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Premios Oscar 2020

La Modernidad se apropia de Hollywood

La 92ª edición de los Óscar distingue esta noche a las figuras del cine norteamericano en un año en el que emergen filmes independientes

'Érase una vez en Hollywood', de Quentin Tarantino

El deseo de muchos se convertirá dentro de unas horas en el triunfo de unos pocos que se alzarán con uno de los trofeos más representativos e influyentes del orbe cinematográfico desde que, en 1927, año en el que se alzó la película Alas ( Wings), de William A. Wellman, como la gran vencedora, un grupo de voluntariosos pioneros lograra cristalizar la idea de un premio anual que reconociera la pujanza de una industria destinada a fabricar ingentes cantidades de producciones cinematográficas para surtir a un mercado en continuo proceso de expansión por todo el mundo, al tiempo que sentaba las bases de un gigantesco laboratorio para la experimentación de un nuevo lenguaje artístico que convergía con los movimientos más combativos de las vanguardias históricas. En cualquier caso, el relato histórico de los Goya no ha sido precisamente un camino de rosas: enormes contradicciones e injustos olvidos jalonan la memoria de esta gran cita cinematográfica sobre la que millares de creadores depositan sus máximas aspiraciones profesionales.

Y aunque no fueran los auténticos precursores del invento, los norteamericanos sí que han asumido la responsabilidad de ser los máximos responsables del marco industrial sobre el que se han diseñado las líneas maestras de este poderosísimo medio de expresión que dentro de unos meses alcanzará sus 125 años de historia, circunstancia que no ha impedido que durante muchas décadas hayan sido también los muñidores de un mundo mítico, alimentado por una tendencia irreprimible a manipular el curso de los acontecimientos mediante la continua apelación al ámbito de la irrealidad como acto de fe ante un cine que ha venido reclamando, con notable acierto, la atención de millones de espectadores desde tiempos inmemoriales.

En su nonagésimasegunda edición la ceremonia de entrega de los premios Oscar, que se producirá esta próxima madrugada en el Dolby Theater de Los Ángeles ante un aforo de casi tres mil quinientas personas volverá, como cada año, a sembrar de glamour y ensoñación las pantallas domésticas de medio mundo y a provocar el embeleso general en millones de hogares a través de un espectáculo que, para desgracia de muchos de sus destinatarios, acostumbra a extenderse más allá de la temible frontera de las cinco horas. Una liturgia a ratos sofocante y por tanto muy difícil de sobrellevar, salvo para los cinéfilos más fajados e impenitentes, que se repite convocatoria tras convocatoria, convirtiendo el acto en toda una celebración, urbi et orbi, del poderío económico y mediático que disfruta la industria cinematográfica más saneada, influyente y potente del planeta.

Hasta hace poco menos de una década, ese poder sólo se alimentaba de determinados valores que en alguna manera ya comenzaban a mostrar algunos signos de caducidad. Valores que han contribuido, no obstante, a inflar las cuentas de resultados de las grandes compañías y a perpetuar sus propias reglas de juego en el ámbito del mercado internacional. Pero es igualmente cierto el hecho, fácilmente constatable, de que en la actualidad existe un abundante número de cineastas y productores estadounidenses que se oponen a seguir bailando al son que marcan los grandes estudios de Hollywood y, en no pocos casos, han terminado siendo asimilados por la propia maquinaria hollywoodiense, tal y como refleja la terna de filmes que competirá esta noche por alzarse con las codiciadas estatuillas.

Contra todo pronóstico, las películas pequeñas, antaño proscritas por la inalterable ortodoxia de la Academia, se posicionan hoy con mayor fuerza que nunca a través de aquellos canales de distribución -las irruptivas plataformas en streaming incluidas- que contribuyen a allanar el tortuoso camino hacia la gloria en medio de un contexto industrial tan robusto que permite combinar la producción mainstream más taquillera con el eventual ascenso a la cumbre de nuevas sensibilidades cinematográficas que no gozaban, como ahora, de las mieles del triunfo en un mundo en el que ya no queda casi nada por globalizar.

No obstante, el giro hacia la diversidad que han tomado los académicos de Hollywood a la hora de aglutinar en un mismo contenedor a las tradicionales megaproducciones de superhéroes con ese otro cine de vuelo libre que se cuece en los márgenes de la producción mainstream. La presencia este año de títulos tan alejados de los cánones convencionales del cine comercial como Historia de un matrimonio ( Marriage Story), de Noah Baumbach; Parásitos ( Gisaengchung), de Bong Joon-jo; El escándalo ( Bombshell), de Jay Roach o Jojo Rabbit ( Jojo Rabbit), de Taika Waititi, junto a los trabajos monumentales de Martin Scorsese en El irlandés ( The Irish Man), Sam Mendes en 1917 ( 1917); del veterano James Mangold en Le Mans 66 ( Ford v. Ferrari) y de Quentin Tarantino en Érase una vez?en Hollywood ( Once Upon a Time in?Hollywood) pone en entredicho muchas de las certezas que algunos sostienen acerca del punto donde se sitúa la porosa frontera que separa al cine indie de otras propuestas igualmente combativas e innovadoras, aunque amparadas por grandes inyecciones presupuestarias.

Entre los nueve filmes que conforman la candidatura a la mejor película también figuran Mujercitas ( Little Women), de Greta Gerwing, la enésima adaptación de la legendaria novela homónima de la escritora estadounidense Louise May Alcott, entre cuyas almibaradas imágenes late una mirada incisiva sobre el papel histórico de la mujer en momentos poco favorables para la normalización de la liberación feminista.

La película compite, además, con otros tres grandes ejercicios de originalidad narrativa: la multigalardonada Jocker ( Jocker), de Todd Philips, una prodigiosa y compleja interpretación de las raíces del mal en una sociedad hipertrofiada, que lleva cosechando decenas de distinciones desde su estreno el pasado verano y con Jojo Rabbit, una comedia negra cargada vitriolo y desvergüenza ante un mundo cercado por la devastación y el odio racial que sigue su marcha triunfal por los cines de todo el mundo pese a lo malos augurios de determinados sectores de la crítica extranjera y Le Mans 66, último trabajo del irregular James Mangold, donde muestra un insospechado dominio de la imagen y de la colaboración con dos compañeros de fatigas tan emblemáticos como Matt Damon y Christian Bale. Aunque anda muy lejos de ser la favorita, la película contiene eso que con tanta constancia se suele decir cuando nos encontramos ante un trabajo cinematográfico que nos sorprende: hay buen cine, y yo añadiría que del mejor.

Una que sí figura como favorita entre la crítica es la sorprendente El irlandés, el filme de tres horas y media de duración que Netflix se encargó de gestionar a través de su controvertida plataforma bajo el reclamo infalible de la figura e Scorsese y de un soberbio plantel de estrellas internacionales de su propia escudería, encabeza por Robert de Niro, Al Pacino, Harvey Keitel y Joe Pesci, figuras imprescindibles en la configuración dramatúrgica de su cine a las que, como en otras muchas ocasiones, las somete a un profundo y extenuante ejercicio de de introspección cuyos reflejos en la pantalla, tanto hoy como en el pasado, consiguen secuestrar la mirada del espectador hasta extremos inauditos. Todos constituyen magistralmente el dramatis personae de este formidable thriller.

También parte como favorita la excepcional Jocker, cuyo director, el neoyorquino Todd Phillips, destapó la caja de los truenos a través de una mirada estremecedora, que se aleja años luz de la que ha ido ofreciéndonos hasta ahora en su escueta e informal filmografía brindándonos una pieza cinematográfica algo bipolar, incómoda, oscura, cruel, premeditadamente ambigua y moralmente demoledora que invita continuamente al espectador a apearse de la zona de confort en la que nos ha situado el cine convencional para penetrar en las oquedades de un terreno abrupto, sombrío, imprevisible y cargado de profundas fisuras donde el mito y la realidad se entrecruzan para construir un nuevo imaginario inspirado en muchas de las ideas sobre las que cabal el siglo XXI.

Netflix tiene en Historia de un matrimonio, su segunda aspirante en la gala. Una obra difícil que Baumbach, agudo observador del universo familiar, convierte en una despiadada biopsia de la institución familiar cuando esta se convierte en la misma antesala del infierno. También compite en la terna su protagonista, la estrella norteamericana Scarlett Johansson, por un premio que también persiguen Laura Dern ( Historia de un matrimonio), Cynthia Erivo ( Harriet), Saoirse Ronan ( Mujercitas), Charlize Theron ( El escándalo) y René Zelweger ( Judy). En cualquier caso, lo que no parece tener nadie la menor duda es que será esta última la que se apoderará de la ansiada estatuilla dorada. En cuanto al apartado de actores tampoco parecen existir mayores discrepancias: Joaquin Phenix se hará con el Oscar al Mejor Actor, muy alejado de sus solventes competidores: Leonardo DiCaprio, Antonio Banderas, Adam Driver y Jonathan Price. El trabajo del camaleónico protagonista de Her ( Her), de Spike Jonze, en esta excelente película ensombrece, a mi juicio, las también espléndidas actuaciones de sus ilustres colegas. Tampoco parece haber duda de que finalmente será Parásitos, la extraordinaria narración del coreano Bonj-Joon-jo, la que obtenga El Oscar a la Mejor Película de Habla no inglesa y que nuestro Pedro Almodóvar saldrá por tanto de vacío, pese a que Dolor y Gloria es, con mucha probabilidad, el trabajo más emotivo y brillante de su ya larga carrera.

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