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Las habitaciones propias

Este 2018 se cumplen 90 años de las conferencias que inspiraron el icónico ensayo de Virginia Woolf

La escritora Carmen Laforet.

Una de las contradicciones más manifiestas entre la historia de la literatura y la Historia a secas es que la representación de la mujer resplandece en la primera y permanece invisible en la segunda; y sin embargo, el relato de ambas ha estado escrito desde una perspectiva masculina. A día de hoy, constituye todavía un hecho extraño que, desde la Antigua Atenas hasta las tragedias modernas, el teatro y la literatura alumbrasen heroínas como Antígona, Medea, Fedra, Lady Macbeth, Ana Karenina, Nora o Lolita, mujeres fuertes, bellas y despiadadas, destiladas de la imaginación de los hombres, pero que las mujeres reales careciesen de existencia a uno y otro lado de todas estas páginas. Y de la constatación de esta realidad y el afán de ahondar en esta fractura nació Una habitación propia, el brillante y subversivo ensayo sobre mujer y literatura escrito por Virginia Woolf en 1928, basado en dos conferencias impartidas en las dos únicas universidades femeninas de Cambridge, Newham College y el Girton College, donde enarbola el icónico enunciado de que "una mujer necesita dinero y una habitación propia para poder escribir". "Démosle una habitación propia y 500 libras al año, dejémosle decir lo que quiera y omitir la mitad de lo que ahora pone en su libro y, el día menos pensado, escribirá un libro mejor", refirió Woolf.

La alargada sombra de esta reflexión se proyecta con especial intensidad en este 2018, en el que la perspectiva feminista cuestiona y conquista cada vez más espacios en el diálogo social, artístico y literario, y en el que, además, se cumplen 90 años desde que Woolf cargara contra el canon literario androcentrista ante cientos de alumnas y futuras escritoras. Ese año, el mismo en que se aprobaba por fin el sufragio femenino en Inglaterra, Woolf descubría en su buzón una carta en la que su tía, recientemente fallecida en Bombay, le legaba 500 libras al año hasta el resto de sus días. "Y de las dos cosas -el voto y el dinero-, el dinero, lo confieso, me pareció de mucho la más importante", anotó la escritora. Este constituye uno de los aspectos más afilados y modernos del discurso de Woolf, en el que sostenía que sólo la igualdad económica podría reventar los mecanismos perversos del patriarcado para situar a hombres y mujeres en el mismo horizonte de independencia y libertad.

La significación de estas 500 libras al año estriba en que, después de malvivir a base de pequeños trabajos esporádicos autorizados a mujeres, como leer a ancianas o deletrear abecedarios en kindergartens, Woolf, quien pese a todo perteneció a una clase alta y, por tanto, tuvo acceso a una educación particular en su domicilio familiar en Kensington, pudo refrenar el "veneno del miedo y la amargura" que engendran la esclavización, la inestabilidad y el deber de adulación y demostración continua en las arenas movedizas de la precariedad laboral. Y sobre este desequilibrio se cimienta y perpetúa, 90 años después, el mapa de desigualdad en el que la mujer todavía se enfrenta al más frágil de los escenarios, marcado por salarios inferiores; la mentira de la conciliación y la escasa presencia femenina en los puestos de poder y de toma de decisiones. No obstante, a la luz de esta perversa lógica de escollos y el alivio que, a un tiempo, comportaba la sorpresiva herencia de su tía, Woolf relata que, rumiando estas discordancias, tomó de pronto un desvío hacia el imponente Arco del Almirantazgo, miró hacia el cielo azul que recortaba la ringlera de estatuas caballerescas en el corazón de Londres y profetizó que: "Estos valores están destinados a cambiar; dentro de un siglo, es muy probable que hayan cambiado totalmente".

Ese calendario que marcó Woolf, a una década de deshojarse por completo, ha espejado 90 años de progreso hacia un canon más igualitario pavimentado por los pasos de miles de escritoras, que no sólo escriben y publican hoy sus novelas, relatos y poemas sino que, en múltiples casos, a iniciativa de hombres y mujeres, reescriben la historia de la literatura que les precede rescatando las voces de autoras silenciadas y sepultadas en el olvido. Sin embargo, ese mismo calendario no ha horadado la fuerza de las palabras de Una habitación propia, no sólo porque todavía pesa una nube de confusiones en torno a la cuestión de las mujeres y la literatura, sino porque la memoria que glosa Woolf navega por esa corriente subterránea que ha sido la literatura femenina y que desemboca en nuestro presente, lo cual nos permite comprender mejor, lejos de bandos y de dogmatismos, su historia de reivindicaciones.

Al comienzo de sus conferencias, Woolf adujo que para aprehender la magnitud del epígrafe Mujeres y literatura hubo de retrotraerse un siglo atrás, a comienzos del siglo XIX, cuando escritoras como Jane Austen o Charlotte Brönte comenzaron a demostrar que podían ganar "500 libras al año con su inteligencia" publicando estantes enteros de novelas y desoyendo las amonestaciones, desdenes y burlas que las tildaban de "marisabidillas con ganas de garabatear". Un siglo después, Woolf, defensora del individualismo liberal frente a la moral victoriana y, sobre todo, pionera en la excarcelación de la conciencia femenina para convertirla en voz narradora, como refleja en novelas como Las Olas o Mrs. Dalloway, respectivamente, instaba a las escritoras a seguir escribiendo desde "un estado mental libre y propio". Así lo recoge su célebre enunciado que ha reverberado a lo largo de las últimas nueve décadas, tanto en su primera parte -"Démosle una habitación propia y 500 libras al año"- como en la segunda -"dejémosle decir lo que quiera y omitir la mitad de lo que ahora pone en su libro y, el día menos pensado, escribirá un libro mejor".

En estas líneas, la escritora invitaba a sus coetáneas a desprenderse del legado mental de sometimiento, represión y autocensura que, a su juicio, pisaba los talones del vuelo que inauguraron -valientemente- sus predecesoras, pues sólo desde ese estado mental libre de cadenas sería posible construir un edificio literario duradero que permanezca en pie. "Ninguna fuerza en el mundo puede quitarme mis 500 libras", manifestó, "por tanto, no sólo cesan el esforzarse y el luchar, sino también el odio y la amargura. No necesito odiar a ningún hombre; no puede herirme. No necesito halagar a ningún hombre; no tiene nada que darme. De modo que, imperceptiblemente, fui adoptando una nueva actitud hacia la otra mitad de la especie humana. Era absurdo culpar a ninguna clase o sexo en conjunto. Las grandes masas de gente nunca son responsables de lo que hacen. Las mueven instintos que no están bajo su control".

Sin embargo, para la propia Woolf no fue ajeno que "escribir una obra genial es casi una proeza de una prodigiosa dificultad, donde todo está en contra de la probabilidad de que salga intacta y entera de la mente del escritor", toda vez que cita como paradigma universal la mente incandescente de William Shakespeare. Pero estas dificultades han sido terriblemente más difíciles para las mujeres, recuerda, pues para liberar la mente y alcanzar ese estado de gracia es menester disponer de un tiempo y espacio propios, o una habitación propia y 500 libras al año, si bien "las mujeres nunca disponían de media hora? que pudieran llamar suya". Así engendró la alegoría de la hermana imaginaria de Shakespeare, Judith, con el mismo genio literario que el dramaturgo inglés, pero que no tuvo oportunidad de aprender ni la gramática ni la lógica, ni de leer a Horacio ni a Virgilio, que garabateaba páginas a escondidas en un altillo lleno de manzanas y rompió el corazón de sus padres al negarse a casarse con el hijo de un comerciante de lanas. A los 16 años, la fuerza de su talento la impulsó a huir de casa a probar suerte en un teatro donde, humillada por actores y dramaturgos, acabaría suicidándose en una noche de invierno; y hoy yace enterrada en una encrucijada donde paran los autobuses, junto a la taberna Elephant and Castle.

Este simbolismo sirve a Woolf para enmarcar la circunstancia de que, pese a la estrechez de vida impuesta a las mujeres, sin posibilidad de viajar, almorzar a solas o cruzar Londres en ómnibus, una oleada silenciosa de escritoras se aventurase a escribir novelas y poemas, tal como sucediera, en el mismo espacio temporal, dentro de las fronteras canarias, con escritoras como Mercedes Pinto, Pino Ojeda, Josefina de la Torre, Pilar Lojendio o Pino Betancor, entre muchas otras que, como recuerda Woolf, proclamarían: "Cierra con llave tus bibliotecas, si quieres, pero no hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente". Y al mismo tiempo, desde el humor corrosivo que tiñe sus textos, Woolf advierte de la futilidad de todo esto. "En realidad, el mundo no le pide a la gente que escriba poemas, novelas, ni libros de Historia; no los necesita", reflexiona. Pero los escritores dispusieron de libertad para timonear el rumbo de la literatura y de la Historia, erigiéndose ellas, paradójicamente, en el espejo idealizado de sus proezas. "Durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural. Porque si ellas se ponen a decir la verdad, la imagen del espejo se encoge", escribe la autora, para quien "la historia de la oposición de los hombres a la emancipación de las mujeres es más interesante quizá que el relato de la emancipación misma". Por esta razón, la ausencia de escritoras en antologías o textos académicos y literarios es una herida que mutila el relato de la literatura, pues sus escritos constituyen el espejo en el que no pudieron mirarse las autoras que no tuvieron voz.

Bajo estos prismas, Woolf apeló a la urgencia de romper los viejos espejos, restituir los espejos olvidados y emprender un viaje independiente, pero compartido, en el campo infinito de la literatura. Quizás por esta razón censuró que una parte de la literatura permaneciera emponzoñada por la cólera de algunos hombres y que, a un tiempo, replicasen con la misma ira algunas mujeres, aquejadas del martirio constante de que, intelectualmente, no podía esperarse nada de ellas. Ahora, con 500 libras al año y una habitación propia, la escritora reivindica el ejercicio creativo de enfilar el sendero sin temores, sin protestas, sin sermones, que fue lo que hizo posible que tantas escritoras tornasen "ese espectáculo de soledad y rebelión" en obras de arte, aunque hubiesen de esconder sus manuscritos o cubrirlos con un secante.

Sin duda, la historia de la literatura también está marcada por el coste que comportó para estas escritoras el ejercicio de su libertad creativa, como el encierro voluntario de Emily Dickinson para garantizar su independencia o el terror paralizante que insufló a Carmen Laforet la desnudez sentimental de Nada. En este sentido, ni siquiera en el medio siglo, cuando esta última se alzó con el Premio Nadal, se instauró la verdad de que las historias de ellas son también las historias de todos. "Los suspiros, el ritmo de nuestros latidos, las contracciones de parto, los orgasmos, acaban todos por acompasarse, igual que los relojes de péndulo colocados uno cerca del otro pronto sincronizan su vaivén. Las luciérnagas en un árbol se encienden y se apagan como una sola. El sol sale y se pone. La luna crece y mengua y el periódico suele caer en el porche a las seis y treinta y cinco de la mañana", escribió la escritora estadounidense Lucia Berlin, olvidada y rescatada para gloria de las letras universales.

Y quizás también sea hora también de reventar la encorsetada categoría de la "literatura femenina", como si se tratase de un género o subgénero, en lugar del vuelo creativo y misterioso que emprende un ser humano desde su libertad y su diferencia. A juicio de Woolf, "es funesto para todo aquel que escribe pensar en su sexo. El escritor utiliza ambos lados de su mente a la vez. Cuanto se escribe con esta parcialidad consciente está condenado a morir (?) Sería una lástima terrible que las mujeres vivieran o escribieran como los hombres, o se parecieran físicamente a los hombres, porque dos sexos ya son pocos, dada la vastedad y variedad del mundo". En esta línea, la escritora italiana Natalia Ginzburg también plasma con sensibilidad nuestra tendencia a convertir la propia libertad en cenizas. "Las mujeres son una estirpe desgraciada e infeliz con muchos siglos de esclavitud a sus espaldas y lo que tienen que hacer es defenderse con uñas y dientes de su malsana costumbre de caer en el pozo", escribió en su brillante ensayo A propósito de las mujeres, "porque un ser libre no cae casi nunca en el pozo ni piensa siempre en sí mismo, sino que se ocupa de todas las cosas importantes y serias que hay en el mundo y solo se ocupa de sí mismo esforzándose por ser día a día más libre; y la primera que debe actuar así soy yo, porque el mundo no progresará mientras esté poblado por una legión de seres que no se sienten libres".

Con todo, apostada contra las ventanas sin cortinas de su casa, Woolf observaba el despertar de Londres y, en medio del tráfico parado y silente, una muchacha con botas de charol y un chico con abrigo marrón, procedentes de extremos opuestos de la calle, se encontraron bajo su ventana, subieron a un taxi y se perdieron en el espectáculo, fascinante e indiferente, de la mañana. "Y eso liberó mi mente de cierta tensión", concluyó la autora, "porque quizás el pensar, como yo había estado haciendo aquellos dos días, en un sexo separándolo del otro es un esfuerzo. Perturba la unidad de la mente. Ahora aquel esfuerzo había cesado y el ver a dos personas reunirse y subir a un taxi había restaurado la unidad". La autora culminó sus conferencias invocando a la Judith que revive en cada escritora y recordando que la libertad de escribir es también la labor de vivir: "y que ganéis dinero, que tengáis una habitación propia y que llevéis una vida estimulante. Es mucho más importante ser uno mismo que cualquier otra cosa si nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos".

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