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La Provincia - Diario de Las Palmas

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La lógica del absurdo

La Universal reedita en digital los títulos más aclamados de los Hermanos Marx, coincidiendo con el noventa aniversario de su debut en 'Los cuatro cocos'

Fotograma de 'Sopa de ganso'. LP

Sopa de ganso ( Duck Soup, 1933), de Leo McCarey; Los cuatro cocos ( The Cocoanuts, 1929), de Joseph Stantley y Robert Florey; Pistoleros de agua dulce ( Monkey Business, 1931), de Norman Z. McLeod; Plumas de caballo ( Horse Feathers, 1932), de Norman Z. McLeod, y El conflicto de los Marx ( Animal Crackers, 1930), de Victor Heerman, producidas por la Universal durante la década de los años treinta con los Hermanos Marx como maestros de ceremonia, vuelven al mercado nacional con nuevas ediciones remasterizadas cuando se cumplen noventa años de su debut ante las cámaras con Los cuatro cocos y ochenta del estreno de Una tarde en el circo ( At the Circus), de Edward Buzzell, uno de los siete títulos que les produjo la Metro entre 1935 y 1946, etapa en la que surgieron algunos de sus más aclamados éxitos.

Alguien dijo, juiciosamente, que si no hubiesen existido los Hermanos Marx habría que inventárselos pues su ausencia hubiese privado al cine, claramente, de uno de los referentes más ingeniosos, originales y demoledores que ha podido registrar a lo largo de sus casi ciento veinticinco años de historia. Aunque, por fortuna para todos los que vemos en esta inimitable triada de cómicos la encarnación de la transgresión más incisiva e impía, no ha sido así y las salvajes e irreverentes comedias que protagonizaron durante su larga carrera profesional, en la que caben destacar, por su peculiar acidez crítica, Una noche en la Ópera ( A Night at Opera, 1935), de Sam Wood; Una noche en Casablanca ( A Night at the Opera, 1946), de Archie L. Mayo; El hotel de los líos (Room Service, 1938), de William A. Seiter y Un día en las carreras ( A Day at the Races, 1937), de Sam Wood, instalándose así en la memoria colectiva del siglo XX como poderosos iconos de una cultura que se complace hurgando en sus propias contradicciones en ese sutil espejo de la realidad social que ha representado siempre el universo del humor, sobre todo cuando éste reposa en el ilimitado talento de grandes nombres propios del género, como Buster Keaton, Charles Chaplin, Jaques Tati, Jerry Lewis, Pierre Etaix, Harold Lloyd, Fatty Arbuckle, Max Linder, Ben Turpin, Harry Langdon, Woody Allen, Stan Laurel u Oliver Hardy.

Ni el paso del tiempo ni las sucesivas modas impuestas por los halcones de Hollywood han podido robarles un solo ápice de su bien ganada popularidad a los míticos cómicos neoyorquinos pues, al contrario que otros muchos de sus colegas, convirtieron sus dotes para la comedia en un indesmayable desafío contra el orden establecido, contra un conjunto de preceptos morales que dinamitaban cada vez que podían mediante su proverbial avidez dialéctica y su empecinado propósito de introducir, en medio de cualquier situación, por disparatada que pareciera, sus irrefrenables impulsos libertarios. De ahí que, aún hoy, a través de los incesantes pases televisivos de sus películas sigan desatando torrentes de carcajadas entre todo tipo de espectadores y que el tono invariablemente anárquico de su discurso continúe provocando la misma complicidad que generaba en el público -sin distinción generacional alguna- de la década de los años treinta y cuarenta.

Fueron, por así decirlo, los grandes impulsores de la lógica del absurdo, los que le infundieron verdadera entidad al caos que desataban a su alrededor, saltándose todas las barreras de la corrección política y del "curso natural" de las cosas con el único objeto de invertir un orden social que no compartían ni dentro ni fuera de los platós. Y aunque los suyos eran por lo general filmes de factura muy modesta, dirigidos en su mayoría por simples artesanos sin grandes ínfulas creativas, tal era el efecto revulsivo que ocasionaban a su paso por la pantalla que bastaba con su mera presencia para compensar sobradamente la notoria falta de ambición artística que mostraban sus teóricos mentores. Dejarlos actuar con plena libertad ante las cámaras, permitiéndoles tejer su propia red de gages y su propio ritmo, fue sin duda la mejor decisión que pudo tomar la industria hollywoodiense a la hora de explotar el sustancioso filón comercial que se les venía encima.

Surrealistas impenitentes, obstinados detractores de todo lo que oliera a poder político - Sopa de ganso-, social -P lumas de caballo- o económico - Tienda de locos-, optimistas hasta el contagio, sus actuaciones constituyen una auténtica celebración de la libertad sin paliativos. Por eso, sus películas, como las de sus colegas Keaton y Chaplin o las del gran Jerry Lewis, otro cómico muy propenso al surrealismo, llevaban impreso el sello de la transgresión y revisar de vez en cuando algunas de ellas provoca siempre una verdadera catarsis en el espectador, sea éste consciente o no de la potente diatriba contra el establishment que aquellas transmiten a través de su inagotable caudal de agudezas.

Su memoria, sin embargo, no solo sigue viva gracias a sus inimitables actuaciones. Decenas de libros biográficos, ensayos y testimonios de todo tipo siguen contribuyendo a perpetuar el recuerdo de una obra cuyo rastro fue seguido muy de cerca en su día por el teatro de vanguardia y por los grandes popes del surrealismo presas de su revolucionaria visión de la realidad. A la treintena larga de trabajos editados en España durante las últimas décadas se han ido sumando nuevas publicaciones que exploran la vida y milagros de este delirante e impredecible triunvirato del que el mismísimo Salvador Dalí se declaró ferviente admirador por "su irresistible poder para subvertir el orden establecido sin reservas ni prejuicios".

Tres ediciones de un mismo libro en sólo cuatro meses dan una idea bastante aproximada del predicamento que aún hoy se les sigue dispensando en nuestro país. El éxito de ventas de la más reciente biografía de este mítico trío, escrita por el crítico y prolífico novelista británico Simon Louvish (Glasgow, 1947) constituye otra prueba más de que su leyenda permanece intacta, a pesar del mucho tiempo transcurrido desde el estreno de su último filme y de que el humor, como casi todos los géneros canónicos, ha experimentado, desde entonces, numerosas mutaciones.

Pero la obra de los Marx, que además de sus catorce largometrajes sonoros conocidos incluye dos películas mudas perdidas ( Humor Risk y Too Many Kisses, de 1920 y 1925, respectivamente) y numerosas apariciones televisivas, escapa a toda contingencia al tiempo que se resiste a cualquier tipo de clasificación. Desde la desternillante Los cuatro cocos hasta Amor en conserva ( Love Happy, 1950), de David Miller, la última oportunidad que les proporcionó el destino de aparecer juntos en la gran pantalla, Groucho, Harpo, Chico y ocasionalmente Zeppo, el cuarto hermano, lograron perturbar con su humor corrosivo e irreverente muchos de los más respetados tabúes de la sociedad de su tiempo, dejando una huella indeleble en la historia de un género del que se adueñaron y al que resignificaron como un espacio de libertad y de confrontación legítima contra la estulticia, la vanidad y la impostura.

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