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Una vez en Europa

Nikolaus Wachsmann aborda en 'KL' la idea de historiar los campos de concentración nazis

Una vez en Europa

En el sentir colectivo de Occidente, existe una identificación entre los campos de concentración y el Holocausto. Cierta literatura, en especial la debida a los supervivientes, y el influjo de la industria cinematográfica como creadora de relatos amparados en la potencia y pregnancia de la imagen, han contribuido a destilar esa equivalencia. Que con ser razonable, es también parcial y necesita una enmienda, una amplificación, una profundización para no reducir lo que los Lager significaron a una correspondencia entre reclusión y genocidio. Ese es el propósito y ese es el empeño de KL (Historia de los campos de concentración nazis), de Nikolaus Wachsmann, cuya lectura se impone como un proyecto monumental, un testimonio abrumador y un logro indispensable.

KL es monumental porque su ambición permanecía hasta la fecha inédita en la tarea a la que se consagra, el recuento completo, exhaustivo y armónico, concebido como una unidad de sentido, de lo que los campos significaron en el Tercer Reich. KL es abrumador porque la oscuridad que puebla sus páginas supone una de las incursiones más intensas en la historia universal de la infamia y por momentos hace de su tránsito una experiencia pavorosa, ardua de tolerar. Y KL es indispensable porque obliga a asumir que los campos son un elemento imposible de eludir a la hora de entender la cosmovisión que animó la política de la Alemania de Hitler y porque la imagen de lo que sucedió en Europa no se puede dibujar sin recapitular lo que la filosofía de la concentración como arma de violencia, terror y disuasión diseñó. KL, en definitiva, es un libro que ingresa, por derecho propio y con todos los honores, en la historiografía básica para comprender la peripecia del nazismo. Su mérito se puede colocar a la altura del debido a las obras de nombres como Saul Friedländer, Raul Hilberg, Ian Kershaw, Laurence Rees y Götz Aly.

La perspectiva cronológica adoptada por Wachsmann evidencia un rasgo distintivo del régimen nacionalsocialista. Aunque es cierto que la lógica represiva ejercida durante el Tercer Reich obedece a lo que Hans Mommsen ha definido como "radicalización acumulativa", una perspectiva en la que el terror no hacía sino agudizarse con el paso del tiempo, no es menos cierto que este proceso no fue lineal. El complejo de los campos de concentración, su pragmática podríamos decir, no creció, al modo de un alud, por la adición de fuerzas cada vez más destructivas, sino que su devenir conoció periodos de ralentización, movimientos en falso e incluso el abandono de determinadas líneas de actuación.

El estudio de Wachsmann indaga en las condiciones de los campos desde la llegada de Hitler al poder en 1933 hasta la debacle del sistema en 1945. Los campos nacieron como presidios para contener al frente interno, el conjunto de comunistas, socialdemócratas y opositores al nazismo. Pero también, en su expresión original, fueron cárceles para holgazanes y malhechores, pudrideros para la escoria social. La excusa policiaca convivió con la represión política. Dachau, Esterwegen, Lichtenburg, Sachsenburg y Columbia House, primeros campos en territorio alemán, reunían al ladrón y al rival parlamentario, al haragán y al enemigo de clase. Desde el ataque a Polonia y tras el fracaso de la Blitzkrieg contra la Unión Soviética, los campos cambiaron de modelo y mudaron de función. El 1 de septiembre de 1939, inicio de la guerra, a los mencionados Lager se habían venido a sumar Sachsenhausen, Buchenwald, Mauthausen, Flossenbürg y Ravensbrück. La lógica del presidio daría paso a las ejecuciones cotidianas y a los asesinatos en masa, antes de que a partir de 1942, con la consagración de Auschwitz como anus mundi, la cuestión judía y el Holocausto pasaran a ocupar el primer plano.

Un vistazo al mapa en 1944 muestra que los campos habían salido de las fronteras de Alemania para instalarse en la Gobernación General y en el Comisariado del Reich para las Tierras del Este.

Wachsmann es implacable en su escrutinio. Nada parece haber quedado fuera del radar de su prosa. Escruta la carrera de los grandes espadones de la SS, desde su jefe e ideólogo, Heinrich Himmler, a sus hombres de confianza, como Theodor Eicke, pasando por los comandantes más célebres, caso de Rudolf Höß. Su lupa ilumina por igual a las víctimas y a los verdugos, descifra los intereses económicos de la esclavitud, desenreda el laberinto de los campos hasta penetrar en sus barracones, sus canteras, sus prostíbulos, sus enfermerías, sus cocinas, sus cámaras de gas, sus crematorios. Convoca en páginas inolvidables la labor de los Sonderkommandos, el destino de los comisarios soviéticos ajusticiados a millares, el desamparo de los niños y de las madres en las rampas de selección. Apuntala las cifras de la matanza, detalla los tributos pagados al tifus y a las epidemias, rescata las notas de duelo, las memorias robadas al dolor, los papeles enterrados en lugares inverosímiles para dar fe de que aquello, lo inefable, estaba sucediendo. Y en el despliegue metódico, rotundo, sosegado de una historia llena de meandros, obliga al lector a comprender que pocas cosas se dejaron al azar en la maquinaria del terror, y que la inmensa mayoría de sus actores, desde los grandes industriales en sus despachos al último chupatintas de la administración, eran conscientes de lo que sucedía y entraron en la senda de las matanzas con el corazón limpio y el sueño tranquilo.

En el epílogo del libro, a punto ya de cerrar su periplo, Wachsmann introduce una palabra clave. Entre el Dachau de 1933, primer campo creado por los nazis, y el Dachau de 1945, no medió un camino ineludible. La historia podría haber sido otra, y de hecho en algún momento del camino, antes de 1939, los campos estuvieron a punto de desaparecer. Si no lo hicieron fue porque los nazis les atribuyeron un valor inmejorable como instrumentos flexibles para una represión sin ley, al margen de cualquier justicia ordinaria, al margen también de cualquier atisbo de moralidad colectiva. Así, los campos, y este es el término clave sugerido por Wachsmann, fueron sismógrafos que funcionaban en virtud de los objetivos y ambiciones de los dueños del Tercer Reich. Si los campos oscilaron de un modo tan marcado, fue porque así lo hicieron las prioridades de los líderes políticos. Cuando el régimen se radicalizó, los campos se radicalizaron. El viaje que condujo desde la vejación a un rival político hasta el asesinato de un millón setecientas mil personas, que es la estimación final que Wachsmann se atreve a pronosticar en su estudio, constituye el relato de lo que una vez, no hace mucho tiempo, sucedió en Europa.

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