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Cine

Occidente ante el espejo de Oriente

La Semana de Cine Japonés reúne a Lang, Fanck, Marker, Wenders, Anderson y Greenaway

Fotograma de 'El misterio Koumiko', de Chris Marker. LP/DLP

Con la conferencia titulada El camino de Rashomon: la influencia del japonismo en los orígenes del Cine, que impartirá el arquitecto, historiador y crítico canario Aytami Ramos, a las 18.30, y la proyección, a las 19.30, de la película alemana Harakiri (1919), una de las rarezas del maestro del expresionismo Fritz Lang, libremente inspirada en la ópera homónima de Giacomo Puccini, arranca hoy en la Casa de Colón la 18ª Semana de Cine, que organiza de nuevo el Colectivo Cinematográfico Vértigo en estrecha colaboración con el Cabildo grancanario y con el patrocinio de la Fundación Japón, concluyendo el próximo viernes 31 con el reestreno de la coproducción germano estadounidense Isla de perros ( Isle of Dogs, 2018), de Wes Anderson, referencia por antonomasia de la posmodernidad cinematográfica desde sus inclasificables Academia Rushmore ( Rushmore, 1998) y Los Tenenbaums ( The Royal Tenenbaums, 2001).

La selección también incluye, el martes 28, La hija del samurai ( Die tochter des Samurai, 1937), de Arnold Fanck, otra rareza germana protagonizada por el popular Sessue Hayakawa (el coronel Saito de El Puente sobre el río Kwai), en la que las tradiciones más seculares del Japón feudal provocan en Yamato Teruo, un héroe de guerra educado en una universidad alemana, un enfrentamiento abierto con una sociedad basada en el rígido código de los samuráis. Fanck, un adelantado para los tiempos que corrían en la Alemania hitleriana, acabó abrazando la causa nacionalsocialista y dirigiendo películas muy alejadas de los planteamientos liberales que envuelve este extraño filme calificado en su día por algunos historiadores como "un clásico, sin paliativos".

El miércoles 29 la cita se circunscribe al encuentro de dos maestros incontestables del cine documental contemporáneo: Chris Marker y su espléndido mediometraje El misterio Koumiko ( Le Mystère Koumiko, 1965) y Wim Wenders y su retrato del maestro japonés Yasujiro Ozu en Tokyo-Ga ( Tokyo-Ga, 1985). La de Marker se enmarca en esa tradición tan suya de transformar lo que teóricamente se plantea en un principio como un simple documental en un film-ensayo. En esta ocasión, el objeto de su experimentación es de carácter básicamente observacional: una joven japonesa fija su atención, durante los Juegos Olímpicos de Tokio, en el comportamiento de los centenares de espectadores extranjeros que contemplan el desarrollo de las olimpiadas y formula sus propias reflexiones acerca de las palpables diferencias existentes entre los vociferantes espectadores y su concepción del mundo.

Wenders, arropado por un pasado artístico coronado por títulos como Relámpago sobre el agua ( Lighting Over Water, 1980), El estado de las cosas ( Der Stand der Dinge, 1982), El amigo americano ( Der Amerikanische Freund, 1977), París, Texas ( Paris, Texas, 1984) o En el curso del tiempo ( Im Lauf der Zeit, 1975), aterriza en la capital del Japón para seguir las huellas estilísticas y humanas del autor de Primavera tardía ( Banshun, 1949), analizando detalladamente ese tono de extrema levedad y de precisión visual que destilaba su obra a la que han acudido con frecuencia algunos de los maestros más reputados. La enorme belleza de la película y el abierto homenaje que rinde Wenders a la figura del cineasta japonés y a los análisis sociales que concibió inteligente y sensiblemente a lo largo y lo ancho de su obra, quedan perfectamente plasmados merced a la sabiduría, hoy algo paralizada, de la otrora gran figura del cine alemán.

Peter Greenaway

El jueves le llega su turno de The Pillow Book ( The Pillow Book, 1996), del británico Peter Greenaway, otro filme canónico de la década de los noventa cuya sonada polémica entre la crítica internacional no le impidió convertirse en otro gran clásico contemporáneo de los noventa. La película, rodada tres años después de Los niños de Macon ( The Baby of Mâcon), uno de sus más estrepitosos fracasos comerciales, plantea un serio dilema sentimental, el de una joven que busca con ansiedad al calígrafo que pueda continuar la labor, iniciada por su padre años atrás, de tatuarle todo su cuerpo en un suburbio de Kioto. La precisión y belleza de la escritura japonesa cobra una nueva dimensión en el cuerpo de su protagonista, la actriz nipona Vivian Wu y en el propósito de Greenaway de navegar por las sinuosas aguas que surcan conceptos tan lábiles como la muerte y del sexo.

Acercándose ya a la edición número veinte, esta muestra sigue conservando el mismo espíritu revisionista que la ha venido impulsando a lo largo de estos casi cinco lustros con retrospectivas que nos han acercado al carácter de una cinematografía absolutamente imprescindible para entender no sólo su propio proceso evolutivo sino, como se infiere del contenido de la presente edición, para desentrañar las huellas estéticas e ideológicas que ha dejado a su paso desde su tardío reconocimiento en Europa a través de certámenes tan icónicos en la cultura fílmica del viejo continente como los de Venecia y Cannes.

Ciertamente, Occidente vivió durante demasiado tiempo de espaldas al cine japonés y a la cultura oriental en su conjunto. Hasta la irrupción en 1951 de Rashomon ( Rashomon, 1950), de Akira Kurosawa, en la Mostra veneciana y, tras obtener ese mismo año el Oscar de Hollywood a la Mejor Película Extranjera, Japón no era en el imaginario europeo y estadounidense más que un país cargado de oscurantismo, solemnidad, y misterio que contribuiría, además, a desatar una de las guerras más devastadoras y atroces que ha sufrido la humanidad en toda su historia. La complejidad de su milenaria cultura se convirtió, desde entonces, en uno de los focos de atención en el ámbito intelectual europeo. Y en los cinco filmes que integran esta muestra queda meridianamente claro los profundos intereses que lo inspiran.

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