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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Cine

El genio del disfraz

Hace 40 años desaparecía Peter Sellers tras obsequiarnos con decenas de interpretaciones

Peter Sellers, en 'La pantera rosa'. LP

Hijo de un matrimonio de actores, Richard Henry Sellers, popularmente conocido como Peter Sellers, nació en septiembre de 1925 en la pequeña localidad veraniega de South Sea, al sur de Inglaterra, y allí emprendió, desde sus años juveniles, su carrera de actor contemplando cómo montaban sus espectáculos de varietés su abuela y su madre en una época profundamente marcada por los efectos de la depresión económica y por los acelerados cambios sociales y económicos que sacudieron los cimientos de la vieja Europa al término de la Primera Guerra Mundial.

De ahí que su infancia fuera lo menos parecido a un camino de rosas, como tampoco lo fueron sus inicios en el mundo del espectáculo al tener que sufrir los continuos desencuentros entre un padre de carácter pusilánime y una madre temperamental, que controlaba manu militari al clan familiar en su empeño por convertir a todos sus miembros en una proyección permanente de su egocéntrica y megalómana personalidad. En ese entorno, cuajado de sobresaltos y de tensos enfrentamientos, Sellers fue creciendo como intérprete hasta convertirse, con el tiempo, en un actor dotado de una prodigiosa vis cómica.

Esta circunstancia, unida a la necesidad vital que tenía el actor de expresar libremente su aún incipiente oficio y de exorcizar su dramático mundo interior con el empleo sistemático del ingenio humorístico y de la parodia, le forzaron a convivir muy pronto con la soledad como refugio ante sus fantasmas personales. Un sentimiento que le sirvió, a la postre, para moldear en silencio su cáustico sentido del humor y para expresar, al propio tiempo, sus irreprimibles deseos de ocultar su timidez encarnando a personajes de los perfiles morales más diversos mientras se proyectaba febrilmente en un mundo, en el fondo, muy ajeno al suyo.

De este modo lograba sepultar su ego en un pozo de identidades falsas que, a través de su genio, convertía en creaciones artísticas de primer orden, consolidando su bien ganada fama de gran maestro del disfraz al tiempo que ocultaba sus incomodos complejos bajo una depurada técnica interpretativa. Este aspecto de su agitada biografía, que influyó tan negativamente en sus diversas relaciones sentimentales, queda perfectamente reflejado en Llámame Peter ( The Life and Death of Peter Sellers, 2004), el estimable biopic del cineasta británico Stephen Hopkins, con la participación del actor australiano Geoffrey Rush en el papel de la popular estrella, en la que encontramos muchos de los aspectos más polémicos de su exultante trayectoria profesional.

Y fue tal el sentido de la astucia que desarrolló durante los primero años de su carrera que un buen día, ni corto ni perezoso, telefoneó a un alto directivo de la BBC imitando la voz de un conocido locutor de la cadena para recomendar a Peter Sellers, "un cómico genial", matizó, para un nuevo programa de humor que preparaba la emisora titulado The Goon Show, con Harry Secombe y Spike Milligan, dos grandes figuras radiofónicas de la época. Este fue realmente el inicio de su carrera profesional, el momento en el que Seller supo que podría demostrar a los demás la capacidad que había almacenado durante sus tristes y frustrados años de juventud de vivir otras vidas ajenas a la suya con la naturalidad y el temple más absolutos.

Aunque la suya fue una vida relativamente corta -falleció a los 55 años- vivió el tiempo suficiente para dejar en los anales del cine una profunda huella que, al igual que la que habían dejado los grandes cómicos que le precedieron en fama y gloria, se ha conservado intacta a través del tiempo como el paradigma del actor con impronta que crea, a partir de sí mismo, de sus propias virtualidades, los instrumentos necesarios para configurar un universo absolutamente personal e intransferible. Admirador incondicional del arte inimitable de Buster Keaton, Jacques Tati y Charles Chaplin, sus armas profesionales fueron siempre su formidable habilidad para el transformismo y la gestualidad, acompañadas a menudo de una destreza extraordinaria para la mímica vocal, convirtiendo así su voz en una fuente inagotable para el ejercicio de la parodia en películas que contribuyeron a alumbrar con luz propia algunos de los episodios más inspirados de la historia del cine cómico contemporáneo.

Su oficio inconfundible, imitado hasta la saciedad por centenares de intérpretes del montón, puede contemplarse a través de decenas de títulos que permiten una y mil veces, y sin que nos venza nunca la fatiga de la repetición pues su sentido de la comicidad, como cada elemento empleado para su plasmación en la pantalla, destilan, salvo escasas excepciones, el sabor del ingenio y de la frescura, esas dos cualidades sin las cuales ningún actor de comedia que se precie podría diferenciarse de la mediocridad reinante. A pesar de que su primer papel en el cine lo hizo en la película de Tony Young Penny Points to Paradise (1951), una comedia de corte convencional y de muy corta carrera comercial, se considera como su verdadero debut cinematográfico su aparición junto al gran Alec Guinnes en El quinteto de la muerte ( The Ladykillers, 1955), la obra maestra de Alexander MacKendrick que los hermanos Coen readaptaron décadas después con Tom Hanks como protagonista, considerada por los historiadores más solventes como uno de los títulos canónicos en la historia del cine británico.

Sellers deslizó su maestría actoral componiendo personajes de perfiles absolutamente delirantes, como el estrafalario Dr. Strangelove, el Presidente Muffley y el capitán Lionel Mandrake de Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? ( Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worring and Love the Bomb, 1963), de Stanley Kubrick; el gángster patoso e irredento de El quinteto de la muerte; el excéntrico escritor asesinado de Lolita ( Lolita, 1962), de Kubrick; el inefable inspector Clouseau en las cuatro entregas de La pantera rosa ( The Pink Panther, 1963), de Blake Edwards; el psicoanalista obsesionado de ¿Qué tal Pussycat? ( What´s New, Pussycat, 1965), de Clive Donner; el extra que malogra, malgré lui, el rodaje de una megaproducción histórica en El Guateque ( The Party, 1968), de Edwards, o a pequeños héroes cargados de una extraña y simbólica ternura, como el jardinero imperturbable de Bienvenido Mr. Chance ( Being There, 1979); el impertérrito protagonista de El gran McGonagal (T he Great McGonagal, 1974), de Joseph McGranth y el viejo general de Camas blandas, batallas duras ( Soft Beds, Hard Battles/Undercovers Hero, 1973), de Roy Boulting.

Una constelación de personajes de una sola pieza que, bajo su sello inconfundible, se transformaron en la mejor tarjeta de presentación para una estrella de espíritu rebelde, inconformista y controvertida que vivió su vida de espaldas a los continuos riesgos que la amenazaban en un contexto donde primaba, por encima de todo, una posición comedida y conformista ante la realidad. Sellers, por el contrario, tanto ante a las cámaras como en su entorno familiar, se situaba siempre en la otra orilla.

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