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Poesía para sobrevivir a la oficina

Alonso Quesada y Mario Benedetti trascienden la realidad de la burocracia a través de una poética de la resignación y de la rebelión

Alonso Quesada.

A principios del siglo XX, la consignataria Elder Dempster incorporó a su plantilla a un auxiliar de contabilidad que no pasaría inadvertido para sus compañeros de oficina, quienes le trataban como una rareza. Más allá de su aspecto distraído, sus colegas ingleses sabían que guardaba un secreto. Aquel empleado tenía dos vidas, pero era uno: Rafael Romero, alias Alonso Quesada. Poeta y oficinista. Una singular combinación en un espacio más propicio para el tedio que para la creación literaria. Con la mirada entregada a los libros de cuentas transcurría el día a día, del que le desperezaba un recurrente estado de ensoñación: "Tristeza de estos libros, sin emoción, sin alma". Una rutina que combatía también acudiendo al despacho con lecturas que traspapelaba sobre la mesa, como relata en el poema "El domingo", perteneciente a El lino de los sueños (1915).

Hemos llegado ahora fatigados del viaje

dominguero, y buscamos entre nuestros papeles

de cuentas y de sumas, un libro que dejamos

escondido ayer tarde? La oficina parece

que sueña un sueño suave de ausencia y de recuerdo?

¡Y es solo nuestra alma que al silencio ofrece!

Su verdadera profesión estaba en otro lugar. Alternando poesía y teatro con el periodismo al salir de la oficina. Escribiendo las Crónicas de la ciudad y de la noche, que enviaba puntualmente a los semanarios de la Isla, El Gran Galeoto, La Ciudad, El Tribuno, Ecos o El Liberal, y al periódico catalán La Publicidad.

El poeta padecía un continuo desbordamiento creativo, con el que transgredía la vida práctica y el desasosiego que ésta le producía, como señala Domingo Rivero -también poeta y oficinista- en "A la memoria de Rafael Romero". Elegía escrita tras la muerte de Quesada el 4 de noviembre de 1925.

A veces, en la calle, al vernos un instante

A la hora en que el trabajo breve tregua nos daba,

nimbado de emoción el pálido semblante,

sus versos más recientes erguido recitaba.

Y así le veré siempre: humilde y altanero

-porque su vida fue pobreza y poesía-

sus versos a la altura lanzar como un hondero,

en medio de la atlántica serenidad del día.

Sin tregua, parafraseando a Rivero, la experiencia laboral junto a los ingleses iría haciendo mella en la existencia de Quesada. "Estoy harto de ingleses que sólo me han explotado", confiesa el poeta. Un desajuste entre la obligación diaria y la ensoñación que Lázaro Santana identifica como negatividad existencial: "La incipiente misantropía y la negatividad vital que experimentaba por su trabajo burocrático se acentuaron. Por extensión, la ciudad y la isla llegaron a asumir la imagen repulsiva de la oficina".

Esta repulsión aparece perfilada con no pocas dosis de ironía, a la vez que dramatismo, en las secciones "Los ingleses de la colonia" y "New-Year Happy Christmas", del citado poemario. Si bien, es en "Los ingleses de la colonia" donde Quesada articula el desgaste que sufre al encontrarse dentro del espacio deshumanizado de la oficina.

Lentamente, las hojas de los libros, las mueven

estos ingleses jóvenes, tan hermosos, tan castos,

que el rubor los abrasa si contáis aventuras

que corristeis vosotros en los más locos años.

Yo tengo el pensamiento puesto en una columna

Donde una araña teje? ¡lo que yo voy pensando!

Este decir lo ha dicho el cajero que sabe

mucho Dickens y tiene presunción de flemático.

Atrapado en una tela de araña mercantil, el poeta practica un diálogo de deterioro con la oficina que irá conjugándose con su sentimiento de cautiverio en la Isla. Unamuno resalta el encierro en una de las cartas dirigidas al poeta: "¿Y usted? Sale al fin de ésa o se resigna a indefinido aislamiento."

A decir verdad, no se resignaría jamás al aislamiento. Quesada conservó siempre la intención de revertirlo, como demuestran las conversaciones con Gabriel Miró acerca de su posible mudanza a Barcelona. No obstante, el escritor valenciano le advertiría de la dificultad de emprender una aventura en la Península: "Sin viabilidad económica es angustioso nuestro trabajo aquí. Un artista sin aplicación utilitaria puede ser admirado en esta tierra de fortaleza crematística pero se le deja que se alimente de ilusiones y elogios". La oficina seguirá orbitando sin remedio en torno al poeta, borrando cualquier tentativa de residir lejos de las fronteras de la Isla. Más allá de esporádicos viajes, continuará aferrado a Gran Canaria hasta el final de sus días.

Empleado como oficinista para la Junta de Obras del Puerto, Quesada fallece en su ciudad natal y su cuerpo es enterrado en el Cementerio de Vegueta, donde una lápida lo presenta en la actualidad como poeta y como oficinista, sin ornamentos celebratorios ni símbolos religiosos. Retratado exclusivamente bajo el seudónimo: Alonso Quesada (4.11.1925).

A pesar de la burocracia

A 8.000 kilómetros de distancia, cuatro décadas más tarde, otro oficinista repetía el gesto distraído de Quesada en su lucha contra el tedio, escribiendo poesía mientras se entregaba a las tareas de la burocracia. Antes de dedicarse de lleno a la literatura, Mario Benedetti ejerció de funcionario público en la Contaduría General de la Nación, tenedor de libros en una firma inmobiliaria y taquígrafo en la Facultad de Química de la Universidad de Uruguay.

Libros de cuentas y poesía que desembocan en Poemas de la oficina (1956). Una obra por la que Benedetti será reconocido en su país y cobrará protagonismo a nivel internacional. Este poemario se convierte en el oasis para la literatura uruguaya de la época, puesto que rompe con la estética edulcorada de sus coetáneos, más preocupados por el vocabulario posmodernista que por la realidad burocrática que apagaba las calles de Montevideo.

De hecho, todavía hoy a muchos de sus actuales lectores, más acostumbrados al ritmo previsible y neorromántico que adoptaría Benedetti en sus obras posteriores, les puede sorprender el descarnado realismo y la denuncia que presenta ante la alienación del Uruguay de mitad de siglo. Una atmósfera desalentadora plasmada con cinismo en "Cosas de uno":

Yo digo ¿no?

esta mano

que escribe mil doscientos

y transporte

y Enero

y saldo en caja

que balancea el secante

y da vuelta la hoja

esta mano crispada en el apuro

porque se viene el plazo

y no hay tu tía

que suma cifras de otros

cheques de otros

que verdaderamente pertenece a otros

yo digo ¿no?

esta mano

¿qué carajo

tiene que ver conmigo?

Benedetti adelanta aquí los primeros pasos de la poesía coloquial que transitará los años sesenta en Latinoamérica, mientras sitúa el proceso de deshumanización del oficinista como núcleo fundamental de la obra. Asimismo, retrata al homo burocraticus contemporáneo, un ser en proceso de robotización, "que ha sido amansado y domesticado hasta volverse puramente útil, que es fiel a las reglas del juego", como relata José Miguel Oviedo.

Representante de un existir universal, el sujeto gris de Benedetti comparte con el oficinista distraído que recorre la obra de Quesada la experiencia de la resignación, como apreciamos en un fragmento del poema "El domingo", del escritor canario, en el instante en el que el jefe lo encuentra en el despacho un día festivo: "Y piensa que venimos a trabajar, pacientes / como el buey en el campo mercantil, y suaviza / su mostacho con la sonrisa complaciente."

En ambos casos, el oficinista evita la confrontación. Asume que su trabajo despliega sus tentáculos más allá de las paredes y de los días festivos, rebasando así su propia geografía. No hay vida privada. La alienación estimula un conflicto interior y una derrota, que el poeta uruguayo describe con acierto en "Elegía extra".

precisamente hoy

un domingo cualquiera

debo abrir puertas

de silencio horrible

debo juntarme

con mi aburrimiento

debo enfrentar mi mesa

empecinada

asquerosa de tinta

y de papeles.

El sol allí cerquita

sucio domingo

Pero no todo es claudicar o digerir. Los poetas-oficinistas emiten puntuales destellos de esperanza. Porque en los despachos también existen seres medianos, no solo mediocres, a quienes detesta el poeta. Para Benedetti, el mediano posee una vida gris "porque está cercado, bloqueado por las condiciones económicas, por un sórdido clima familiar, o por una falta de desarrollo cultural. O sea que el mediano es un ser recuperable para la vida en su acepción más plena. En cambio, el mediocre puede ser un tipo que ha tenido todas las oportunidades en la vida, incluidas las económicas, y sin embargo no ha salido de su chatadura."

La poética de Benedetti dota ocasionalmente al verso de un carácter revulsivo: la puesta en libertad del oficinista; como también ocurre con ciertos fragmentos de Quesada, en donde prima la distracción y la ensoñación ante la realidad asfixiante que le rodea. "Mostrar que, al otro lado del muro gris, hay todavía opciones para tomar: la rebelión total, o el arraigo en la vida auténtica mientras se enfrenta a la muerte con los ojos abiertos", reclama Oviedo.

Las estrofas del último texto del poemario, titulado "Licencia", tematizan las vacaciones y se resuelven como un elogio al tiempo libre. Un canto a la paciencia donde las cadenas de la oficina pueden neutralizarse.

Debo apurarme porque hay tantas cosas

recuperar el mar

eso primero

recuperar el mar desde una al-tura

y hallar toda la vida en cuatro olas

gigantescas y tristes como sueños

mirar el cielo estéril

y encontrarlo cambiado

hallar que el horizonte

se acercó veinte metros

que el césped hace un año era más verde

y aguantar con paciencia

escuchando los grillos

el apagón tranquilo de la luna

La rebelión

La relación entre la poesía y la oficina existe y existirá siempre, por supuesto, y no siempre refleja un clima de deterioro. Poetas de larga trayectoria para las letras universales ejercieron también de oficinistas. Recordemos a Kavafis, quien ocupaba en Alejandría un puesto de funcionario en la oficina egipcia de Obras Públicas; o al portugués Fernando Pessoa, escribiente y traductor para las casas comerciales Lavado y Mayer, de Lisboa.

Ahora bien, lo más frecuente es que en estos casos los escritores tiendan a despersonalizarse al entrar a trabajar, como destaca Carlos Taibo. Se transforman en "oscuros oficinistas, autores de textos de economía o seguros, en su trabajo", que viven al margen del tiempo histórico que les toca vivir. No se ven tentados a radiografiar el paisaje de los despachos.

Por el contrario, Alonso Quesada y Mario Benedetti priorizan una mirada crítica de la burocracia. Se ponen de frente ante la mesa de trabajo. No dan pie a la evasión. Su objetivo es confrontar la experiencia laboral para lograr trascenderla. Situar a la oficina entre los temas poéticos de la modernidad.

Ninguno de los dos participa de un simple traslado del paisaje a la oficina, "(en vez de bosques, escritorios; en vez de encuentros en el jardín, citas en el café) sino de una rotación total de la actitud creadora exigida por la presencia de nuevas realidades concretas", sostiene Oviedo. Son poetas y oficinistas a partes iguales.

Revelan el "testamento del burócrata del siglo XX", como apunta Fernando Alegría, mientras protagonizan la pugna entre la literatura y la existencia, donde el arte derrota la reclusión, donde el poeta reafirma su libertad a través de la escritura. Una rebeldía que ya detectara Tomás Morales en su "Epístola a Alonso Quesada":

Más tarde, la oficina. ¡Cuántas veces

tropezó tu mirada en rebeldía

con la mirada gris de esos ingleses,

llenos de mercantil filosofía!

Ríos de sangre tierna

El verso sirve entonces para mitigar el espacio alienante, para desplazar las jerarquías y desenclavar el mobiliario de la oficina. Su objetivo es cuestionarlo todo. Sin belicismo, la poesía agrieta la burocracia desde dentro, como se aprecia en la dispersión sensorial de Quesada: "Todos trabajan, menos yo que miro / ¡Mi alma en todo minuto está propicia!"; pero también desde fuera, en el auxilio y en la supervivencia que implica seguir escribiendo al terminar la jornada. Ser poeta a pesar de todo.

El sometimiento tiene su contrapartida en el poder balsámico que proporciona la escritura. Una función que ya asumiera el poeta latino Ovidio en su largo exilio en la actual Rumanía: "Yo aquí, aunque esté rodeado del son de las armas vecinas / con el poema que puedo calmo mi sino infeliz." En la oficina, el arte rebaja el dramatismo de una existencia deshumanizada.

A su manera, Benedetti y Quesada ponen nombre propio a las palabras de Federico García Lorca: "debajo de las sumas, un río de sangre tierna". Es decir, vitalismo y lenguaje, sensibilidad que actúa como evasión. Su poética transita u modo de sentir palpitante e insatisfecho, pero profundamente existencial. Ambos negocian un lugar donde la ensoñación del poeta-oficinista, y su distracción observando lo que sucede más allá de la ventana del despacho, desarme el tedio y nos impulse a liberarnos. Una realidad imaginada que muestra y demuestra que las paredes de la burocracia no son inexpugnables.

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