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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Una estrella de cine inadecuada

En 1954 Josefina se inventa a Bela Z., una actriz insatisfecha con el ambiente cutre de la época y tras la que se entrevé a la intérprete

Una estrella de cine inadecuada

El escritor Max Aub vuelve a España en 1969 y escribe unas amargas e incómodas memorias en las que expresa su incomprensión por un paisaje y una gente que ya no reconoce. La España idealizada del exilio republicano se da de bruces con la España real, vulgar, del desarrollismo franquista. Cuesta imaginar cómo vivieron los años cuarenta los miembros de la Generación del 27 que habían sobrevivido a la guerra y decidido afrontar la atmósfera política y cultural del Movimiento Nacional. Cuando repasamos la biografía de los hermanos Claudio y Josefina de la Torre y nos encontramos con aquel chejoviano Teatro Mínimo inaugurado en 1927, montado en el patio de la casa familiar de la playa de Las Canteras, podemos reconocer aquel ambiente culto y refinado, aquellas veladas llenas de poesía, de teatro, de música, aquella atmósfera de sensibilidad y gusto por la belleza, aquella permanente celebración del luminoso placer de la cultura, la inteligencia y el arte que practicaban familias de la burguesía ilustrada en aquellos años apasionados del periodo de entreguerras europeo.

Josefina de la Torre inicia su relación profesional en el cine a principios de los años 30 junto a su hermano Claudio en Francia, en los estudios de Joinville, cerca de Paris, en las versiones españolas de las películas norteamericanas de la Paramount. Al estallar la guerra civil Claudio, su esposa Mercedes Ballester y Josefina se refugian en la embajada de México en Madrid donde permanecen varios meses hasta que pasan a la zona nacional, a Valladolid y a Burgos, y de allí a Canarias. Una buena parte de los intelectuales y artistas de la modernidad española vivieron las contradicciones, el drama y el desgarro personal por el que debieron pasar Claudio y Josefina de la Torre.

En 1940 los volveremos a ver de nuevo en Madrid, embarcados en la aventura del cine. Como decía hace tiempo el crítico Diego Galán: El cine español, casi desde sus orígenes y hasta hace pocos años, ha sido uno de los más atrasados, torpes y faltos de interés del mundo occidental. Y, desde luego, la década de los cuarenta se erige en la más extravagante, enloquecida, curiosa y patética de su propia historia. En este penoso panorama cultural Josefina de la Torre colabora con su hermano Claudio en las tres películas que dirigió: Primer amor (1941), basada en una obra de Turguenev, La Blanca Paloma (1942), adaptación de una rancia obra clerical de Alejandro Pérez Lugín y Misterio en la marisma (1943), escrita por el mismo Claudio. Una de las características del cine de Claudio de la Torre, ya desde la primera película, es la elegancia de su puesta en escena, su exquisita forma cinematográfica, que se irá depurando en cada nueva película, cualidades extrañas en el cine español de entonces.

El cineasta José Luis Borau recuerda a Claudio como autor y director, hoy prácticamente olvidado, [que] escribiría algunas de las comedias más intachables, al menos en su aspecto formal, de la época. La experiencia de Josefina en estas tres películas es, sin embargo, decepcionante. En P rimer amor, trabaja a disgusto como ayudante de dirección y en un breve papel como "cantante". En L a Blanca Paloma, mezcla de cine religioso y cine folklórico protagonizada por Juanita Reina, Josefina aparece en los títulos de crédito como "enfermera". En la última película, Misterio en la marisma, Claudio cuenta con una de las mejores actrices de la época, Conchita Montes. Josefina interpreta a una oscura y taimada cantante, cómplice de un ladrón de altos vuelos. Hay una secuencia excelente en la que Josefina al piano canta envuelta en una atmósfera de misterio mientras los personajes se mueven ceremoniosamente por la aristocrática mansión. La exquisitez de la puesta en escena, los hermosos planos vacíos iniciados con el temblor de las sombras que anuncian la aparición de algún personaje, el lento e inquietante deambular de Conchita Montes, en penumbra, por las enormes estancias, y los elegantes movimientos de cámara de esta secuencia dan la medida de la sensibilidad formal de este elegante director. Cinco películas más y dos premios del Sindicato Nacional del Espectáculo (por argumento e interpretación) rematan su carrera cinematográfica.

A partir de ahí, Josefina de la Torre se dedicará como actriz al teatro y la televisión aunque siguió en el cine como actriz de doblaje hasta la década de los 50. Diez años después de dejar su carrera cinematográfica escribe, en 1954, una novela corta con el título de Memorias de una estrella. En la novela se cuentan las peripecias de una chica ingenua, "de emociones sencillas", que quiere ser "artista de cine" y que responde por el kafkiano nombre de Bela Z. La chica pasa por todas las situaciones chuscas propias de la industria cinematográfica de la época: productores que acosan sexualmente a las jóvenes actrices, conflictos con la estrella consagrada que se siente desplazada por las aspirantes, amores con aristócratas metidos en los negocios del cine, amantes salidos de los ambientes corruptos del Madrid de la picaresca estraperlista. El paisaje esperpéntico de la España de la posguerra. Al final de la novela, Bela Z se retira del cine. Cansada y aburrida de amantes, fiestas, mesas petitorias y de malas críticas, nuestra estrella siente nostalgia de su niñez y de su primera juventud. Así que decide dejar el cine y casarse con un financiero residente en Londres con el que tiene dos hijos, de los que está segura que "no tendrán nada que ver con los platós ni con los escenarios".

Indudablemente Josefina no era la ingenua Bela Z pero algo había de ella en ese personaje inventado aunque solo fuera su profunda insatisfacción con el cine. Las razones de este desamor no las conocemos. La misma Josefina comentaba que, realmente, le gustaba más el teatro pero, probablemente, había otras razones: su marginación en papeles irrelevantes, su especial físico tan exótico para el racial cine español de la época, su incomodidad con una industria, en bastante medida, za-fia, inculta, tan lejos de su exquisita y cosmopolita educación, imagen feroz de aquella España cruel y reaccionaria que Max Aub ya no comprendía.

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