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Silvina Ocampo, renovadora de lo fantástico rioplatense

En sus cuentos encontramos una sorprendente explicación a la injusticia: no es culpa del destino, sino de los monstruos

Silvina Ocampo.

Silvina Ocampo. LA PROVINCIA/DLP

La rutina es un privilegio infravalorado: llevar una vida sin sobresaltos y novedad, en la era del vacío de las redes sociales, es casi indigno. Ante una tragedia abandonamos la hiperrealidad y volvemos a ser frágiles, cupabilizándonos, buscando el porqué de la fatalidad. En los cuentos de la escritora argentina Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903-1993) encontramos una sorprendente explicación al sufrimiento y la injusticia: no es culpa del destino o la casualidad, sino de los monstruos. Lo inquietante es que muchas veces, yo soy el monstruo.

El agudo punto de vista de Ocampo fue determinado por su apacible pero inquieta vida de burguesa en la Buenos Aires del siglo XX. Hermana de Victoria Ocampo (directora de la revista literaria Sur, que publicó a esenciales como Gabriela Mistral o Julio Cortázar), fue esposa de Bioy Casares, amiga personal de Borges y, tal vez, amante de Alejandra Pizarnik. Una vida fascinante recuperada en la reciente biografía La hermana menor (Anagrama, 2018), firmada por Mariana Enríquez quien, por cierto, demuestra ser su digna heredera en el libro de cuentos Los peligros de fumar en la cama (Anagrama, 2017), probando una vez más la necesidad de encontrar a nuestras madres literarias para proseguir un camino propio pero innovador.

A pesar de haber disfrutado de un discreto éxito en vida, Ocampo había pasado desapercibida al lado de sus brillantes coetáneos. Patricia Klingenberg, en el prólogo de la antología Cuentos de la nena terrible (Stockcero, 2013), la describe como el secreto mejor guardado para la crítica y el público. La misma Ocampo admitió que la frustración que le generaban los editores y los círculos literarios la apartaban a veces de la escritura. Que hoy finalmente se la considere una de las mejores cuentistas rioplatenses se debe a la labor casi detectivesca de las escritoras y críticas feministas que la redescubrieron como una renovadora del género fantástico.

La buena literatura fantástica es aquella que hace dudar del narrador, de los personajes y la trama, ofreciendo una explicación que contradice el principio de la navaja de Ockham: no porque parezca la más sencilla es la explicación correcta. Vivir en un relato de Ocampo es vivir alerta, prestando atención a las pequeñas señales inquietantes que avisan de que el equilibrio de la existencia está a punto de romperse. Su maestría reside, precisamente, en hacer cuestionar al lector no sólo los fundamentos del cuento, sino el de su propia existencia.

Su catálogo de monstruos se aleja de lo tradicionalmente fantástico para acercarse a tipologías humanas descritas como si fuesen reflejos de un espejo de feria, sin que por ello sus deformaciones dejen de ser reconocibles, y de paso, temibles. Ocampo desmonta la máquina de imaginar para armar una nueva máquina de leer: la casa encantada es una prisión de la que se puede escapar transformándose en animal o cometiendo un asesinato; las madres son malvadas prisioneras; los niños, crueles asesinos, y los monstruos, en realidad, son violadores y pederastas.

El terror descrito por Silvina Ocampo es sutil, de aparente bajo impacto pero tremendo cuando se entiende que lo trágico forma parte de lo cotidiano y que se origina en el punto de vista que adoptamos para leer nuestra realidad, como si de un cuento fantástico se tratase. Sin embargo, en ese universo lo que realmente desestabiliza no es lo perturbador, sino el propio miedo al miedo, según describe la autora en el relato "El miedo" ( Cornelia frente al espejo, Tusquets, 1988): de hecho, Ocampo nos aconseja que rehuyamos los espejos cuando suframos un ataque de pánico. Los monstruos no son paranormales, nos acompañan por la calle y nos devuelven la sonrisa ante el espejo, aunque no hayamos movido un músculo.

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