Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

"No vivo del teatro; hay autores, los menos, que viven de publicar su obra"

"Doy Lengua en un centro de Bachiller donde hay dos hijos de españoles por clase e integrar es vital para hacer ciudadanos", manifiesta el profesor, poeta y autor teatral

Néstor Villazón.

Néstor Villazón. JUAN PLAZA

¿Vive del teatro?

No. Algunos autores, los menos, logran vivir de la publicación de la obra, de la recaudación de la SGAE por funciones, de talleres y demás. Para mí, el dinero de un certamen o de una beca son un añadido. Vivo de dar clases de Lengua y Literatura a alumnos de Secundaria y Bachillerato en Alcorcón, en un centro de difícil desempeño.

¿Qué es eso?

Un centro ayudado por el bajo nivel educativo y las condiciones socioculturales de los alumnos. Muchos no vienen a clase porque los padres no lo creen necesario.

¿Cómo son?

Hay muchos emigrantes. De Rumanía, Puerto Rico, Colombia... Tengo cinco clases de veintiséis alumnos y pueden ser hijos de españoles dos por aula. El primer día me advirtieron de que los alumnos chinos, unos cuantos, no me entendían. Y me pregunté ¿cómo les doy a Góngora? Creo que a estas edades estimula más la admiración al profesor que las enseñanzas.

¿Le pasó así a usted?

Sí, tuve uno que llevaba siempre pajarita y hablaba de Shakespeare. Un día nos pasó unas hojas y nos dijo: "No hace falta que las miréis ahora, pero no las tiréis". Yo era lector, pero tenía la tontería en el cuerpo propia de la edad. Años después, en una mudanza, las encontré.

¿Qué contenían?

Los títulos esenciales de la literatura europea distribuida por géneros y siglos. Pienso que lo que les diga puede quedar aunque ahora no lo entiendan.

¿Recomienda esa enseñanza para alumnos españoles?

Sí, la integración es muy necesaria. De lo que más hablan los alumnos en los trabajos es de su lengua y de su cultura de origen.

¿Y eso vale en la EBAU?

No, eso tiene que ver con un desarrollo como ciudadanos, posterior. La EBAU son todo contenidos y contenidos. Segundo de Bachiller es ir siempre contra reloj.

¿Tiene que "conformarse" con formar ciudadanos o espera conseguir universitarios?

Hace poco pedí a la orientadora que hiciera un examen de altas capacidades a dos chicos, uno quería hacer Ciencias Políticas y a otro pretendían derivarlo a FP, porque estaba convencido de que se aburrían en clase. Al de Políticas se lo detecté porque sabía todo de la Guerra Civil en una clase en la que nadie más supo ponerle las fechas.

Es hijo único de una familia de clase media. ¿Cómo le marcó?

A los 18 años quise sentir qué era vivir de verdad. Me independicé con un amigo y empecé a trabajar.

¿En qué?

Fui camarero de restaurante y de cafetería y llegué a jefe de sala, trabajé en una floristería, en una pastelería... Quería leer y escribir, y elegí Filología Hispánica por descarte.

¿Le daba tiempo a estudiar con esos trabajos?

No iba a la Facultad. Había distintas actitudes de los profesores sobre eso. Una profesora de Historia del Arte me dejó el teléfono de los tres mejores alumnos del curso anterior para que me pasaran los apuntes y otro me hizo un examen de siete preguntas, mientras que a los que iban a clase les bastó una pregunta o ninguna.

¿Cómo era su vida?

Entraba a las siete de la mañana en la pastelería y, con parada al mediodía, salía a las siete de la tarde; luego iba a la pizzería hasta las doce y media de la noche y después estudiaba. Los fines de semana trabajaba en una bocatería. Saqué la carrera y el CAP en seis años. Mi década de los 20 fue preciosa, de mucho aprendizaje y poco sueño.

¿Por qué se fue a Madrid?

Me decidí en un bar, charlando con el actor y dramaturgo Alberto Iglesias. Al segundo día allí quedé con una conocida en un bar en el que no se podía entrar de gente. Estaba lleno porque había un recital de poesía.

¿Para el teatro de la vida tiene más repertorio y elenco?

Sí, aunque al final acabas siendo más de tu barrio que de Madrid. Ahora vivo en Almendrales, en Usera, pero al llegar viví en una habitación de un piso antiguo, de techos altos, de una casa con vistas al Teatro de la Comedia.

¿Cuánto lleva en Madrid?

Diez años, pero no sé llegar a la plaza de Colón.

Busque la banderona.

Soy la persona más despistada del mundo y leo por la calle. En mi último viaje a Gijón descarriló el tren y no me di cuenta. Sé moverme por los barrios en que viví e ir al teatro en el metro o en el bus, pero siento desapego por donde vivo.

¿Por qué escribe teatro?

Entre mis competencias no está ser paciente. No puedo estar cinco años con una novela. Me pongo tres días de tope para escribir el borrador de una obra y luego corrijo. La poesía es un acto impulsivo.

¿Hace el teatro que quiere o el que se puede hacer?

Hay un mínimo condicionamiento, si es de encargo, para aligerar actores o escenografía, pero siempre hago lo que me da la gana.

¿Aprendió a hacer teatro...?

Leyéndolo. Verlo me impulsa a escribirlo. En Madrid somos muchos dramaturgos para pocos premios o becas, pero hay compañerismo, nos leemos unos a otros, y no me cuesta felicitar al que gana.

Quiere que cada obra sea distinta de la anterior. ¿Cómo se muscula para hacerlo?

Con lecturas. Empecé con Valle-Inclán y el teatro del absurdo y me sentía muy cómodo. En lo siguiente sentí que me repetía y me aburrí. Hace dos años escribí Vallecas 1957, para mí lo mejor que he hecho, donde conjugo el absurdo con lo más tradicional de Buero Vallejo y Lauro Olmo, más un poco de autoficción sin que resaltase ninguna de las partes.

¿Qué tal se siente usted?

Bien. Desde hace cuatro años y pico vivo en pareja con Gadea Ramos, de Jerez de la Frontera, integradora social. Me siento en una etapa de madurez vital, escritora y lectora, porque releo y vuelvo sobre lo necesario.

Compartir el artículo

stats