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AMALGAMA

La caduta degli dei

La caduta degli dei

La caduta degli dei

José Luis Villacañas ha sido catedrático de filosofía de la Universidad Complutense, y mentor de filósofos jóvenes de mucha valía, pero principalmente de la caterva podemita que quiso "asaltar los cielos", sin contar con el poder económico, excepto el que provenía de estados semi-fallidos o fundamentalistas, al no poder insertarse en ningún otro poder económico más homologado y suficiente. Pues ha sorprendido a extraños, como yo, de qué manera, tras estar regando varios años con lisonjas las pretensiones de esa izquierda obtusa y violenta, que haya dejado a todos los podemitas al pie de los caballos, y haya hecho leña de árbol caído, reconociendo, finalmente, el fiasco de estos revolucionarios sinsorgos.

Monedero y los intelectuales críticos ha titulado Villacañas su ridiculizante artículo por el cual les dice a los podemitas que no hagan de copiones de los métodos de los think tank conservadores, y a los dos días Monedero ya es perseguido por las calles de Andalucía para ser agredido en forma de escrache, modos que anteriormente dominaba este albañal autodenominado progresista. Pero analicemos esta anécdota, que tiene un corolario filosófico-histórico. La historia contemporánea económica del planeta, a la que se le ha dado una importancia crucial y central, no es realmente la parte central de todo. Ocurre que el dinero sí que es parte central, pero no la forma en la que se maneja. El dinero es un fluido ontológico en el que confluye la fuerza del símbolo unido a la depredación, al altruismo como forma de gestión de la depredación, y a la gestión de los placeres y los dolores de los seres humanos en tanto átomos de una humanidad que va por su cuenta, como si fuera un ser superior. Por eso el dinero no deja de existir en ninguna sociedad humana que se relacione con el lenguaje, ya sea de forma incipiente como entre tribus, o de forma total, como hoy día en bits de computadora sometidos a teoría de juegos y la aleatoriedad de casinos regulados por un orden contractual de tinte gubernamental. El dinero es autónomo, ontológicamente autónomo, tanto para el infierno comunista como para el sistema consumista capitalista y para todos los sistemas que quedan en medio o a los extremos de estos dos polos.

Perder la pista al dinero y dársela a la ideología, lleva al desastre en que han caído los podemitas o los estados semi-fallidos con los que se relacionan. El dinero es poderoso y natural como un terremoto. Ya desde finales del siglo XX, el poder del dinero acabó ontológicamente con todas las pulsiones revolucionarias, que solo gestionaron bien la tortura y el dominio de los cuerpos vivos de sus súbditos, vendiendo propagandísticamente un humano rousseauniano y escondiendo al más verdadero humano hobbesiano y schmittiano. No es nuevo, sino de 1922, el mismo año en el que la URSS se declaró como nuevo país, el libro de Von Mises en el que demostraba la imposibilidad científica del socialismo: Socialismo. Análisis económico y sociológico. Dos años antes, Ludwig Von Mises publicó el artículo original Economic Calculation in the Socialist Commonwealth, en el que se demostraba la imposibilidad del cálculo en una economía planificada, a falta de la estructura de propiedad y competencia.

La puntilla teórica llegó en 1944 con la obra Camino de servidumbre, de Friedrich Von Hayek, donde explicaba la relación entre libertad individual y planificación estatal centralizada, señalando que todo colectivismo lleva al horror individual, y son ejemplos de colectivización tanto el nazismo alemán y el fascismo italiano como el comunismo. Jean Françoise Lyotard fue el primero que se dio cuenta de que el dinero es un fluido simbólico universal, que representa, capta, elige o lanza al ostracismo desde lo más cochino a lo más sublime: "La especie humana ya está embargada por la necesidad de tener que evacuar el sistema solar dentro de 4.500 millones de años. El éxodo se programa desde ya. La única posibilidad de éxito que tiene es que la especie se adapte a la complejidad que la desafía" ( L 'inhumain. Causeries sur le temps, Édítions Galilée, 1988). El vehículo encargado de esto es el capitalismo, perfecciona años después Lyotard, quien termina descubriendo que el capitalismo no es un sistema, como los diversos colectivismos, sino una substancia ontológica en la que se dinamizan y existen las relaciones humanas. Expresado por el chileno Freddy Puentes ( El pensamiento de Jean-Francois Lyotard, revista Crítica.cl, octubre 2017): "Este poder que es el capitalismo es pensado aquí como una figura cuya fuerza procede de la Idea de infinito, los deseos de poder, dinero o novedad traducen algo que ontológicamente es la insistencia del infinito en la voluntad. Las categorías ontológicas de clases sociales pierden pertinencia aquí y no hay una que apropie el infinito de la voluntad. El capitalismo, gracias a la informatización de la sociedad en su conjunto, según una lógica informática que transforma el lenguaje en mercancía, saldrá de la crisis". Y más claramente: "el problema de problemas es el del capital y que el capitalismo es una figura que no es económica ni sociológica sino metafísica". Estamos, ni más ni menos, que ante el despertar de las relaciones ontológicas del capital como entrada al nuevo mundo pre-transhumanista. Los mantras de los pro-planificadores ingenuos (o a veces malévolos), al estilo moralista de "El rey es un corrupto, el rey es un adúltero?" (Un rey que no puede hacer lo que quiera no es un rey, pierde su simbología y se convierte en la cáscara vacía de un coleóptero, está en su naturaleza arquetípica el comportarse como quiera), o "los ricos son explotadores" (un cuerpo social de elite que no use todos los recursos pierde el control del flujo dinerario, y los propios revolucionarios que han entrado en el juego siempre han perdido la justicia y les ha ganado el dinero); todos estos mantras son etiquetas de una función de estatus que se puede llamar de clase, pero nunca para que las clases desaparezcan, pues sería como que las células del cuerpo tuvieran la misma función y contraprestación, con lo cual devendría una substancia amorfa. Vuelve pues la humanidad a darse contra el muro en su mitología de la igualdad, la cual es incompatible con la libertad, pero es esa lucha de impulsos básicos la que provoca un sempiterno espejismo que alimenta la pulsión libidinal lyotardeana que lleva con frecuencia a objetivos contradictorios. Y consecuentemente, la imagen simbólica de nuestra anécdota: Monedero huyendo y Villacañas haciendo leña del árbol caído.

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