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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Años de 'muerte civil'

Josefina de la Torre y su hermano Claudio se evaporan con la llegada del entusiasmo del fin de la Dictadura

Años de 'muerte civil'

Año 1984, jueves, 30 de agosto de 1984, Josefina de la Torre pasa el verano en la finca de Los Lirios, antigua propiedad de los Pérez Galdós, con los que está emparentada. Por esa fecha, o desde unos años antes, padece de muerte civil, indolora hasta un punto. La última de la Generación del 27, hermana de Claudio de la Torre, prima del pintor Néstor y del arquitecto Miguel Martín, está delante, rodeada de espectros decorativos. Más bien se recoge en sí misma: desaparece del todo. Con la Guerra Civil se refugió junto a su hermano en la Embajada de México en Madrid, pero no acabó en DF, sino que termina en su ciudad natal, en la retaguardia de provincias. ¿Por qué no se exilió? ¿Una familia de derechas? La decisión la sume con la democracia, como dije, en la muerte civil. El ocaso, primero, de los se sublevan (o les tocó) con Franco, y después los que como ella y su hermano hacen cultura con la dictadura. Dejan de existir.

"En nuestra casa de Las Canteras teníamos un espectáculo, al que llamábamos Teatro Mínimo, allí representábamos obras de Bernard Shaw y de mi hermano Claudio. Sobre el año 28 iniciamos la aventura de montar un club en la ciudad, su nombre fue el de Club Natación Las Canteras, se encontraba instalado en un velero que tenía por nombre Pontón, desde él animábamos la vida cultural de los isleños. Fui una mujer animadora y con iniciativa, recuerdo que en la época en la que estuvo Miguel Primo de Rivera por la ciudad se le homenajeó con un banquete en las Casas Consistoriales... En el banquete ocupe un puesto privilegiado, simplemente por ser mujer y presidenta de un club, estaba situada entre el obispo y el dictador. Ello originó muchos comentarios en la vida social de Las Palmas".

Este protagonismo se evapora en Tafira Alta. Han pasado décadas y décadas de la sociedad que describe. Entre tanta antigüedad, uno busca o rebusca algún atisbo de la modernidad que relata, y sólo encuentra a una señora mayor enfrascada en su desaparición, aunque anuncia Medida del tiempo, con la coraza del desarraigo, con la difuminación en blanco y negro de los contornos.

Año 1985, domingo en el Rastro de Madrid. Bernardo Pérez la fotografía junto a dos señoras más para un álbum que luego se publica en El País digital con textos de Jesús Ruiz Mantilla. Ninguno de los dos identifica a Josefina de la Torre -en el centro de la foto principal de esta página-. Nadie la reconoce, ni yo mismo, que durante esos años estudio en Madrid. Llama la atención, sobre todo por la dignidad que emana y por los objetos -véanlo ustedes mismos- que vende. Un año antes, en la entrevista en Los Lirios, dice: "El desarraigo es normal, ya yo echo mucho de menos mi Madrid de los Austrias y el Rastro de los domingos". ¿Por qué lo hacía? La muerte civil... Se permitía este capricho de notoriedad dominical, casi un rastrillo de marquesa venida a menos, casi un sello de Berlanga para introducirnos en los cambios de época o en los misterios de las clases sociales y sus apagones.

"Siempre me he considerado una mujer muy clásica para la poesía, me parecía una distorsión de la estética el apoyarse en los sueños y en cuestiones extremas para recibir la inspiración del poema, cuando existen cosas tan importantes como los sentimientos, frustraciones, vivencias personales con las que se pueden hacer poemas muy bellos".

Realmente asoma una intemporalidad que perturba. La última de la Generación del 27 yace allí, en el Rastro, como una vendedora de los restos de la vida. Parece un tesoro literario más de los que busca Andrés Trapiello desde primeras horas de la mañana, antes de que los curiosos habituales empiecen la requisa de lo viejo. Imagino: "Me llevo a Josefina de la Torre con las otras dos señoras y todos los objetos. Quiero el pack completo para ponerlo en el estudio de la casa de campo", afirma el autor de Las armas y las letras.

"Esta [ Poemas de la islas ] fue mi última obra poética en la ciudad de Las Palmas, puesto que a partir del año 34 marchamos toda la familia a Madrid a residir junto a mi hermano Claudio. Hasta el año 68 no haría nada nuevo en poesía, a excepción de las colaboraciones esporádicas en las revista literarias Alfar, Verso y prosa, Azor, Gaceta Literaria y Fantasía".

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