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Arte

La Fundación César Manrique: el contrapoder y sus falacias

El autor de 'César Manrique: Teoría del paisaje' denuncia el secuestro del libro por el Cabildo de Lanzarote y subraya la independencia intelectual de su obra

César Manrique.

César Manrique.

Fernando Castro Borrego

Es un hecho insólito que en un país democrático el poder político ejerza la censura prohibiendo que un libro se distribuya por sus canales habituales que son las librerías. Esto es lo que ha sucedido con César Manrique: Teoría del paisaje, libro del que soy autor y que ha sido secuestrado por orden de la institución que me lo encargó, el Cabildo de Lanzarote. En este contexto se inscriben las declaraciones de Fernando Gómez Aguilera (FGA), director de la Fundación César Manrique (FCM), realizadas en Canarias 7 el 21 de septiembre de 2019.

Aunque FGA confiesa no haber leído mil libro sobre la obra espacial de César Manrique, lo que en principio invalida su juicio crítico sobre el mismo, sin embargo, se atreve a afirmar que el único fin que persigo al escribirlo es la ocultación de la dimensión política de su figura como activista, presentándolo como un creador cuya fe panteísta le aislaba de la realidad social y de los conflictos políticos. Levanta así la sospecha de que mi interpretación simbólica de su obra responde a espúreos e inconfesables intereses. Y para explicar esta teoría conspiratoria recurre a una metáfora, difícil de entender en una tierra tan poco taurina como Canarias. Según FGA hay dos visiones de César Manrique: la que propone la FCM, en la que el artista es como un toro bravo que embiste contra los especuladores inmobiliarios; y la que yo propongo en mi libro, donde se presenta como un toro manso con los cuernos afeitados. Ni lo uno ni lo otro. En cualquier caso, todo obedece a una idea premeditada de la FCM: convertir la isla de Lanzarote en un campo de batalla.

César Manriqie posa sobre el capó de uno de los Seat Ibiza pintados por él.

César Manriqie posa sobre el capó de uno de los Seat Ibiza pintados por él.

Las consignas se parecen a las que los jefes militares dan a sus soldados en la contienda. Resulta significativo al respecto que en los actos que la FCM ha programado con motivo del Centenario del nacimiento del artista, la dirección de la misma exige a sus colaboradores firmar un doble contrato de exclusividad y confidencialidad. Tenían que asegurarse, mediante un contrato de adhesión, que estaban con ellos o contra ellos. Jugar en dos campos es imposible. La confraternización con el enemigo es un delito de alta traición que se paga con la muerte pública. Pues bien, FGA pretende situarme en esta lógica del enfrentamiento bélico, respecto del cual siempre he querido mantenerme al margen. Presupone que el contenido de mi libro responde a la estrategia bélica en la que ellos se han situado, y que no es sino el fruto de una obsesión paranoica diseñada según los principios y reglas de la contienda política. Lenin versión 2.0. FGA se deleita pensando que yo he recibido instrucciones como las que él le transmite a sus colaboradores.

Mi libro es el resultado de arduos trabajos de documentación y de reflexión. Desde que terminé mi monografía sobre César Manrique (BAC, nº 46, 2009) han pasado diez años, y no he dejado de pensar en su obra, explorando nuevas vías de interpretación que ahora someto al juicio del público y de la crítica. Se equivoca FGA si piensa que este trabajo ha sido realizado a demanda de mis supuestos jefes políticos. Yo no he tenido nunca jefes. Mi posición como funcionario del Estado me ha brindado esta independencia intelectual. He mantenido mi libertad de cátedra en las aulas y fuera de ellas. Es más, debo decir que alguna de las ideas que desarrollo en este libro ya habían sido apuntadas por mí en textos anteriores, incluso en vida del artista: "La obra de César Manrique posee una dimensión misional; su mensaje no es, sin embargo, político, al menos en el sentido materialista y revolucionario, sino que se funda en una concepción mística de la naturaleza" ( Lancelot, 25 de enero de 1986). Esto lo afirmaba yo hace 33 años. He aquí el punto de partida del análisis simbólico que desarrollo en mi libro. Lo cual desmiente por completo la sospecha lanzada por FGA de que la visión que sostengo de un Manrique panteísta y místico responde a oscuros intereses de quienes quieren "desactivar" el discurso político del artista con el propósito de que deje de ser utilizado como estandarte o icono en la lucha contra la corrupción inmobiliaria, lucha que hoy en día es, sin lugar a dudas, el fin último de las actividades de la FCM.

Todo el mundo sabe que Manrique siempre fue un enemigo de los especuladores inmobiliarios. Pero al empuñar el megáfono para ponerse al frente de una manifestación seguía siendo, por encima de todo, un artista. No cambió el pincel por el megáfono, como quieren hacernos creer los voceros de la FCM. Lanzando consignas contra la corrupción actuaba como un performer y construía de este modo su personalidad de artista. Al abrazar la causa del ecologismo, no pasó de la estética a la ética. Y aunque quiero suponer que no existe mala intención en este deslinde, sin embargo, semejante reducción de su personalidad como creador a su faceta de activista político solamente puede obedecer a un interés ideológico que no pueden ocultar por más que lo intenten. Cuando FGA utiliza la metáfora del toro con los cuernos afeitados, está dando a entender que si su obra hubiese sido inofensiva no serviría a los fines que la FCM persigue. Solo un espíritu escasamente dialéctico puede estar ciego ante la versatilidad del discurso de este artista, que es su verdadera riqueza. Dice FGA que yo sostuve tiempo atrás la tesis de que la obra ecológica de Manrique sería el pilar sobre el que se sustentaría su prestigio. Es verdad, pero eso no quiere decir que tal afirmación suponga un aval teórico de la línea ideológica que hoy mantiene la FCM, línea que les hace ser, gracias a los sustanciosos beneficios generados por el turismo un verdadero poder fáctico, no un contrapoder como ellos dicen; pues, como es sabido, la casa del artista en Tahíche, sede hoy de la Fundación, forma parte del itinerario que todo turista quiere visitar al llegar a la isla.

El control de la información es crucial en cualquier guerra. Ellos se han consagrado en tejer una red de canales de comunicación mediática muy bien diseñada. Por eso resulta extraño que cuando el entrevistador le pregunta por la autocrítica, FGA responde que solo admite algunos fallos en la estrategia comunicativa. Ocultar la orientación ideológica de sus enfrentamientos forma parte de un plan estratégico muy meditado, donde no se deja nada al azar. Me extraña, a este respecto, que se rasguen las vestiduras por haber mencionado yo en mi libro la orientación marxista de su programa, orientación que se hizo patente desde que establecieron una alianza con la Fundación Saramago. "¿La Fundación marxista? Sí claro -dice Gómez Aguilera- y también 'dos huevos duros', como diría Marx, nuestro Groucho Marx". Dejando al margen la vulgaridad de la cita, me pregunto por qué reniegan de la ideología que inspira sus pretensiones de convertirse en contrapoder. No hay nada de que avergonzarse. El marxismo es una ideología desde la que cabe desarrollar una política cultural digna; otra cosa es utilizar a César Manrique como estandarte en las batallas que ellos emprenden. Esto explica su insistencia en afilar la "cornamenta" del artistatoro (Minotauro), porque roma deja de servir a sus fines. Tal es el sentido que tiene su afirmación de que "Manrique es un mito imprescindible". Si no embistiera -y volvemos a la metáfora taurina- sería un mito prescindible. Son dos varas de medir. Si ellos defienden una visión política del artista, lo hacen desinteresadamente. Si yo defiendo una visión de su obra impregnada de un intenso sentimiento panteísta, respondo a intereses políticos inconfesables. Como FGA no es capaz de desmontar mis argumentos, recurre a formular juicios de intenciones: "Castro se propone ahora desactivar a César Manrique y reformatearlo con el propósito de construir un perfil cómodo para el poder que le resulta afín, cuyos intereses defiende. Su obsesión política ahora es subrayar un Manrique sorprendentemente dócil, contemplativo, espiritual, sin aristas cortantes, encerrado en su estudio, quietista, alejado de la acción social, un César unidimensional que en Canarias nadie reconocería, pero que le venía bien al poder de Lanzarote. ¿Por qué ha cambiado? Tendrá que explicarlo". Claro que lo explico. Y no sólo eso: lo documento.

El libro cuenta con 168 notas a pie de página. FGA quiere llevar el agua a su molino, que es el de la política; yo en cambio memuevo en el terreno de las ideas estéticas y de los datos históricos. Según FGA, el mundo se divide en puros e impuros. He pasado a formar parte de los impuros. Añade FGA, refiriéndose a mi trayectoria intelectual, que todo se debe a un "un sistema de recompensas institucionales que desacredita opiniones que, de otro modo, podrían ser valiosas para el debate cultural, y que no lo son porque están contaminadas por estar asentadas en una base ideológica al servicio de los intereses de quien las patrocina y no del pensamiento libre". Repugnante manera de colocarse por encima de los agentes culturales para repartir certificados de pureza. Es una pena, podría decir yo, que las aportaciones culturales de la FCM, que existen y las puedo enumerar, se vean afeadas por los intereses políticos y económicos en que se asienta su labor. La FCM se coloca más allá del bien y del mal, mas allá de cualquier estándar democrático. Pero digámoslo de una vez: la FCM es un órgano de poder disfrazado de contrapoder. De aquí derivan todas sus falacias. Continuamente ponen en entredicho mi honorabilidad, diciendo que soy un intelectual orgánico o un mercenario. Pero ellos no aceptan críticas; tienen la piel muy fina. De todas maneras, debo aclarar que en ningún momento he entrado en el terreno de la injuria. Me he movido siempre en el terreno de los datos y de las ideas.

Sostengo que su negativa a recoger el Premio Carlo Scarpa, concedido por la Fundación Benetton, es una grave desviación de los fines que debe cumplir la FCM. César se hubiera sentido halagado por el hecho de haber merecido una obra suya, el Jardín de Cactus, este prestigioso galardón internacional. Justificaron tal decisión como una forma de protesta contra la Ley del Suelo que estaba tramitándose entonces en el Parlamento Autonómico. ¿Qué tiene que ver la Ley Canaria del Suelo -me pregunto- con un reconocimiento internacional de la obra de Manrique? La concesión de este premio era algo que contribuía a cimentar prestigio internacional de César Manrique, que nunca renunció a recoger todos cuantos premios le dieron por su labor creadora o por su defensa de la naturaleza. Sin embargo, dado que la iniciativa no partió de ellos, buscaron una excusa "política" para no ir a recogerlo en la ciudad italiana de Treviso. Tampoco asistieron cuando se presentó dicho premio en la Embajada de Italia en Madrid. La oposición a la Ley del Suelo era una simple "excusa" política. Ahora Leopoldo Díaz, viceconsejero de Política Territorial del nuevo gobierno socialista y hombre próximo a la Fundación, dice que esta ley no hay que derogarla sino revisarla. ( La Voz de Lanzarote, 9 de septiembre de 2019). Entonces ¿por qué declinaron la invitación a recoger el premio? Pues para hacer una demostración de poder. En la guerra no se pueden manifestar debilidades al enemigo. Ellos no podían brindar una fotografía a la prensa en la que sus dirigentes posaran recogiendo el citado premio al lado de responsables políticos que eran sus enemigos en la guerra por el control del territorio que se libra en la isla de Lanzarote. Algo parecido ocurrió cuando el Gobierno de Canarias lanzó la idea de montar un "Observatorio del Paisaje". Me consta que se pidió su colaboración, pero se negaron. Para ellos, esta iniciativa venía a dañar el carácter exclusivo de su marca, la "marca Manrique", de la que ellos son concesionarios y que lleva consigo el monopolio de la marca ecológica, tan importante en la agenda política de nuestros días.

Sus contradicciones constituyen a la vez graves e injustificables desviaciones de los fines programáticos de la institución, el más importante de los cuales es difundir la obra de César Manrique. Sirva de ejemplo lo que ocurrió en 2009. Con motivo de la presentación de un libro mío sobre César Manrique, editado por el Gobierno de Canarias en la BAC (Biblioteca de Artistas Canarios), que tuvo lugar en la Sala Saramago con el apoyo de la FCM (libro que, por cierto, ha sido eliminado de la bibliografía que figura en su página web), tuve ocasión de hacerle a José Juan Ramírez, presidente de la FCM, una propuesta que, ingenuamente, creí que este no podía rechazar. Era yo entonces miembro del Patronato del Museo Reina Sofía de Madrid, y le transmití a José Juan Ramírez, la posibilidad de celebrar en dicho museo una magna exposición antológica del artista. Pero al mismo tiempo, le hice saber que, según me había transmitido el director del centro, Manuel Borja Villel, se requería financiación para realizarla. Le dije también que dicha financiación podía provenir del Gobierno de Canarias, a través del Observatorio de Paisaje, organismo dirigido por el arquitecto Juan Manuel Palerm, que estaba presente en el encuentro y ratificó dicha oferta. La repuesta de José Juan Ramírez fue tajante: "No". Pregunté sorprendido por qué, y me quedé perplejo ante su contestación: "porque es dinero sucio". ¿Desde cuando es sucio el dinero que administran las instituciones canarias, gobierne quien gobierne en ellas? Le pregunté entonces si creía que también era dinero sucio el que César Manrique había aceptado en 1976 de la Secretaría Nacional del Movimiento para restaurar el Castillo de San José y convertirlo en el Museo de Arte Contemporáneo de Lanzarote, recordándole a propósito cuál fue la respuesta que dio entonces el artista a sus críticos: "Por el bien de Lanzarote me caso hasta con el diablo". No obtuve respuesta. Me di cuenta de que estaban dispuestos a perjudicar al artista alegando motivos ideológicos. Si César no vio nada inmoral en recibir dinero de una institución política creada bajo la dictadura, ¿cómo es que la Fundación que gestiona su legado considera que es indecente recibirlo de una institución democrática? ¿Es limpio el dinero de la dictadura y sucio el de la democracia? He aquí una flagrante desviación de sus fines. Al no entender semejante traición al espíritu de Manrique y a su legado, le dije al Presidente de la FCM que presentaba mi dimisión. No le sorprendió porque estaba esperándola. Sin embargo, no dimití. Pensé que podía manifestar mi disidencia desde dentro de la FCM. Pero no me fue posible hacerlo, pues a partir de ese momento y hasta 2017, fecha en que fui cesado, el Consejo Asesor no volvió a ser convocado. Debo reconocer, sin embargo, que al cesarme me liberaron de la responsabilidad de mantener silencio, algo que les agradezco porque eso me ha permitido decir lo que pensaba sobre César Manrique y la Fundación que lleva su nombre y que no pude expresar internamente por las razones que antes expuse.

Mi apartamiento se produjo mediante un juicio sumarísimo, sin que pudiera defenderme. Según FGA fui "cesado por no satisfacer los estándares deontológicos que la institución requiere de sus asesores". Hubiera preferido que no motivaran mi cese, porque de quien no "cumple los estándares deontológicos" puede pensarse cualquier cosa, y ninguna buena. ¿Quién es la víctima, el que difama, acusando a alguien de haber vulnerado unos difusos y desconocidos "estándares deontológicos", o el que es acusado sin hacerle saber cuál es el delito del se le acusa? Me veía como el protagonista de El Proceso de Kafka. La manera en que FGA justifica o motiva mi cese nada tiene que ver con las buenas prácticas ni con la transparencia institucional que debe regir en una institución democrática. Por otra parte, ¿cómo puede hablar de deontología el director de una Fundación que se perpetúa en el cargo desde 1992 hasta hoy (27 años)? No creo que haya en España un gestor que haya manifestado tal resistencia a abandonar el puesto que ocupa. Es verdad que se trata de una institución privada, pero estas deberían acercarse a los estándares deontológicos que rigen en las instituciones publicas; y si no, la FCM debería dar explicaciones a través de su Patronato. La media de permanencia en los cargos directivos suele ser de 9 a 11 años. Me baso en el estudio realizado por Elena Vozmediano, estudio que, al analizar la manera en que se gestionan en España las fundaciones de artistas así como de los museos de arte contemporáneo, menciona el caso anómalo o excepcional de Fernando Gómez Aguilera, uno de los directores más longevos. ("¿Directores para siempre"?, El Mundo, 30 de octubre de 2015).

Escribe FGA, sin asomo alguno de pudor intelectual, que quien se atreva a cuestionar la labor de la Fundación es un "negacionista de Manrique". Nótese bien: negar a la Fundación es negar a César Manrique. De nuevo FGA juega con las cartas marcadas. Utiliza una palabra-talismán que suele invocarse para descalificar a quienes defienden causas que nadie en su sano juicio defendería: negar el Cambio Climático o el Holocausto. Pero obviamente, las decisiones de la Fundación César Manrique no tienen un valor axiomático; no son incuestionables. Yo no soy negacionista de César Manrique sino de la FCM, y lo soy por el modo en que gestiona su legado. Parapetándose detrás de la figura de César Manrique, consiguen ponerse al abrigo de las críticas. Este es el primer paso para establecer una dictadura intelectual.

Sin embargo, quisiera dejar claro que la FCM ha hecho contribuciones teóricas e historiográficas importantes. Citaré entre otras, las monografías sobre los Centros de Arte, Cultura y Turismo, así como algunas exposiciones comisariadas por FGA, como la que abordó su producción madrileña de los años cincuenta, o la espléndida exposición sobre su pintura abstracta celebrada en el IVAM de Valencia. Todo esto, sin embargo, fue antes de que construyeran el relato de un César Manrique volcado en la acción política.

Un buen entrevistador no hubiera desaprovechado la oportunidad para preguntarle a Fernando Gómez Aguilera si aprueba o desaprueba el secuestro de mi libro. De esta manera, se escapa de tener que contestar a una pregunta tan enojosa para él. En cuanto al secuestro, FGA lo justifica de una manera sibilina e indirecta. Viene a decir que "con dinero público" no se puede criticar a instituciones tan prestigiosas como Greenpeace. Sin asomo de modestia, FGA sitúa a la Fundación César Manrique en el mismo rango que Greenpeace, que tampoco es una institución sobre las que no se pueda discrepar si se desvía de sus fines. De esta manera, manifiestan su aspiración de que desde el poder político se "blinde" a la FCM frente a las críticas que puedan lanzarse contra ella. Esperan que este mensaje, repetido una y otra vez, vaya calando en la población. Llegará un momento en que nadie se atreverá a criticar su gestión, porque será acusado de "antiecologismo" y de complicidad con los especuladores. De este modo, la imagen que quieren proyectar de César Manrique será monolítica. Si me amordazan, siendo como soy un especialista en la obra de Manrique, qué no harán con quienes se acerquen a su obra con un bagaje menor o con una mirada ingenua. Está claro que no han querido hacerse responsables del secuestro del libro, pero tampoco les interesa que se divulgue una idea de Manrique que no ha sido autorizada por ellos. Mientras tanto la memoria de César Manrique seguirá secuestrada, algo más grave que el secuestro de un libro Fernando Castro Borrego (Santa Cruz de Tenerife 1949) es catedrático de Historia del Arte de la Universidad de La Laguna, expatrono del Museo Reina Sofía, exmiembro del Consejo Asesor de la Fundación César Manrique, miembro del Instituto de Estudios Canarios y académico de la Real Academia Canaria de las Bellas Artes. Ha publicado en la Biblioteca de Artistas Canarios (BAC) monografías de los creadores César Manrique, Juan José Gil y Juan Hernández, también los libros 'Óscar Domínguez y el surrealismo en Canarias' y 'Antología crítica del arte en Canarias'. Autor de numeros artículos en revistas especializadas y textos en catálogos de exposiciones, ha sido además comisario de las muestras 'Visiones atlánticas nueva pintura canaria', 'Luces en la escena canaria', 'El museo imaginado. Arte canario 1930-1990', 'Manuel Padorno, nómada de la luz', 'Eduardo y Maud Westerdahl', 'Óscar Domínguez y Canarias' , 'Enrique Lite. Antológica' y 'Poesía y Pintura: La tradición canaria del siglo XX', entre otros proyecto artísticos.

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