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Propuestas estéticas para salvar el planeta

Basurama, Luna Bengoechea, Carmela García y Morilla indagan en el deterioro medioambiental

Obra de Santiago Morilla.

Obra de Santiago Morilla.

En la Sala de Arte Social del Gabinete Literario se expone la muestra Biotopías, que contiene varias creaciones de artistas implicados con el problema medioambiental. Comisariada por el equipo PSJM (Cynthia Viera y Pablo San José), la exposición presenta obras del colectivo Basurama y los artistas Luna Bengoechea, Carmela García y Santiago Morilla.

Debido a su mensaje ecologista, la muestra ha sido promovida por la asociación Muévete por el Clima y está organizada por la Consejería de Medio Ambiente con el apoyo de la Concejalía de Participación Ciudadana. No en vano, Biotopías coincidió hace unos días con la conferencia internacional Encuentro Archipiélago y Océano: Repercusión del Cambio Climático en los Territorios Insulares, que también se celebró en el Gabinete Literario.

Su curioso título es un neologismo creado por PSJM a partir del concepto ecológico del biotopo -hábitat en el que fauna y flora viven en un entorno armonioso- junto a las tres formas de entender el espacio que proponía Michel Foucault: las topías (espacios reales y cotidianos), las utopías (espacios ideales) y las heterotopías (espacios reales, pero separados de la vida cotidiana). De este modo el concepto de biotopía se refiere tanto a los ambientes de vida como a esos lugares a medio camino entre lo cotidiano y la utopía que estos artistas han creados para concienciar al espectador. Del mismo modo, siguiendo la premisa que Marcuse expuso en su ensayo La dimensión estética, de que el arte debe proponer promesas de felicidad, utopías, ideas reguladoras que han de ser perseguidas, las obras que componen esta exhibición proponen una utopía ecológica realizable frente al cambio climático y la crisis medioambiental.

Por eso, todas las piezas han sido creadas ad hoc por sus autores, y siempre concibiéndolas como obras de arte sostenibles, hasta el punto de haber sido producidas localmente para evitar realizar emisiones contaminantes durante su transporte. Igualmente se ha tenido presente el tratar de combinar el mismo número de artistas peninsulares y locales, así como lograr la paridad de género.

La primera propuesta artística con la que el espectador se encuentra es la titulada I n love we trash. Las Palmas GC, una video performance del colectivo Basurama en la que se proyecta todo el proceso de creación de un espectacular espacio hinchable a partir de bolsas de plástico y su posterior presentación en la Playa de Las Canteras como una performance en la que a modo de una bolsa gigante inflada por ventiladores, se empleó para hacer reflexionar sobre las repercusiones ecológicas que el consumo excesivo de plásticos tiene en nuestra vida cotidiana.

Sin embargo, frente a la utopía de conseguir la futura eliminación de las bolsas de plástico viene la distopía por parte de la artista grancanaria Luna Bengoechea, que presenta Elaeis guineensis, nombre científico de la palma aceitera, que aparece dibujada en una serie de cinco láminas con instalación lumínica. Como es bien sabido, de su fruto se extrae el aceite de palma, tan usado en alimentos procesados, productos cosméticos y de limpieza, que su cultivo, cada vez más extendido, se está convirtiendo en una amenaza no solo para nuestra salud sino para el medio ambiente de todo el planeta. Entre las consecuencias de la progresiva extensión de su cultivo está la pérdida de biodiversidad, la desaparición del hábitat de muchas especies amenazadas y la contaminación de las aguas.

Pero el aceite de palma está disfrazado bajo otros nombres en prácticamente la mitad de los productos que hay en el supermercado, lo cual se advierte con el hecho de que cada uno de estos lienzos lleva adjunto una linterna de luz ultravioleta que invita al espectador a realizar un acercamiento interactivo a la obra. De ese modo, dándole al interruptor e iluminando las láminas con luz negra se descubre escritas con tinta sensible a la luz ultravioleta los doscientos veintitrés nombres con los que los fabricantes denominan comercialmente este aceite para ocultar su uso. Una originalísima estrategia plástica de visibilización que busca concienciar acerca de este modelo de producción industrial y su impacto en el medio ambiente y la salud.

Por su parte la fotógrafa lanzaroteña Carmela García, que ha expuesto individualmente en museos como el Reina Sofía, participa en esta exposición cubriendo esa parte del discurso ambientalista que tiene que ver con el ecofeminismo. Aunque la obra que presenta pertenece a su serie Paraíso, realizada en 2003, la manera en que está presentada, empapelando directamente una de las paredes de la sala, hace que esta imagen adquiera una forma novedosa aportándole nuevos significados. Si en su forma original se presentaba positivada en un papel fotográfico de alta calidad y enmarcada como una pieza de museo, ahora la sobredimensión la acerca a los códigos publicitarios, dotándole un cariz provocador al convertirlo en un símbolo ecofeminista que sin embargo se encuentra alejado del mundo comercial, ya que ineludiblemente desaparecerá una vez concluida la exposición.

La imagen fotográfica en cuestión muestra una isla habitada exclusivamente por mujeres al estilo de esas ínsulas míticas de la antigüedad que se imaginaban pobladas únicamente por amazonas, lo cual lejos de ser una imagen del pasado contiene el anuncio artístico de un mundo nuevo. Una isla como la de Utopía, pero a diferencia de la imaginada por Tomás Moro sin hombres, simboliza una utopía matriarcal en la que el bello sexo puede comenzar de nuevo, reconciliándose con la naturaleza en nombre de toda la humanidad, porque si algo tienen en común las mujeres con la naturaleza es que ambas han sido oprimidas y subyugadas por la cultura patriarcal. Consiguientemente, Paraíso es una la isla que emerge del agua como una arcadia en la que reina la paz, y cuyos habitantes contemplan todo lo que les rodea en armonía, aportando una solución al problema medioambiental a partir del ecofeminismo.

Finalmente, Locative breathing, del madrileño Santiago Morilla consiste en un pequeño invernadero con un drago en su interior unido a una bicicleta a modo de sidecar y por si fuera poco conectado a un sistema autónomo de respiración cerrado, formado por un tubo que parte de la máscara del ciclista hasta el interior del invernadero, generando una retroalimentación mutua entre el dióxido de carbono exhalado por el ciclista y el oxígeno producido por el drago. Consecuentemente, el ciclista se sumerge en la naturaleza sensitiva de la planta a la vez que se aísla olfativamente de su entorno, convirtiendo toda la obra en una declaración simbólica en torno al concepto de interdependencia e injerencia humana en la adaptación local de los entornos naturales.

A su lado una video performance recoge el recorrido que realizó este vehículo a través de nuestra ciudad el pasado día dieciséis, en el que el artista invitó a pedalear en él a quienes se encontraba para respirar el drago, olerlo, entenderlo e interaccionar con él.

En resumen, todas las propuestas de Biotopías tienen en común su significado abierto para de esa forma lograr ser tan polisémicas como el propio arte, planteando preguntas al público, acerca de cómo se relaciona con la naturaleza y tratando siempre de generar una extrañeza en el espectador, o incluso -como fue en el caso de Locative breathing o In love we trash. Las Palmas GC- en el mismo viandante.

La naturaleza colaborativa y participativa de sus propuestas, y su presencia tanto en la sala de exposiciones como fuera de ella, son factores determinantes a la hora de apreciar Biotopías. Por otro lado, su carácter espectacular y sus valores ecológicos y pedagógicos garantizan la visibilidad indispensable que necesita una muestra de esta naturaleza para lograr su principal objetivo: despertar la conciencia ecológica a través del arte en el mayor número de espectadores.

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