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Contra viento y marea

Rubén Amón escribe la apasionante historia del Teatro Real, que resistió a la ruina, a los incendios y a Fonsi

Contra viento y marea

Contra viento y marea

¿Cuándo comienza el contador de la historia de un teatro de ópera? Universalmente está reconocido que desde que se alza el telón para que se represente la primera función. Pongamos un ejemplo cercano. El teatro Campoamor inició su andadura en 1892 con Los hugonotes de Meyerbeer, pese a que tuviésemos unos cuantos años de espera desde que surgiese la idea de su construcción en un proceso en el que intervino el propio Leopoldo Alas Clarín, que fue quien impulsó la idea de bautizarlo con el nombre del poeta asturiano.

Pues bien, el teatro Real está acabando de dar por finalizados los fastos de su bicentenario fantasma. Porque lo que se celebra no son los doscientos años de su apertura, sino de la idea de arrancar su construcción. La idea ha sido bárbara desde el punto de vista económico, consiguiendo mecenazgo bajo el amparo del Gobierno de España, al declararse el evento como un acontecimiento y, todos tan contentos, porque dentro de unos añitos podrá volver a celebrarse, de nuevo, a modo de día de la marmota, un nuevo bicentario del coliseo de la plaza de Oriente.

Al menos estos doscientos años que han pasado desde el edicto de Fernando VII instando a su construcción han tenido efectos relevantes desde el punto de vista artístico. La programación diseñada por Joan Matabosch está resultando espléndida y se han propiciado una serie de publicaciones que ensanchan la bibliografía en torno al teatro. De entre todas ellas destaca, de manera muy especial, una que no tiene vocación enciclopédica, sino que va más allá porque es una suerte de biografía de "autor" del teatro y ahí, precisamente, radica uno de sus principales valores. El periodista y crítico musical Rubén Amón en Sangre, poesía y pasión. Dos siglos de música, ruido y silencio en el teatro Real, editado por Alianza Editorial, realiza un apasionante viaje por la singular historia de un edificio que es, a la vez, un compendio extraño de la historia de nuestro país. El Real es un ejemplo magnífico para diseccionar el horrendo maridaje que en España encontramos entre política y cultura: retrasos, sobrecostes, cierres, aperturas disparatadas, cambios de criterio en la finalidad de la sala, dificultades de financiación, presiones políticas, etc. De todo ello da buena cuenta Amón que también suma extraordinarias vivencias de los personajes, cantantes, empresarios, directores de orquesta, que tienen al Real como punto en común.

Amón va desgrandando las diferentes etapas del teatro madrileño, los numerosos años que estuvo cerrado o sin actividad lírica que son unos cuantos más que los que tuvo temporada en activo. Nos muestra al Real como una criatura viva, llena de visicitudes, de momentos de gloria, de grandes tragedias. Eso sí, estamos ante un superviviente a las mayores catástrofes, un titán en este sentido. El Real es un centro lírico que tuvo momentos increíbles, si bien en la mayor parte de su recorrido su estatura artística ha estado por debajo de sus homólogos europeos, transitando en una discreta medianía. Eso sí, ha resistido incendios y ruinas, incluso a las corrientes de agua que hay en su subsuelo, y como el propio Amón cuenta incluso ha salido airoso de ¡Luis Fonsi y su "despacito"! A mí esto, sinceramente, me parece peor que un seísmo y habla muy bien de la fortaleza del propio teatro. Además, no lo olvidemos, acogió el Festival de Eurovisión de 1969, aquel que ganaron Salomé, Lulu, Lenny Kuhr y Frida Boccara.

La historia abrupta del Real sirve para que Amón trace un retrato sin concesiones, por ejemplo al respecto de las miserias políticas y del daño que hace el caciquismo político cuando se acerca a la cultura. También deja ver como, en muchas ocasiones, la función social de la sala ha estado por encima de la artística.

Si hay un compositor cercano al teatro madrileño este es, sin duda, Giuseppe Verdi. Sobre todo porque el propio músico italiano dirigió en el mismo en 1863 su ópera La forza del destino, justo después de su estreno en Rusia. Fue uno de esos estrenos que causaron un impacto tremendo en la ciudad y el éxito fue tal que Verdi tuvo que salir a saludar en once ocasiones al término del mismo. Es el compositor más representado en el teatro y títulos como Rigoletto, Aida y Trovador están por encima de las 300 funciones, cada uno de ellos. Contrasta esta opulencia verdiana con la que tuvo en la segunda mitad del siglo XIX Giacomo Meyerbeer, entonces el verdadero rey de los teatros a través de la grand opera y hoy prácticamente fuera del canon interpretativo. Evoca Amón funciones memorables, como la que cantaron los legendarios Adelina Patti y Julián Gayarre, una Lucia di Lammermoor en 1880 que causó una verdadera convulsión en la vida lírica de la capital, según se recoge en las crónicas de la época. La vinculación de algunos cantantes con el teatro fue muy intensa y ahí dedica también un capítulo a Plácido Domingo convertido, sin duda, en el monarca de la nueva etapa del Real, habiendo tenido en el mismo presencia continuada y siempre con enorme éxito.

Si Verdi ha tenido una presencia tremenda, no es menor la de Richard Wagner, sobre todo, desde el momento en el que la entrada de la luz eléctrica en el teatro que obligó a oscurecer totalmente la sala y fijar la atención en el escenario, dejando el fisgoneo y la vida social para los entreactos.

A pesar de mutilar sus óperas, de cantarlas en italiano y español, la música de Wagner sobrevivió y contó con una sólida legión de partidarios que consiguieron que su presencia en la cartelera no fuese algo episódico o circunstancial.

Después de la Gerra Civil, el teatro entró en una parálisis total y saldría de ella reconvertido en el franquismo en sala de conciertos sinfónica. Madrid apenas tenía temporada de ópera y comenzaron a organizarse ciclos líricos en el teatro de La Zarzuela, pero de entidad menor. De hecho, por esa época, el crítico Fernández Cid clamaba desde las páginas de ABC que ojála Madrid llegase a tener una temporada lírica de la calidad de la de Oviedo. Amón cuenta con profusión esa época de conciertos sinfónicos, con la Orquesta Nacional instalada en la sala y la llegada de las grandes orquestas y maestros extranjeros de la mano de Alfonso Aijón, uno de los nombres que más han hecho por insertar a nuestro país en las giras de conciertos internacionales.

El viaje se cierra con un punto y aparte. No podía ser otro que Gerard Mortier, el genial director artístico que concitaba adhesiones y odios furibundos a partes iguales. A pesar de llegar al Real ya con buena parte de su bagaje lírico resuelto, propició noches maravillosas, arriesgadas y en las que la sorpresa estaba siempre en primer plano. Era maravilloso ver la indignación de algunos ante propuestas líricas de una profundidad absoluta u otras de una irrelevancia tremenda pero todas ellas cosidas en una línea artística clara y rebelde. Fue, describe el autor del libro, "un creador sin obra propia que se valió de intermediarios para transformar la ópera en una religión de las vicisitudes humanas. Lo mejor que puede decirse es que lo consiguió. Y que el teatro Real formó parte de su cordillera visionaria". Quiérase o no, contribuyó decisivamente a renovar el público y a reubicar al Real en la primera división europea. Con él Amón cierra este fascinante viaje, en el que brilla su prosa de cristalina y punzante, en el que con su amor a la ópera nos da una visión precisa de uno de los grandes centros culturales de Madrid, un teatro imprescindible para entender la evolución de la interpretación lírica en España -aunque, precisamente, sea nuestra lírica, la que más ausente estuvo en el mismo-. Pero eso ya, es para otro libro y para otros artículos.

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