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Juan Betancor: el signo y la expresión

El pintor estructura su imagen y su mensaje desde una aireada y airosa distancia

'El Sur', 1994, obra de Juan Betancor.

'El Sur', 1994, obra de Juan Betancor. LP

Qué logro nos brinda esta exposición que conjunta, revisa y ordena media centuria de producción plástica de uno de los artistas históricos de la Escuela Luján Pérez, Juan Betancor. Recuerdo, aún, las sensaciones que me causó su pintura a finales del siglo pasado, cuando la conocí en 1994 y le escribí un texto para un catálogo. Entré plenamente en un universo icónico, ya elaborado y polisémico, de lo que Lázaro Santana bautizó como Paisajes abatidos. Dédalos aparentes de casitas planas, redes de hábitats terreros, antaño cédulas de humildad, hogaño títulos de lujo y calidad de vida. Inmediatamente intuí, aunque me tardó bastante más tiempo expresarlo, que en esos paisajes urbanos (si en realidad lo son, o quizás solo sea una etiqueta conveniente para críticos), había un largo proceso de abstracción y de expresión. Por una parte, la elevación que proponían y propone siempre la pintura de Juan, desde el ojo del águila o desde la visión cenital del humano. El pintor, estructura su imagen y su mensaje desde una aireada y airosa distancia; desde los cielos que permiten conformar la delineación cartográfica y desde la intensidad lírica que transforma el volumen y casi desarraiga los edificios de sus solares. Este lirismo, es en sí un motor, una fuerza casi abstracta, que ha determinado las épocas de su sensibilidad pictórica, desde los desolados y resecos paisajes del Sur hasta las frondosas laderas de sus pueblos imaginarios.

Me intrigó, desde el principio, la notable y reiterada ausencia del cuerpo en su imagen. Ni los habitantes ni los ciudadanos estaban presentes en sus laberintos constructivos, que, sin embargo, expresaban un profundo humanismo conciliador en sus alzados, a pesar de su humildad formal y de la pobreza de sus fábricas. Juan es un humanizador del espacio presente y del hábitat futuro; en su pintura hay una proyección cíclica, que se enfrenta a las limitaciones y carencias del pasado con reiterada voluntad salvadora. Y, hay, a la vez, un espacio para la memoria que se remonta a lo más remoto de nuestra identidad insular. Se descifra en su abstracción casi orgánica de la década de 1970, una suerte de réplica a las Tierras quemadas de César Manrique; no, en términos de la realidad magmática y telúrica, sino de la huella calcinada sobre el territorio. Una transformación humana de la tierra que deja heridas y cicatrices sobre una árida orografía. En este sentido, he recordado el calado del expresionismo abstracto y su difusa huella en toda la pintura contemporánea, sobre todo la de aquellos autores que expresaban el efecto misterioso de las grandes praderas, su ánimo, sus númenes, el signo espiritual.

Obra esencial de Juan Betancor, feliz iniciativa de Javier Cabrera que viene calladamente haciendo una revisión de creadores artísticos fundamentales de Gran Canaria (Manuel Ruiz, Paco Cruz) que otros espacios ni siquiera contemplan, nos hace revivir los grandes influjos de la Escuela Luján Pérez. Esa mujer sentada dentro de un cañizo evoca el compromiso esencial y racial del primer novorrealismo grancanario, y las dos escenas del Puentepalo, una, la perspectiva del desaparecido puente, otra, la de uno de sus puestos, el compromiso con la realidad social que inspiró los inicios de su generación. Asimismo, los paisajes del Confital, tempranas concreciones semi-figurativas de un tupido entramado urbano deprimido, vaticinan futuros patrones visuales y una dinámica que apuntalará la dimensión geométrica de una abstracción en continua transformación.

Observar las incursiones en la abstracción pura que nos ofrece un lienzo como Formas H20, desarrolla el conocimiento integral del artista y nos estimula a no asociar las últimas evoluciones líricas o mágicorrealistas del pintor a la facilidad o la claudicación. A Juan Betancor le importa muy poco quedar bien o agradar, como a todos los pintores serios. El paisajismo de las primeras décadas de este siglo nos brinda, ciertamente, una transformación sustancial, en la sustancia misma, de su imagen pictórica. Esos mapas y redes de casitas achatadas que sobresalen usando la materia empastada de la pintura, se tornan memoria arqueológica. La elevación de la perspectiva se desplaza hacia fachadas y techumbres que se alargan como por ensalmo del antiguo realismo mágico, el que Franz Roh sintetizó en su histórico ensayo. Una nueva elevación o explosión espacial, redobla el lirismo y el humanismo ligando formas humildes de la arquitectura al utópico bienestar de las gentes. Los pájaros que trinan y vuelan discretamente por estos lienzos, son menos reales que simbólicos, más bien guiños a un lugar y a un tiempo perdido. Aun así, la pintura de Juan Betancor emana fe y una inocencia difícil de comprender para el ser digital, aún más desligado de la naturaleza que su predecesor, el ser industrial. Esa aparente simplicidad, atestada de trucos ópticos y placenteras degradaciones de colores, es una compleja imagen que añora y busca la pureza, algo realizable en nuestras cabezas y prácticamente imposible en lo que convenimos en llamar realidad.

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