacudir perezas mentales y legañosas; fue una dinamita de la imaginación"; el Introrrealismo (1951), al hilo del expresionismo y el existencialismo europeos de posguerra, y el Atelier de poésia ouverte, en el contexto contracultural del 68), el Ory que reluce es el que navega en solitario, sin minueto ni carta preconcebida: como él mismo señalara, "Con voluptuosidad de góndola vacía".

Así tuve ocasión de titular un artículo necrológico en Babelia, con motivo del primer aniversario de su muerte, en la mágica fecha capicúa del 11 del 11 del 11, El Ory que reluce ( El País, sábado 5 / 11 / 2011). Y cualquier pasaje de su biografía, pienso más ahora, es ola que se rompe -y es reabsorbida- contra la escollera del Ory genuino; aquel que proclamó: "Nadie nada nunca me es constante", y que "Mi poesía no sale por la puerta, sino por las rendijas"; aquel precisamente capaz de aunar y pulverizar los ismos más dispares. El que, hermanando lo órfico y lo dionisíaco, inocula el vanguardismo en las estructuras clásicas, hasta obtener un fluido inextricable; y hace dialogar a Novalis y a Nietzsche con Unamuno y Vallejo (sobre todo, "Vallejo", como se titula un soberbio poema suyo de homenaje al autor de Trilce, un libro cuyo ludismo trágico es determinante entre sus ascendentes). El Ory que cincela, con los materiales más encontrados, una "autobiografía espiritual", que es, sobre todo, carnal ("Amo a una mujer de larga cabellera", nuevamente). El Ory que se conmina a "Escribir a mandíbula batiente", para escrutar "Lo callado a manos llenas"; y que ensaya, por eso mismo, una escritura orgánica, de su propia respiración, a través de "Libros que son Bronquios". El Ory que dijo escribir para "Poner arriba el abajo" y para "Llamar a las cosas por sus cumbres". El que proclama: "La poesía es un vómito de piedras preciosas"; o bien (se puede decir más bajito pero no más oscuro) que se trata de "Poner un huevo negro en el nido del no-decir".

Compartir el artículo

stats