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Manuel Cruz y Ana Rosa Quintana

Manuel Cruz y Ana Rosa Quintana

Recientemente hemos sabido que el filósofo Manuel Cruz, nombrado presidente del Senado por el Partido del Gobierno, es, al igual que su Presidente del Gobierno, un copión. Cruz ha plagiado varios textos en su libro Filosofía Contemporánea (2002), utilizado para estudiantes de filosofía como libro de texto, y asumiéndolos frente al público estudiante como suyos. En principio me era difícil de creer, dada la labia cultural del filósofo en diversos foros en los que se desenvolvía con soltura, aunque eso sí, siempre en defensa de una tesis autodenominada progresista, pero que queda definida con perspicacia con la frase del periodista Ángel Expósito quien dijo: "La progresía es al progresismo lo que el cine al cinismo".

En fin, son cuitas prosaicas, pero ahora toca analizar, como filósofo, el caso de Manuel Cruz, catedrático de Filosofía y presidente del Senado por el Partido del Gobierno en funciones. Emilio Lledó o Jacobo Muñoz, reconocidos filósofos de la progresía, como el presidente Cruz, lo han apadrinado. Jacobo Muñoz, el 24 de octubre de 2002, escribía en El Cultural sobre el texto del doctor Cruz: "Siempre cabrá echar algún autor o ismo en falta en estas páginas. Pero ni una sola de sus líneas -obra toda ella de un excelente conocedor de su oficio- está de más. Una vez subrayada la utilidad de este volumen, tal vez convenga subrayar también el precio que su modo de hacer le ha reclamado a Cruz: una cierta ausencia de tensión dramática. O un empeño acaso excesivo en cuadrar todas las cuentas".

Olfato de perro viejo. Los plagios atribuidos al doctor Cruz, y detectados, han sido quince, y los podemos leer en facsímil porque así lo han expuesto los periodistas investigadores (Javier Chicote y Daniel Tercero, de ABC). El doctor Cruz ha plagiado a nueve autores, en su libro de texto Filosofía Contemporánea, desde su edición original de 2002, entre ellos a José María Mardones y Nicanor Ursúa de un capítulo de su Filosofía de las ciencias humanas y sociales. Materiales para una fundamentación científica; a Gianni Vattimo, de su obra Introducción a Heidegger; a Nicola Abbagnano, con textos del tomo tercero de su Historia de la Filosofía.

Contrastar los dos textos, el plagiado y el original, causa estupor. Esto les ha pasado a varios autores, de los que ha hecho una recopilación reciente la revista Estandarte.com en junio pasado, recordando por ejemplo a Alfredo Bryce Echenique, en 2008, cuando fue acusado de plagiar 16 artículos de La Vanguardia, siendo finalmente multado con 57.000 dólares por un Tribunal de Defensa de la Competencia peruano. La defensa de Bryce Echenique fue que plagiar es una manera de halagar, y finalmente terminó acusando al entorno de Fujimori, así como a un error de su secretaria.

Camilo José Cela fue denunciado en 1994 por la escritora Carmen Formoso, pero ya fallecido, el proceso sigue contra Lara Bosch, el editor que difundió la novela La Cruz de San Andrés, con el argumento de que la editorial pasó a don Camilo el texto presentado por Formoso el 2 de mayo, y Cela lo representó como suyo el 30 de junio, todo ello soportado por la pericia de Luis Izquierdo, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Barcelona.

Carlos Fuentes fue acusado en 1995 por Víctor Celorio de 110 coincidencias de texto, así como el de varios personajes, siendo que la obra de éste último, El Unicornio Azul de 1985, está en la base de la de Fuentes, Diana o la cazadora solitaria de 1994; Fuentes y Alfaguara ganaron el procedimiento judicial en México. José Saramago fue acusado por Teófilo Huerta Moreno, periodista de México, en el sentido de que Sealtiel Alatriste, empleado de Alfaguara en México, le pasó a Saramago su texto ¡Últimas noticias!, y fue ese texto el que usó Saramago para escribir Las intermitencias de la muerte, defendiéndose éste de la acusación en el sentido de que si todos elucubran sobre la muerte vienen a terminar escribiendo lo mismo.

Lucía Etxebarria es famosa por copiar, uno de los casos es su obra Ya no sufro por amor, de 2005, con párrafos completos de la obra del psicólogo Jorge Castelló, Dependencia emocional y violencia doméstica de 2004; Etxebarria pagó 3.000 euros y reconoció el hecho.

Me quedan dos casos para determinar la naturaleza del plagio del presidente Cruz. Caso Ana Rosa Quintana; la presentadora de televisión quiso ser autora, y terminó pactando con su cuñado David Rojo que le escribiera la obra Sabor a hiel, publicada en Planeta, con el resultado de que el trabajo no fue del todo honesto y hubo plagios de tres autores: Ángeles Mastretta en Mujeres de ojos grandes, Colleen MacCullough en El pájaro canta hasta morir, y Danielle Steele en Álbum de familia. Ana Rosa Quintana lo reconoció, se disculpó, y vendió cien mil ejemplares; por tanto, fue el negro.

El segundo caso aclaratorio es el de Jorge Bucay, quien plagió a la filósofa Mónica Cavallé. Bucay le fusiló 60 páginas a la obra La sabiduría recobrada de Cavallé, de un total de 270 que tenía su obra Shimriti. Bucay no lo negó, se disculpó y argumentó que fue un error involuntario el no mencionar la fuente ni entrecomillar (incierto, porque, por ejemplo, atribuye a Epícteto un texto que era de la propia Cavallé exponiendo a Epícteto). Mónica Cavallé, elegantemente, no judicializó el tema. Bucay manifestó a El País, en aquel año, que era un "docente repetidor de cosas" y que "Yo aggiorno y modifico". Mi pregunta final es: ¿Es el coctor Cruz un practicante del aggiornamiento filosófico, o tiene un negro que se la ha jugado? Todos sospechamos que al doctor Sánchez Castejón se la jugó un negro, pero el caso del doctor Cruz, de fondo académico, es decir, no mera cáscara, es más interesante: ¿ Aggiornamiento o negro? No voy a decir por cual de los dos casos me inclino. Pero el que la disculpa del doctor Cruz haya sido que la política no debe embarrarse con estas cosas, lo cual no viene nada a cuento con el tema, da una pista.

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