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Entrevista | Manuel Vicent

"Hollywood ejercía una libertad protegida por la policía franquista"

"Desde hace muchos siglos en España, los pobres se han divertido viendo cómo se divertían los ricos", reseña el escritor

El escritor Manuel Vicent. C. MANUEL ED. EP.

Todavía está en Madrid, pero con ganas de irse ya a Denia. Manuel Vicent aborda por primera vez la promoción de su decimoséptima novela de forma virtual, algo que le parece "fantasmagórico, pero así es la cosa". Eso ha impedido las colas de sus fieles para conseguir su firma en 'Ava en la noche' así como sus mordientes sentencias públicas de aura de pensador griego. Cuenta que durante el primer mes de confinamiento Madrid fue invadido por una brisa muy sutil, igual que aquel aire finísimo de la sierra que le recibió un octubre de hace años, aunque sigue recordando el extremo olor a café torrefacto de las calles de Valencia de cuando estudiaba.

Vuelve al triángulo Vilavella-Valencia-Madrid, los escenarios vitales del escritor.

Me he servido de un material que ya he tocado en otras ocasiones. Aquí está el mito de la niñez, en el que el protagonista despierta al uso de razón sobre los escombros de un balneario derruido por la Guerra Civil.

Un balneario de reminiscencias míticas.

Se supone que bajo los cascotes de ese balneario hay una mujer desnuda, tal vez una diosa. Los niños juegan a descubrirla. Levantan los cascotes, pero nunca llegan a encontrarla. Eso permanece en su inconsciente. El protagonista cuando llega a Madrid, con los sueños de gloria de dedicarse al cine, hace una transmutación de aquella imposibilidad de encontrar la belleza bajo los escombros y se encuentra como metáfora que la dictadura equivale también a la destrucción del maravilloso balneario. Y Ava Gardner hace el señuelo de aquella diosa desnuda en un mosaico que en este caso el protagonista nunca lo llegó a ver.

¿Amor, sexo y política?

Sexo no hay mucho. La novela trata que en el franquismo se dio el caso de que los artistas de Hollywood que venían a España a rodar películas ejercían una libertad protegida por la propia policía franquista. Ellos celebraban fiestas, eran libres, se sentían felices, mientras los españoles arrastraban una dictadura que consistía en ver la libertad de otros, en este caso de actores y actrices cuya libertad estaba mezclada con la seducción, con la fascinación y con el glamur. Desde hace muchos siglos en España los pobres se han divertido viendo cómo se divertían los ricos.

El protagonista -David Arnau- hace el mismo recorrido que el escritor, se desplaza a Madrid para ingresar en la Escuela de Cine, aunque Manuel Vicent se incorporó a la Escuela de Periodismo.

Son experiencias parecidas. El protagonista de la novela y yo compartimos las mismas copas, los mismos lugares, las canciones que había en ese tiempo, aunque la experiencia de este protagonista no tiene nada que ver con mi vida. Los círculos de cultura eran tan reducidos que tanto los estudiantes de la Escuela de Cine como los de Periodismo se cruzaban en pequeños bares. Madrid era muy pequeño.

Con el glamur de Ava Gardner se mezcla la historia del asesino Jarabo y al principio con Pilar Prades, la famosa envenenadora de Valencia.

Jarabo fue ejecutado a garrote vil, pero formaba parte de una de las familias de la oligarquía madrileña. Estudiante del Colegio del Pilar, sobrino del entonces presidente del Tribunal Supremo. El hecho de que un pilarista en los años 50 fuera pasado por el garrote vil era una sacudida muy profunda en la conciencia ciudadana. Si a eso se le añade que su sombra maleva se cruza con el esplendor nocturno de Ava Gardner, la imaginación literaria tiene ahí un gran horizonte.

Manuel Vicent conoce a Berlanga en el rodaje de 'Novio a la vista' en el hotel Voramar de Benicassim y el cineasta aparece varias veces en la novela.

En el Voramar lo vi, no lo conocí. Aunque todo lo que sucede en el Voramar en la novela es imaginación. Después fui amigo de Berlanga pero ya en Madrid. Incluso le comenté lo que se decía en Valencia, cuando ya se había rodado 'El verdugo', que fue en el 63. Yo conocí a Berlanga años después, en el 67 ó 68.

Compartieron tertulia muchos años en la famosa colla Tirant lo Blanc de valencianos en Madrid y Berlanga era el único que hablaba en castellano.

Alguien, no recuerdo, le recriminó que no hablara valenciano. Fue una cosa muy detonante en aquella colla. Pero como la familia de Berlanga era de Requena... A Berlanga le pregunte por aquel rumor que hubo en Valencia de que el verdugo de la envenenadora había sido pusilánime, incluso que no quería ejecutarla porque estaba en contra de la pena de muerte. No sé si de ese rumor se sirvió Berlanga y Rafael Azcona como inspiración del guion de 'El verdugo'. Se lo pregunté y no lo negó. Ni sí, ni no... Ya sabemos cómo era Berlanga.

¿Qué paso antes de la ejecución de la envenenadora?

Antes de la ejecución, al director de la cárcel, que estaba allí de testigo, le dio un ataque de epilepsia y fue la envenenadora quien fue a socorrerle para que le pusieran un pañuelo en la boca para que no se cortara la lengua. De ese suceso tal vez salió el falso rumor de que el verdugo no quería ejecutarla.

La última baja de la colla Tirant lo Blanc ha sido el pintor Juan Genovés, con el que tenía una afición compartida por el fútbol y por el Valencia CF.

Genovés era muy comprometido políticamente, la verdad, era un santo laico y un magnífico artista. Nos sentábamos juntos en la colla para hablar del Valencia y de los jugadores de nuestra niñez, del olor a linotipia de los cromos. A veces le preguntaba qué prefería, si la dictadura del proletariado o que el Valencia ganara la Copa del Generalísimo. Él no tenía duda, en absoluto, dentro de la broma.

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