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El héroe extraviado

La desaparición hace 35 años de Rock Hudson a consecuencia del virus del sida provocó una conmoción generalizada en la comunidad cinéfila internacional

Rock Hudson y Doris Day en 'Pijama para dos' (1961).

Rock Hudson y Doris Day en 'Pijama para dos' (1961). LA PROVINCIA/DLP

Además de cumplirse los treinta y cinco años de su muerte también se conmemora este año el cincuenta aniversario de El último atardecer ( The Las Sunset, 1960), de Robert Aldrich, uno de los western más emblemáticos de la historia en el que asistimos a un memorable duelo interpretativo junto al recientemente fallecido Kirk Douglas. No es precisamente su trabajo más brillante pero sí otra prueba inobjetable del nivel de madurez profesional que ya había alcanzado tras su desdibujado debut en 1948 con Fighter Squadron, de Raoul Walsh.

Aunque su imagen figure en los anales del cine como el prototipo por antonomasia del galán impoluto, apuesto y seductor Roy Scherer Fitzgerald Jr., popularmente conocido como Rock Hudson (Winnetka, Illinois, 1925/Los Ángeles, California, 1985), asumió, desde sus inicios como actor bajo el paraguas de la Universal, la necesidad de amplificar sus registros dramáticos para acceder a terrenos profesionales mucho más ambiciosos y complejos que los que transitó en su fase inicial durante los primeros años de la década de los cincuenta con brevísimas apariciones en películas de serie B, mientras se esforzaba cada vez más por hacerse un hueco en la todopoderosa industria hollywoodiense, la misma industria que, algunos años después, lo catapultaría a la cima de la popularidad con películas que, de un modo u otro, han marcado a fuego la memoria colectiva de varias generaciones de espectadores.

Un reto que acabaría cristalizando en un conjunto de interpretaciones de gran calado gracias a las cuales obtendría rápidamente el reconocimiento de la crítica internacional, tras un largo período combinando trabajos de escaso nivel artístico con intervenciones episódicas en filmes de cierto renombre, como Undertow (1950), de William Castle; Winchester 73 ( Winchester 73, 1950), de Anthony Mann; Murallas de silencio ( One Way Street, 1950), de Hugo Fregonese; Nuevo amanecer ( Bright Victory, 1951), de Mark Robson; Traición en Fort King ( Seminole, 1953), de Budd Boetticher o H istoria de un condenado ( The Lawless Breed, 1952), de Raoul Walsh, en las que ni siquiera aparece como intérprete acreditado.

Como Rodolfo Valentino en los veinte, John Barrymore en los treinta o Clark Gable en los cuarenta, el protagonista de Gigante ( Giant, 1956) se convertiría en el paradigma por excelencia del galán romántico, pero sin las pulsiones generacionales ni la conciencia moral que mostraban en sus trabajos muchos de los llamados actores del "método", como James Dean, Marlon Brando, Paul Newman o Steve McQueen. Auténticos gigantes de la pantalla que lograron poner patas arriba las viejas técnicas actorales del cine estadounidense, fielmente representadas en el emblemático actor de Illinois.

En cualquier caso, el de Hudson fue un reinado prolongado en el tiempo que le permitió exhibir, bien avanzada su carrera, un talento innegable para personificar al héroe atribulado que tanto se prodigó en los grandes melodramas del Hollywood de los cincuenta, a pesar de haber participado previamente en diversas películas de corte convencional que no presagiaban en modo alguno la indiscutible altura artística que alcanzaría años después bajo batutas tan acreditadas como las de Douglas Sirk, Laszlo Benedek, Richard Brooks, Henry King, John Frankenheimer, Charles Vidor, Robert Aldrich, Blake Edwards, Howard Hawks o George Stevens.

Con Sirk, sobre todo, Hudson remontó su carrera protagonizando filmes de la delicadeza e intensidad emocional de Raza de violencia ( Taza, Son of Cochise, 1954), Obsesión ( Magnificent Obsession, 1954), Orgullo de raza ( Captain Lightfoot, 1955), Solo el cielo lo sabe ( All That Heaven Allows, 1955), Escrito sobre el viento ( Written on the Wind, 1956) e Himno de batalla ( Battle Hymn, 1957), seis títulos que reflejan la capacidad del legendario cineasta germanoamericano para extraer del actor algunas de sus más ocultas virtudes. Su insólito papel transformativo en el extraño filme de Frankenheimer Plan diabólico ( Seconds, 1966), así como su participación como protagonista absoluto en Su juego favorito ( Man´s Favorite Sport, 1964), de Howard Hawks, Cuando llegue septiembre (C ome September, 1961), de Robert Mulligan, y sus populares comedias junto a la incombustible Doris Day, integran parte de su amplio capital patrimonial como representante de un cine que respondía, casi siempre, a unos parámetros inequívocamente comerciales, de ahí la enorme repercusión taquillera que tuvieron en su día y el olvido absoluto al que fueron condenados posteriormente.

Aunque nunca ocupó un lugar preeminente en el cuadro de honor de los mejores intérpretes de la época, su impronta estelar acabó imponiéndose, pese a su escasa capacitación para el noble arte de la actuación en trabajos más que estimables. Como declaró en una ocasión Edward Muhl, el mítico vicepresidente de la Universal, "Rock tiene aspecto de actor y ante las cámaras se crece, pero todavía no sabe actuar. Esperamos que, tarde o temprano, aprenda y se convierta finalmente en esa gran estrella que todos deseamos", una afirmación absolutamente premonitoria sobre el futuro de un mito que echó raíces en el imaginario popular de la primera mitad del siglo XX.

Además de obtener sus dosis de gloria tras años de titubeos e incertidumbres Hudson se convertiría en un ídolo imbatible que cautivó a través de las pantallas a legiones de mujeres de todo el mundo durante más de tres décadas y que puso rostro a la llamada "enfermedad de los homosexuales", la devastadora pandemia que, durante los años ochenta, se cobró millares de vidas humanas a lo largo y lo ancho del planeta y que contribuyó a replantearse seriamente los patrones de comportamiento sexual a media humanidad. A consecuencia de aquella calamitosa epidemia el mundo moderno descubriría una nueva razón para redoblar seriamente sus prevenciones contra un nuevo enemigo, tan invisible como el coronavirus, que no establecía distinciones sociales ni económicas ni ideológicas ni raciales a la hora de agredir letalmente a sus víctimas. Y la muerte de una figura tan venerada internacionalmente como la de Hudson se transformaría por ello en el reflejo más tremebundo de aquella terrible pesadilla de la que algunos guardamos algún triste recuerdo.

Mucho antes de contraer el VIH, cuando se encontraba en el pináculo de la fama, cansado ya de Hollywood y de sus insoportable servidumbres, el actor pronunció una frase digna del mismísimo Charles Bukowski, que bien pudo anticipar su epitafio: "Me he pasado mucho tiempo tratando de saber qué es la vida. Sigo sin saberlo, pero ahora, francamente, me importa un bledo".

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