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Lenguaje inclusivo y opresivo

En Alemania varios intelectuales piden acabar "con las construcciones lingüísticas ridículas"

Lenguaje inclusivo y opresivo

De los primeros suicidios terroristas que se hicieron famosos en el nuevo mundo en el que vivimos fueron los de los Tigres Tamiles, en Sri Lanka, en los años ochenta, sanguinarios y gratuitos. Aquella inaudita crueldad, que luego ha sido superada por otro terrorismo religioso, tenía como una de sus bazas la imposición de una lengua sobre otra, y por ello se mataba. Los innumerables ejemplos de la actual Cataluña, regida por un presidente que tiene varios escritos en los que considera bestias a los no catalanes, y con el uso de la lengua para crear un entorno hostil que neutralice a unos ciudadanos españoles que, renegando de su histórica valentía, se han tornado pacíficos, mártires y víctimas, nos muestran que la lengua puede ser un mecanismo de control y discriminación muy eficaz para el dominio y manipulación de las personas.

Y, en efecto, se ha introducido en todo el hemisferio norte occidental un nuevo elemento que, disfrazado de defensor de la igualdad, pretende la utilización de normas administrativas y penales para la imposición de una forma de hablar dirigida desde gobiernos de la denominada izquierda, cuyo objetivo es la creación de nuevos "sujetos históricos" que les ayuden a conseguir y conservar el poder. Se trata de una lucha Schmittiana (en la dinámica amigo-enemigo propuesta por Carl Schmitt) por el poder puro, donde se divide a la sociedad en dos: unos son amigos y otros son bestias o enemigos, se les describe y divide a través del lenguaje y por el uso que cada bando hace del lenguaje, y la meta es ganar la partida.

Hagamos un recorrido, pues, por el lenguaje utilizado como arma. Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, ha publicado una guía de estilo para la forma de expresarse que ha de ser utilizada por los proveedores del Ayuntamiento si quieren acceder a ganar los concursos y contratos públicos, sine qua non, un total de 62.000 ejemplares. En la guía primero se sientan las bases de lo que es Occidente: un monstruo colonialista y depredador, lo que se confronta a que en Barcelona "un tercio de la ciudadanía proviene de orígenes y contextos culturales diversos. Eso comporta la convivencia de una gran diversidad de lenguas y religiones y una mayor presencia de personas racializadas. La racialización es una construcción social que sitúa a las personas blancas por encima del resto, y eso tiene consecuencias administrativas, sociales, laborales, de estándares de belleza. Muchos países europeos colonizaron grandes partes del mundo y las consecuencias de este proceso siguen presentes en muchos ámbitos de la sociedad".

Establecido que Occidente es el origen del mal, se entiende que se ordene no decir raza o etnia gitana, sino pueblo gitano; no se dirá ir a comprar en el chino, sino ir a comprar en la tienda, para no definir por el origen de la persona; no se dirá persona inmigrante sino persona migrante, pues migrar es un proceso que acaba y no debe ser definitorio; por lo mismo, no se dirá inmigrante ilegal, sino persona en situación administrativa irregular, ya que las personas no son ilegales; no se dirá persona negra sino persona racializada o persona afrodescendiente; no se hablará de moro o mora, sino de persona del Magreb, o persona marroquí o persona argelina; no se dirá terrorismo islámico yihadista, sino terrorismo de Al Qaeda, Daesh, o Boko Haram, para no asociar el terrorismo al islam o malinterpretar la yihad como sinónimo de violencia.

En el apartado del sexo y el género, se pontifica: "La primera pregunta que nos hace la sociedad es si somos niños o niñas. Vivimos en un mundo que entiende que las personas están divididas en dos tipos: el hombre y la mujer. Y, por lo tanto, que solo hay dos formas de cuerpos: los machos y las hembras, cada uno con unos cromosomas, hormonas y características sexuales determinadas". Es decir, se coloca la cultura por encima de la biología, pero no como un constructo antropológico, filosófico u ontológico en discusión, sino como una imposición política que refuerza a los nuevos "sujetos históricos". Tampoco se hará referencia a los "abuelos y abuelas" como tales, sino como "personas mayores", para no discriminar a los que han tenido descendencia de los que no. No se hablará de madre soltera, sino de madre a secas. No se dirá: "Que te den por el culo" sino "vete a freír espárragos", para no denostar prácticas sexuales respetables.

Por lo mismo, tampoco se dirá "esto es una mariconada", sino "esto es una tontería", para no ser homófobos, ni se dirá "¡lloras como una niña!", sino "¡grita y llora tanto como quieras!", para evitar el estereotipo sexista. El empeño liberticida de la izquierda de imponer a la población cómo tiene que hablar, ordenando de obligado cumplimiento el lenguaje inclusivo, es algo que se hace presente en todo Occidente. En EEUU se ha legislado ya, en varios estados, duras sanciones pecuniarias por no utilizar el lenguaje legislado para referirse a la caterva LGTBIQ+, donde ya surgen inclinaciones y contrainclinaciones agénero, asexuales, bifóbicas, binarias, cisexuales, cisgénero, cisnormativas, de interseccionalidad, no binarias, pansexuales, con passing, heteros, homos, trans, fluidas (que cambian a lo largo del día) o queer (todo vale), pero ya no como algo festivo, lo cual resultaría interesante y divertido, sino como algo obligatorio y motivo de punición, que si no se respeta, implica graves multas.

En Alemania ha habido reacción, y varios intelectuales han firmado una carta abierta para acabar con las "construcciones lingüísticas ridículas", encaminadas a este nuevo orden por el cual se distingue la marca izquierdista, que adquiere a marchas forzadas la característica de Secta. Rosalía Sánchez, desde Berlín, informaba de que la Secretaria de Estado de Digitalización, Dorothee Bär, hablaba de "Igualdad sí, locura de género no... hemos llegado a un punto gaga del uso del lenguaje que no creo, sinceramente, que sirva para nada a las mujeres". En alemán, donde los tres géneros tienen un juego significativo complejo, se ha introducido el uso de asteriscos en las palabras, a fin de respetar los géneros tal y como indica el sectarismo izquierdista.

Por ejemplo, profesores se dice "die Lehrer", y al convertirse inclusivamente el término en los profesores y las profesoras, se diría "die Lehrer und Lehrerinnen", pero esta locución se sustituiría, con mayor implicación inclusiva, por "Lehrer*innen", incluyendo un asterisco.

El crítico lingüístico Wolf Schneider habla de "formaciones lingüísticas ridículas", y se han adherido al manifiesto 10.000 personas, incluidos, por ejemplo, el filósofo Rüdiger Safranski, o el novelista Peter Schneider, o el ex director de Bild Kai Diekmann, o el director de los servicios de inteligencia alemanes Hans-Georg Maassen, junto a miles más de intelectuales, profesionales, empresarios, ante esta horda de estupideces lingüísticas "terriblemente tontas", con ejemplos como el de que "los leones son masculinos en plural, pero las jirafas femeninas, al igual esta vez que en español, y a nadie le ha molestado durante los últimos mil años". No nos encontramos ante algo razonable que pretenda imponer la igualdad o la exactitud descriptiva, sino que se ha apropiado la izquierda de un movimiento natural, ha creado "ad hoc" un sujeto histórico artificial violento que adquiere características sectarias peligrosas, y convierte un tema pacífico, científico y natural, en motivo de odio y agresión. Es el imperio de la estupidez, ante lo que, por supervivencia, cabrán la rebelión y la advertencia de que les tocará perder, porque actúan "contra natura".

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