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Entrevista | Juan Mayorga

"Mi obra procede de la escucha de la calle"

"Cuando escribí esta obra me hacía muchas preguntas sobre la condición de exiliado", confiesa el dramaturgo

El dramaturgo Juan Mayorga. LP

El dramaturgo Juan Mayorga (Madrid, 1965), uno de los máximos referentes de la escena española y de los autores teatrales más representados en el mapa escénico nacional e internacional, observó anoche la representación de sus palabras en el espejo del tiempo con motivo del estreno absoluto de Siete hombres buenos, su primer texto teatral publicado en 1989, distinguido con el accésit del Premio Marqués de Bradomín, pero nunca representado en un escenario hasta su debut anoche en el Teatro Cuyás. La compañía grancanaria 2RC Teatro. Compañía de repertorio, bajo la dirección de Rafael Rodríguez, exhumó este bellísimo tratado del exilio, la nostalgia y la intemperie que, como un guiño hacia su propia intrahistoria, reflexiona sobre el transcurso del tiempo, pero cuya vigencia en el contexto actual de la crisis migratoria y de refugiados golpea en la conciencia de cada espectador aunque el texto fuera concebido "hace tantos años como los que llevan fuera de su país los personajes más ancianos de la pieza", apunta el dramaturgo. "Desde entonces no he dejado de volver al sótano en que esos seres se reúnen, para observarlos y tomar nota de lo que hacen", manifiesta Mayorga. "Siento una enorme gratitud hacia Rafael Rodríguez -uno de los primeros que apreció la obra y que la conoce muy bien-, sus talentosos actores y su equipo artístico por haberlos llevado al fin a escena". Después de la segunda función programada esta noche en el Cuyás, el propio Mayorga protagonizará un encuentro con el público en el patio de butacas.

Siete hombres buenos se materializa en escena 30 años después de que publicara este texto en 1989, ¿en qué medida ha cambiado o no la realidad sociopolítica que explora en esta pieza?

En realidad, ya han pasado más de 30 años, porque creo recordar que la primera versión de ese texto la escribí cuando tenía 22 años, y ahora tengo 54. Y ocurre que, en la medida en que esta obra ya hablaba de un pasado, lo que esta propia pieza representa no ha sido afectado por el tiempo, pero probablemente sí lo ha sido mi mirada sobre lo que yo quería contar entonces. En este sentido, este reencuentro con el texto me ha revelado qué era lo más importante, y qué lo era menos. Ahora pienso en que, cuando cojo el metro en Madrid, paso con frecuencia por una estación de metro donde hay pintada una frase de Goya, que dice: "El tiempo también pinta". Y yo creo que se refería a esto. Efectivamente, el tiempo pinta, no solo porque afecta a las cosas, sino porque también afecta a nuestra mirada.

¿En qué aspectos concretos ha cambiado su mirada sobre lo que quiso relatar entonces?

Lo que había en mi cabeza cuando escribí esta obra, que era lo que realmente me inquietaba, me afectaba y quería compartir, eran preguntas que me hacía sobre la condición de exiliado. Aparte de todo lo que había leído, había conocido a personas que, por alguna razón, habían tenido que salir de su tierra de nacimiento, sobre todo, por razones políticas, y a quienes el exilio afectaba de forma intensa en sus vidas. Y la cuestión es que todas estas personas vivían el paso del tiempo de una forma muy especial, porque cada día era un día de ausencia respecto del lugar donde ellos querían estar. Además, el país del que habían salido cambiaba y cada día temían más volver a un lugar que ya no iban a reconocer, si bien, al mismo tiempo que temían el retorno, lo anhelaban y era una constante en sus vidas. Y esto es lo que estaba en el centro de mi deseo cuando escribí Siete hombres buenos, y las sucesivas reescrituras que tuvo el texto han ido precisamente en el sentido de recuperar aquellas primeras imágenes que tenía en la cabeza. Por tanto, el trabajo de reescritura ha sido fundamentalmente de concentración y de atención a lo esencial.

Su dramaturgia se erige en una de las más representadas dentro y fuera de nuestro país, ¿cómo vivía el hecho de que su texto primigenio o fundacional permaneciese en un cajón y, por otra parte, cómo ha vivido el proceso de su rescate y representación de la mano de 2RC Teatro?

Pues es cierto que ha sido un proceso muy especial porque, entre todas mis obras, esta es la que más ha tardado en llegar a escena. Otras han llegado mucho antes, incluso, desde el momento en que fueron escritas, pero yo siempre sentía que en esta obra había algo importante -al menos, para mí- y que buena parte de las preocupaciones que comparto a través del teatro estaban ya en Siete hombres buenos. En ese sentido, este trabajo de reescritura estaba impulsado por ese mismo deseo de llegar al escenario. Yo siempre digo que lo que señala como teatral un texto no es el hecho de que esté escrito teniendo en el margen izquierdo los nombres de los personajes y, a la derecha, lo que dicen; sino que lo característico de un texto teatral es que nace con el deseo de crear una reunión en torno a él. Un texto teatral es aquel que está escrito para provocar una reunión de actores, y que estos extiendan su reunión a los espectadores. Y es desde ahí desde donde he escrito permanentemente, pensando en que llegaría ese momento. Por otra parte, para mí fue fantástico cuando, hace 15 días, Rafael Rodríguez me invitó a un ensayo en Teror un sábado por la mañana, porque ya entonces me gustó mucho su trabajo pero, además, resultó extraordinariamente emocionante ver por primera vez a esos personajes saliendo de las sombras y cobrando vida. Por todas estas razones, este proceso ha sido muy especial y por eso siento que también lo va a ser este fin de semana.

Su tesis doctoral de Filosofía sobre Walter Benjamin, publicada como Revolución conservadora y conservación revolucionaria. Política y memoria en Walter Benjamin , pivota sobre la idea de que la memoria de las injusticias es nuestra mayor fuerza para no repetirlas. ¿Diría que esta mirada atraviesa su universo dramático, donde abundan sus referencias al Holocausto?

Sí, en mi universo dramático y diría que en mi vida. En el caso de Siete hombres buenos, la obra quiere hacerse cargo o quiere entrar en conversación con experiencias universales que, en este caso, se refiere a esa experiencia del desarraigo forzado por razones políticas. Creo que es injusto que un ser humano tenga que huir de su tierra por tener unas ideas pero, junto a ese asunto, en la obra están también otras cuestiones, como nuestra relación o responsabilidad para con el pasado o con los muertos. Estos hombres que se reúnen en un sótano en esta ficción se están haciendo preguntas permanentemente, no solo sobre qué tienen ellos que ver con ese país del que algunos salieron hace 30 años, o en el que algún otro ni siquiera ha estado nunca porque ya nació en el exilio o llegó al exilio siendo un niño, sino también qué responsabilidad tienen para con los muertos o para con esa gente que no conocen o no conocieron. En este aspecto, ¿hasta qué punto nuestras vidas también están vinculadas a un lugar o a un mapa? Cuando escribí la obra El cartógrafo, que también pasó por el Teatro Cuyás, alguien me llamaba la atención sobre el hecho de que en esa obra el mundo del mapa era central, porque el motivo del mapa era recurrente en mis piezas. Y en Siete hombres buenos también hay un mapa, extraño y ficticio, porque es el de un país lejano en el espacio y en el tiempo, al que estos hombres quieren y temen volver.

Junto a la referencia de los mapas, el interrogante es una de las constantes que atraviesa sus textos teatrales, porque siempre ha defendido el teatro de preguntas frente a los discursos de adhesiones. ¿La filosofía ha moldeado su mirada o su postura ante el mundo, más que la lógica matemática?

Claro, es verdad que yo ni creo ni elijo el escenario como un lugar para intentar demostrar que llevo la razón, sino que prefiero compartir mis zozobras, mis inquietudes y mis preguntas. Creo que, antes que ofrecer doctrina, el teatro es útil cuando suspende al espectador ante unas preguntas. Dicho esto, mi teatro, aunque es cierto que tiene una vocación reflexiva, también se sostiene o está atento a otros elementos que atraviesan nuestras vidas. Yo siempre digo que intento que mi teatro, como el teatro que amo y que aplaudo como espectador, contenga acción, emoción, poesía y pensamiento. Y quiero creer que Siete hombres buenos contiene todo esto, y que este montaje de 2RC entrega estos cuatro ingredientes.

El grueso de sus textos nace de anécdotas cotidianas, como el extravío de unas gafas que le llevó utilizar unas graduadas de piscina y que inspiró Intensamente azules , o su frustración en un espectáculo de hipnosis, que fue la semilla de El Mago . A este respecto, una vez manifestó que "hay que escuchar el ruido del mundo, pero no para devolverlo tal cual, sino su poesía"

Ese es mi esfuerzo. Yo procuro estar atento. Mi obra procede, modestamente, de la escucha de la calle. Creo que Siete hombres buenos probablemente vaya a ser interpretada desde un cierto lugar por espectadores que la vinculen a la historia de España, si bien, insisto, se trata de una fantasía. Pero en cuanto a esas anécdotas cotidianas que inspiran mis obras, efectivamente, en Siete hombres buenos están un amigo iraní al que conocí en Alemania, que era un exiliado de su país, y también un peluquero cubano que me cortó el pelo en Estados Unidos y que me contó su historia. Ambos, siendo personas tan distantes en casi todo, compartían esa relación tan conflictiva y compleja con sus países de partida respectivos, que es ese anhelo de volver y ese miedo a hacerlo demasiado tarde. Sin duda, esa escucha está ahí y creo que está en todo mi teatro, pero no quiero entregar la realidad en crudo, porque creo que tengo una misión poética, y la poesía es también distancia y rodeo. Y ojalá esto se dé también, desde el punto de vista de los espectadores, en Siete hombres buenos.

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