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El mundo visto y compartido

El cine para Stanley Cavell es un arte democrático que describe la realidad

Cary Grant y Katherine Hepburn, en un fotograma de 'Historias de Filadelfia' (1944), de Frank Capra.

Cary Grant y Katherine Hepburn, en un fotograma de 'Historias de Filadelfia' (1944), de Frank Capra. lp

Fallecido el año pasado, Stanley Cavell fue un filósofo que dedicó al cine varios ensayos: La búsqueda de la felicidad (Paidós), Ciudades de palabras. Cartas pedagógicas sobre un registro de la vida moral (Pre-Textos), El cine, ¿puede hacernos mejores? (Katz). Únicamente quedaba sin traducir el primer libro que escribió sobre cine en 1971: El mundo visto. Reflexiones sobre la ontología del cine (Universidad de Córdoba, 2017). Cuando a Cavell le preguntaban por la razón por la que un filósofo como él había prestado atención reflexiva hacia el cine, acostumbraba a invertir los términos del interrogante. Es decir, la cuestión sería más bien comprender por qué un asiduo espectador de cine había llegado a convertirse en profesor de filosofía.

Hijo de inmigrantes judíos, Stanley recuerda que durante su infancia su madre se ganaba la vida tocando el piano en salas de cine mudo y en el music-hall de Nueva York. Su experiencia vital e intelectual nació como lector autodidacta y del contacto directo con los espectáculos populares a los que acudía, en vez de asistir a las clases de música de la escuela en la que estaba matriculado.

En la mayoría de sus libros, Cavell utiliza el cine para abordar problemas filosóficos. Así, por ejemplo, trata el escepticismo de Hume a partir de Frank Capra o relaciona Historias de Filadelfia con la filosofía de Emerson. En otras ocasiones, como en La búsqueda de la felicidad, Cavell establece un diálogo filosófico entre las comedias de enredo de Hollywood ( Screwball comedy) con las obras de Shakespeare. Pero en E l mundo visto, Cavell no hace filosofía desde el cine sino sobre el cine, como dispositivo que proyecta la realidad.

Durante un cuarto de siglo ir al cine fue para Cavell parte esencial de su experiencia cotidiana de la vida. Su experiencia del cine estuvo vinculada a los recuerdos de los momentos en que descubrió determinadas películas, así como a las conversaciones que tuvo con los amigos con los que iba al cine. Ir al cine era un acto espontáneo donde uno estaba presente en un "culto cuyos miembros no tienen nada en común excepto su presencia en el mismo lugar". Los recuerdos de las películas vistas eran para él tan importantes y reales como el recuerdo de cualquier otro acontecimiento de su vida: "Llegan a ser fragmentos adicionales de lo que me ocurre, cartas adicionales en la baraja de mi memoria". Nuestra identidad está hecha también de las películas vistas, cuyos recuerdos prestados e inventados por otros, pasan a formar parte de nuestra memoria personal y colectiva.

El cine es para Cavell un arte democrático que describe la realidad. Y es democrático porque propone una experiencia compartida, especialmente cuando asistimos una sala de cine, suscitando conversaciones cotidianas y "los recuerdos de una vida en común". Cavell no reivindica la nostalgia romántica de ir al cine sino su valor como acontecimiento colectivo que cohesiona el espacio público. Antes que una experiencia estética, el cine es un acto democrático que reconcilia lo público y lo privado. Ir al cine sería también otro modo de construir ciudades con palabras e imágenes compartidas.¿Por qué plantearse entonces escribir un libro sobre cine? "¿Qué es lo que ha roto mi relación natural con las películas?", se pregunta el filósofo.

¿Por qué no limitarse simplemente a disfrutar de las películas, amando las devociones de los ojos y los oídos, y abandonado cualquier tentación analítica? Aunque Cavell reconoce la influencia parcial del nuevo cine europeo (Bergman, Antonioni, Fellini) hacia una consideración más reflexiva de este arte, el punto de inflexión tuvo que ver con la lectura de André Bazin y Heidegger.Cuando interpreta una película, Cavell vuelve a verla desde el pensamiento, buscando clarificar su experiencia. No hay, sin embargo, en su obra una disyuntiva entre la inicial visión intuitiva y el posterior análisis reflexivo: "Leer no es una alternativa a ver, sino (...) un esfuerzo por detallar una manera de ver algo con más claridad, una interpretación de cómo son las cosas y por qué aparecen". El cine no representa las cosas sino que las vemos proyectadas en la pantalla. Al ver una película estoy "presente en algo que ha ocurrido", en algo que ya ha concluido, mientras que en el teatro estoy presente en algo que está ocurriendo ahora. La paradoja ontológica del espectador en el cine se produce al estar viendo cosas ausentes pero que, sin embargo, las experimento como "abrumadoramente presentes".

Aunque las películas nos enseñan a ver las cosas de un modo diferente al que lo hacemos en nuestra experiencia cotidiana. En este sentido, Cavell recuerda las palabras de Godard: "Los objetos muertos siempre están vivos, las personas vivas suelen estar ya muertas..." El cine, y el arte en general, proporcionan así una percepción poética de lo cotidiano. Esa es la lección que Cavell aprendió de la filosofía de Emerson y Thoreau.

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