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CRISIS DEL CORONAVIRUS Crónica de un observador confinado

El biopoder y la amenaza a las libertades

Bastié cita a Foucault y a Weber para recordar la docilidad con que se aceptan los estados de excepción encubiertos

Residentes en París bailan en sus balcones con la actuación de un DJ.

Residentes en París bailan en sus balcones con la actuación de un DJ. REUTERS

No hace falta estar de acuerdo con alguien en todo para darle la razón en algunas cosas. Es el caso, por ejemplo, de Eugénie Bastié, exponente de Manif por tous, el movimiento francés contra el matrimonio homosexual, antifeminista y autora de libros controvertidos como "Adieu mademoiselle: La Défaite des femmes" y "Le porc émissaire: Terreur ou contre-revolution". Bastié ha escrito en el conservador parisino Le Figaro sobre el biopoder, el dominio político sobre la vida y los cuerpos. Cita a Foucault que ya había subrayado aludiendo al paso del modelo de la lepra a la peste, que en la primera epidemia domina el principio de exclusión: el leproso es expulsado para preservar a salvo la comunidad. Nadie se preocupa en que se convierte, simplemente está excluido. En el modelo de la peste, sin embargo, se aplica el principio de vigilancia: cada cual es examinado, confinado, auscultado y todos se convierten en colaboradores de la policía. La lucha contra la epidemia se traduce de esta manera, para Foucault, en Surveiller et Punir, en la ocasión para un despliegue sin precedentes del poder del estado en nuestras vidas en nombre del objetivo de preservar la vida biológica. O, para decirlo en términos más foucaultianos, conduce a un estado de excepción que permite que el poder político penetre en los rincones más recónditos de nuestras vidas.

La docilidad con que aceptamos este estado de excepción debería, según escribe Bastié, "hacernos reflexionar sobre el precio que atribuimos a la libertad en las sociedades que presumen de ser liberales". El sociólogo romano Giorgio Agamben, alumno de Heidegger, dijo no hace mucho que la epidemia ha sido una invención útil para reemplazar el terrorismo como pretexto y adoptar un estado de excepción. No llega tan lejos Bastié pero aventura, en cambio, que si las medidas excepcionales son temporales en nombre de la salud puede haber alguien que tenga la tentación en cada momento de querer prolongarlas. No piensa solo en políticos, también lo hace en científicos. Apela a Max Weber en sus conferencias sobre la ciencia y la política como profesión, para distinguirlos. "El conflicto entre el poder médico y el político está en el centro del debate sobre el confinamiento: ¿el hombre de acción debe abdicar de su margen de maniobra en favor de los expertos que apoyan una máxima precaución? En un barco, no son las personas que tienen a su cargo exclusivamente los motores y la navegación quienes mandan, sino el capitán quien decide de acuerdo con muchos criterios. Más que nunca, la democracia es el único remedio frente a la hegemonía de un biopoder". No viene mal reflexionar sobre ello.

Jean-Jacques Rocher, director del Instituto Superior del Armamento y de la Defensa francés y profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Panthéon-Assas, enlaza con la discusión sobre salud y libertad. Para Rocher, las democracias asiáticas no individualistas, Corea del Sur, Taiwán, Japón y Singapur, respondieron mejor frente a la pandemia por su disociación del individuo. Una de las razones que esgrime es la "eficacia de un sistema de producción que ha sido capaz de suministrar los materiales necesarios en cantidades suficientes y una inventiva digital que permite controlar el confinamiento de las personas afectadas por el virus, además de la capacidad de respuesta de las administraciones públicas. Escribe Roche que la disciplina colectiva con la que las poblaciones de esos países respondieron al desafío y sus imposiciones son hijas de modelos de organización social disociados de la democracia y del individualismo y de la base de un pacto social que tensa los intereses particulares y generales. Hay otro aspecto, además, que distingue a estas democracias de las occidentales y, en particular, de las europeas, y es que descansan en estados estratégicos que lejos de compensar la desindustrialización con beneficios sociales se comprometen a favorecer la inserción de sus economías en las redes de globalización, invirtiendo en educación, investigación y apoyo para la producción de bienes de alto valor agregado.

En la efectividad de la respuesta a la pandemia de Corea del Sur y sus vecinos, Roche ve otro ejemplo de la occidentalización del mundo que ha estado sucediendo desde que terminó el "poder hiperamericano". La predicción es, desde luego, bastante sombría y nos aleja tanto de la libertad que conocemos como el biopoder de Bastié y Foucault: "Ignorando cualquier historia que no sea la suya, pidiendo al estado más seguridad y menos impuestos, convencidos de que la paz actual ha puesto fin a una historia trágica, los occidentales continúan creyendo que pueden vivir de sus réditos de la civilización sin siquiera darse cuenta del surgimiento de un nuevo orden mundial en el que no serán más que un sujeto pasivo, y no la finalidad idealizada". Como ven, la pandemia ofrece más de un argumento para pensar en lo que nos espera después.

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