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Armas de mujer en la literatura

Ellas redactan el canon

Tres galardonadas con el Premio Nobel presentan en sus discursos de recepción una teoría de la literatura contemporánea

Herta Müller.

Herta Müller. LA PROVINCIA / DLP

Decía Wislawa Szymborska en su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura de 1996, que la escritura requiere de cierta resignación para existir: "Tengo en alta estima a dos pequeñas palabras: "no sé". Pequeñas pero con potentes alas". Un sintagma que para la poeta polaca se disgregaría en dos líneas de trabajo: por un lado, la existencia de una frontera que se instala en la imposibilidad, asumiendo la dificultad ante lo desconocido; por otro, la posibilidad de sobrepasar cualquier tipo de límite, sobreponerse a través de una búsqueda constante.

"La poesía nos empuja a explorar paisajes verbales y no verbales que no han sido transitados, a los que se debe acceder desde el desconcierto y la sorpresa, también desde la perseverancia. El poeta tiene que repetir sin descanso "no sé". En cada poema intenta dar una respuesta pero, no bien ha puesto el último punto, ya le invade la duda, ya empieza a darse cuenta de que se trata de una respuesta temporal y absolutamente insuficiente. Así pues lo intenta otra vez".

Szymborska realizó un discurso honesto en la Academia Sueca. Su objetivo no era otro que visibilizar un elemento literario imprescindible: la humildad ante la palabra. Una humildad que nos permite adentrarnos en la fascinación ante lo desconocido, que esquiva cualquier sensación de dominio, y sortea la certidumbre hasta lograr fusionarnos con un alrededor real a la vez que distinto.

A fin de cuentas, aunque manejemos el idioma con soltura no siempre accedemos a la escritura poética, para ello, como reclama la autora de poemarios tan relevantes como Llamada al Yeti (1957), El gran número (1976), o Fin y principio (1993), se requiere de un vaciamiento previo con el que alcanzar la sinceridad del lenguaje.

También otras dos escritoras galardonadas con el Nobel, la germano-rumana Herta Müller y la bielorrusa Svetlana Alexiévich, quienes compartieron con Szymborska una realidad histórica convulsa en Europa del Este, interrogaron en sus discursos los fundamentos literarios contemporáneos.

En el caso de la narradora en lengua alemana Herta Müller, ésta elaboró en 2009 un discurso personalista a la vez que metaliterario, al que incorporaría de forma indirecta otra herramienta de la literatura más actual: la revisión testimonial. Un valor que no implica la búsqueda de respuestas de Szymborska, sino que retrata la realidad que se esconde en lo cotidiano, en el ahora agrietado y descorazonador que le tocó vivir.

Autora de novelas tan singulares como El hombre es un gran faisán en el mundo (1986), La piel del zorro (1992) y Todo lo que tengo lo llevo conmigo (2009), o del ensayo Siempre la misma nieve y siempre el mismo tío (2011), Müller sumerge su discurso en el día a día de un pañuelo entregado por su madre, un vehículo emocional que se encarna en símbolo del sufrimiento ante la represión y en balsa de salvación familiar ante una Europa quebrada por la historia. Lo real rebota así en múltiples planos de lectura.

"Se puede decir que precisamente los objetos más pequeños, ya sean trompetas, acordeones o pañuelos, terminan atando las cosas más dispares en la vida. [?] Cuanto más palabras nos es permitido usar, tanto más libres somos. Cuando se nos prohíbe la boca, intentamos afirmarnos con gestos e incluso con objetos. Son más difíciles de interpretar y permanecen un tiempo libres de sospecha. Y así pueden ayudarnos a convertir la humillación en una dignidad que permanece libre".

La realidad que presentan las obras de Müller está sumida en un compendio de argumentos dramáticos, que también irradian poesía. Además, se sostiene en ellas cierta mirada tangencial vinculada al interés por los objetos de su propia realidad, así como al valor de un tipo de lenguaje que no se muestra de frente. Es decir, aquellas fórmulas comunicativas que esquivan lo simple, trazando una órbita distinta ante cualquier objeto, hecho o herramienta, por medio de giros y asociaciones inesperadas.

Para Müller, vivimos rodeados de expresiones cargadas de un contenido expansivo, fórmulas ya asumidas que, reconstruidas desde otro prisma, logran trazar una realidad diferente de la que le suponíamos al principio. En los regímenes más violentos del pasado siglo, donde el lenguaje es a todas luces un enemigo prioritario, quienes escriben asumen el vértigo de la creatividad, mientras disfrazan su rol de denuncia.

"Por las piezas de las máquinas hidráulicas, embadurnadas de aceite, ya conocía las bellas palabras 'cola de golondrina' y 'cuello de cisne', para ajustar un tornillo se utilizaba una 'madre de tornillo', e igualmente me dejaron asombrada los poéticos nombres de las partes de una escalera, la belleza del lenguaje técnico: mejillas de la escalera, ojos de la escalera".

La ternura y el interés ante las expresiones que nos envuelven a diario bajo un manto de creación poética tiene otro trasfondo implícito: descifrar la literatura que emite el hablante común. Una plasticidad ante la palabra que está incrustado en toda la población. Una voz colectiva que reclama también Svetlana Alexiévich, galardonada en 2015, y autora de obras fundamentales para la literatura contemporánea, como son La guerra no tiene rostro de mujer (1985), Voces de Chernóbil (1997) y El fin del homo sovieticus (2013).

Alexiévich despliega en su escritura una coreografía de voces. Instala una mirada participativa ante el entorno y ante los otros. Su creación radica en una metodología testimonial a la vez que coral, interpelando bajo un prisma periodístico otro de los fundamentos de la literatura contemporánea: la escucha. "Los testigos no son imparciales. Al contar una historia, los humanos crean, lidian con el tiempo como lo hace un escultor con el mármol. Son actores y creadores".

En su discurso de aceptación, Alexiévich defendió dicha escucha como vehículo de trabajo. Una fórmula que conlleva extraer la literatura de la experiencia, sin inventarla ni modelarla. Los hechos históricos más cercanos son asimilados hasta extraer de ellos nuevos significados. "No hemos tenido tiempo para comprender lo que aún nos está pasando, solo tenemos que decirlo. Para empezar, debemos, al menos, articular lo que pasó. Tenemos miedo de hacer eso, no estamos listos para hacer frente a nuestro pasado".

La escritura de Alexiévich nos entrega entonces una polifonía de voces que han experimentado en su piel el sedimento dramático del siglo XX. Junto a la humildad de la palabra de Szymborska y la mirada tangencial de Müller, la reportera bielorrusa redacta la última pauta de la reflexión de la literatura: la integración de los otros. Presenta así el tercer recurso con el que se esbozan los condicionantes de un canon de la literatura contemporánea, podríamos decir que atemporal, entregada a la realidad, pero dotada de una profundidad singular que requiere de cierta sencillez para existir.

De este modo, los tres discursos del Premio Nobel de Literatura manejan una óptica universal con la que es posible descifrar el universo literario actual, y de forma indirecta reivindican el valor de una generación de escritoras que por fin han herido de muerte la misoginia de un galardón que en sus primeros noventa años solo premió a seis autoras, como fueron Selma Lagerlöff, Grazzia Deledda, Sigrid Undset, Pearl S. Buk, Gabriela Mistral y Nelly Sachs.

No obstante, este desprecio y esta injusticia están actualmente en proceso de reversión, aunque demasiado lentamente. A partir de 1991, las voces de Nadine Gordimer, Toni Morrison, Elfriede Jelinek, Doris Lessing, Alicia Munro, o la última galardonada en 2018, Olga Tokarzcuk, sumadas a las de Szymborska, Müller y Alexiévich, van equilibrando la balanza. Los aciertos van apaciguando el recelo. Un recelo que no desaparecerá, también es cierto, hasta que la mirada postcolonial se vea aupada a la misma posición de relevancia que el resto, señal de evolución definitiva del galardón.

Mientras tanto, acercarse a sus obras y a los discursos leídos en la Academia Sueca por estas tres escritoras, refleja el poder de un lenguaje vibrante y temerario que sigue explorando los límites de interpretación de nuestra existencia. Su viaje literario adquiere una transparencia trascendental: mostrar el mundo mostrándonos desde adentro y desde afuera, en un continuo fluir, que es siempre una continua expansión. De esta forma la escritura llegará, como defiende la última premiada en 2018, Olga Tokarzcuk- "a aquellos que aún no han nacido, pero que algún día recurrirán a lo que hemos escrito, las historias que contamos sobre nosotros mismos y nuestro mundo".

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