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El resurgir del mito artúrico

'Stonehenge' recrea la vida en Britania tras la caída del Imperio Romano de Occidente con un estilo influido por Rembrandt

El resurgir del mito artúrico

El resurgir del mito artúrico

El siglo V estuvo marcado por dos sucesos fundamentales en la historia de la humanidad. El primero, que ocurrió al poco de iniciarse, fue la desaparición de las fronteras terrestres entre el mundo civilizado y el de los bárbaros. Y el segundo, que sucedió como consecuencia de lo anterior y casi al final de la centuria, fue la caída de Roma. Por todo ello, ese periodo es conocido por los historiadores como el siglo de los bárbaros o como el origen del oscurantismo europeo.

Precisamente la acción de Stonehenge comienza seis años después de que los anglosajones invadiesen y colonizasen Gran Bretaña que por entonces era denominada Britania y que hasta hacía poco había constituido la provincia más septentrional del Imperio Romano, lo cual llevaría a que un legendario caudillo britanorromano dirigiese poco después la defensa contra los invasores durante un período comprendido entre finales del siglo V y principios del VI.

Ese personaje era el rey Arturo, que aunque no aparezca de forma evidente en esta obra, si lo hace su consejero, el mago Merlín, bajo su nombre celta original: Moridunon. Y aunque tras citar este nombre pueda parecer que estamos ante un cómic de fantasía épica, Stonehenge no es una obra fantástica, sino que en todo momento trata de presentar una versión histórica de las leyendas artúricas.

Por eso la mítica excalibur aparece como la espada de Nuada, el rey de los Tuatha Dé Danann, antigua tribu que pobló Irlanda. Y por eso mismo se nombra otro de los cuatro tesoros que los Tuatha Dé Danann llevaron consigo a Irlanda, la piedra de fal. De hecho, Stonehenge recuerda poderosamente a dos películas estrenadas unos años antes de su aparición, El rey Arturo (2004, Antoine Fuqua) y La última legión (2007, Doug Lefler), que plantearon una visión histórica del origen de la leyenda del rey Arturo reinterpretándola a través de los sucesos que acaecieron durante la aparatosa caída del Imperio Romano de Occidente.

Incluso coincide con el primer filme porque nombra una herejía de la época, el pelagianismo. Por lo tanto es evidente que el guión de Éric Corbeyran tiene dicha inspiración detrás, aunque no cae en los numerosos fallos históricos de la película ya que contó con la colaboración como consultor histórico del escritor bretón Thierry Jigourel, especializado en el mundo celta.

El tercer componente del trío artístico de esta obra lo forma Ugo Pinson, responsable del dibujo, que consigue que cada viñeta parezca una pintura al óleo, logrando una intensidad sorprendente que a veces recuerda a los cuadros de Velázquez y, principalmente, Rembrandt. Su estilo barroco combina magistralmente el uso del color y el claroscuro, creando una atmósfera tan tenebrosa y perturbadora como su emocionante trama.

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