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Elizabeth Barrett Browning: sufragio, poesía e identidad

La autora de 'Aurora Leigh' ayuda a poner en un plano de equidad las ambiciones feministas

Elizabeth Barrett.

Elizabeth Barrett. LA PROVINCIA/DLP

Si Virginia Woolf no hubiese publicado sus artículos en defensa de la poesía de Elizabeth Barrett Browning (1806-1861) para las páginas centrales del Times Literary Supplement de octubre de 1930, la autora de Aurora Leigh (1856) continuaría siendo ignorada por el público general si bien especialmente venerada, en muchos aspectos, por el advenimiento de la crítica feminista. La rigidez, las convenciones sociales, la hipocresía de la caridad, la política de las apariencias y, sobre todo, la separación del mundo masculino frente al femenino más bien propio de la época victoriana, puso a prueba la inteligencia, el talento, los conocimientos y la erudición de muchas mujeres de la segunda mitad del siglo XIX entre las que, sin duda alguna, se encontraba Elizabeth Barret Browning: la poeta de Durham.

Elizabeth Moulton-Barret y Adeline Virginia Stephen eran dos escritoras distintas, la primera de ellas perteneciente a la época de la reina Victoria y la segunda al movimiento modernista de principios del siglo XX. Inmersas en una sociedad que no reconocía el talento femenino, la transmisión de las ideas feministas necesitaba claramente de ciertos soportes de edición, intercambio de artículos que definieran los límites del canon y libros de ficción y no ficción que trataran asuntos relativos a la educación de la mujer, la sexualidad, el matrimonio, la prostitución, la pérdida de la "gracia de Dios" y la supervisión del hombre como único elemento dechado de virtudes en el universo social de la época. Educadas para ser jóvenes casaderas, madres y esposas complacientes, el entremezclado papel de "la mujer caída en desgracia" durante el largo episodio de la época victoriana, unas veces señalada como el ángel de la casa y, otras, como una solterona, una buscona o una mujerzuela, provocaron lo que hoy en día conocemos como la metáfora de la ola, es decir, el primer movimiento feminista de otras corrientes de género que estaban por venir.

"Entonces, aislada en mi habitación grité: viviré mi vida, actuaré según mis pensamientos, rezaré las oraciones que tan solo yo elija y leeré aquellos libros que, por distintas razones, crea adecuados para mi", anuncia una joven Aurora en el primero de los nueve libros que componen el largo poema. "Mantendremos nuestra mirada y nuestros objetivos en alto. Aunque nuestras manos de mujer tiemblen y nos fallen, ¿se asustarán ellas o fallaremos nosotras?", insiste en los primeros versos del Libro V de Aurora Leigh una mujer mucho más reivindicativa, sufragista y tenaz al reclamar para sí lo que debería ser la conquista de la igualdad para todas.

En los años de alrededor de 1856, fecha de la primera edición en Inglaterra de Aurora Leigh por Chapman and Hall, la publicación de Mary Barton (1848), Armandale (1856) y Adam Bede (1859) de Elizabeth Gaskell, Wilkie Collins y George Eliot respectivamente, ayuda a poner en un plano de equidad las ambiciones femeninas de sus protagonistas al representar, desde la ficción, el papel de la femme fatale, como es el caso del magnetismo que Lydia Gwilt ejerce sobre los hombres en Armandale, o el de la fallen woman, la mujer caída en desgracia, bien por los comentarios y alusiones masculinas que se producen sobre la vulnerabilidad y resiliencia de la protagonista, Hetty Sorrel, en Adam Bede, o bien por la promiscuidad activa que agravan las dudas del hombre sobre el estado de salud de Mary Barton en la novela del mismo nombre.

Virginia Woolf, Vera Brittain, Rebeca West, Storm Jameson y, más tarde, Simone de Beauvoir a través de su conocido relato Le Deuxième Sexe (1949), promueven, desde la literatura franco-británica de entonces, la primera de las cuatro olas feministas que hemos conocido hasta hoy: un complejo de fenómenos históricos, sociales, políticos y literarios que, en los años del cambio de siglo, se sustentó en el feminismo de la igualdad tratando de erradicar las referidas etiquetas victorianas a través de un movimiento, The New Woman, cuyo referente literario, New Woman Writing, llegó a consolidarse como tal en la literatura del momento. La irlandesa Sarah Grand; la sudafricana Olive Schreiner, la escritora londinense Mona Caird y la australiana George Egerton, seudónimo de Mary Chavelita Dunne Bright, formaron parte de esta primera reacción artística como escritoras y agentes literarios dispuestos a liberar a la doncella de Shallot, la mujer cautiva que, en la archiconocida balada de Alfred Tennyson, The Lady of Shallot (1832), quiso un día dejar de mirar lo que ocurría al otro lado de la ventana, escapando, así, de su encierro en la torre lo que, en dicho poema, no es más que la metáfora emocional de su autodeterminación y lucha por la independencia.

"Una mujer tiene que tener dinero y una habitación propia para escribir una novela", añade Virginia Woolf en 1929. "Llamadme Mary Beton, Mary Seton, Mary Carmichael o con el nombre que más os guste pues es cosa sin importancia", amplía la autora de La señora Dalloway (1925) en Una habitación propia. "Dejadme imaginar, ya que es tan difícil dar con los hechos, lo que hubiera sucedido si Shakespeare hubiese tenido una hermana maravillosamente dotada", continúa, "una hermana de extraordinario talento que se quedó en casa y no fue a la escuela. Que no tuvo la oportunidad de aprender gramática y lógica, mucho menos de leer a Horacio y a Virgilio. Cogería un libro de vez en cuando, quizá uno de los de su hermano, y leería unas cuantas páginas. Pero entonces entrarían sus padres y le dirían que zurciera los calcetines, vigilara el cocido y no se distrajera con libros y papeles. [?] antes de que acabara la adolescencia, sería prometida al hijo de un tratante de lanas de la vecindad. Diría a gritos que el matrimonio le resultaba odioso, y su padre la azotaría violentamente por ello."

En Aurora Leigh, como decimos, la protagonista de la historia lucha por su identidad en circunstancias y territorios adversos. El poema en el que, según Virginia Woolf, Elizabeth Barret está a la altura de las mejores novelas de Jane Austen, George Eliott y las hermanas Brontë, es un compendio de reclamaciones sociales, lucha contra la censura establecida y desaprobación política y moral de un mundo victoriano que se guiaba por la obediencia, la represión contra los opositores al régimen, el respeto a la heteronormatividad y las decisiones patriarcales. En una constante batalla contra las restricciones educativas y sociales que sufrían las mujeres, la absoluta firmeza y honestidad intelectual de Aurora provienen, sin duda alguna, de sus lecturas sobre la estética de la antigüedad, las lenguas clásicas, las odas de Quinto Horacio Flaco, el teatro de Shakespeare, la poesía de Alexander Pope y John Milton, las novelas de Charlotte y Emily Brontë y las notas que tomaba de Vindicación de los derechos de la mujer (1792) de la ilustrada ensayista Mary Wollstonecraft.

En los preámbulos de lo que hoy en día se ha dado en llamar primera ola feminista, Aurora Leigh no aporta tan solo un punto de vista particular y propio sobre la realidad de la mujer a lo largo de la historia. Sus lecturas, impresiones personales y creencias derivadas de su preparación artístico literaria hacen que dicha joven ambicione, desde la libertad romántica de los primeros años del XIX y los postulados de la filosofía idealista de Fitche, Shelling y Hegel, un mundo tan personal y suyo como alternativo: con juicios críticos y de valor claramente superiores a la realidad victoriana. Así entendemos el "yo" de Aurora: la autobiografía de una mujer que personifica, ciertamente, el amanecer de la mitología romana, dando paso, cada día, a la luz solar hasta finalmente convertirse en fuente de inspiración y debate intelectual en la configuración de la primera ola feminista.

Solo el ingenio, la sensibilidad, preparación y sabiduría de una mujer como Elizabeth Barret Browning pudieron hacerla sentir, emocionarse y amar; no sólo desdecir al hombre, sino desear, a pesar de todo, aun de manera avanzada, su grata compañía. Algunas académicas, escritoras y ensayistas de todo el mundo como Elaine Showalter y Judith Butler pertenecientes a la segunda y tercera ola de la emancipación de la mujer respectivamente, estarían conformes con el referido constructo sociocultural realizado sobre Elizabeth Barret Browning desde la ginocrítica, añadiendo a esta última algunas de las premisas que contiene la teoría queer de Butler en la que, dicha identidad, puede ser performativa, es decir, potencialmente fluida y distinta en cada sociedad. Solo una mujer de extraordinaria susceptibilidad y cultura pudo escribir los Sonetos del Portugués (1850) donde, entre otros cantos y poemas inspirados en Robert Browning, su futuro esposo, Elizabeth Barret Browning acepta la clasificación de los individuos en categorías universales y fijas, al menos, en el enamorado soneto cuarenta y tres que es justo cuando concluye: "¿Cómo te amo? Déjame contar las maneras. / Te amo hasta lo más profundo, ancho y alto / que mi alma pueda alcanzar, buscando hacer visibles / los límites del Ser y la Gracia ideal. / Te amo igual que a las más íntimas necesidades de cada día, / a la luz del sol y de las velas. / Te amo con libertad, como el hombre lucha por la justicia; / Te amo con pureza, como la que sigue a la oración. / Te amo con la pasión puesta / en mis viejos pesares y con la fe de mi infancia. / Te amo con un amor que creía perdido / cuando perdí a mis santos. Te amo con el aliento, / las sonrisas, las lágrimas de toda mi vida y si Dios así lo quiere, / te amaré aún más después de la muerte."

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