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LA PENÚLTIMA PALABRA

¿On-Line?

¿On-Line?

¿On-Line?

Érase una vez una Sociedad del Espectáculo que fue desapareciendo inexorablemente a medida en que el espectador iba formando parte del espectáculo mismo.

Érase una vez una Cultura Software (Manovich) en la que el consumidor podía ser simultáneamente productor (prosumidor). Realizador de una digna película con su teléfono móvil o redactor de una voz anónima en Wikipedia. Sin hablar de la profusión ingente de selfies, donde el "autor" ¿se presenta?, ¿se representa?, ¿hace un retrato de sí mismo?, ¿un autorretrato?

¿Es testigo?, ¿espectador?, ¿establece una relación yo-yo? o ¿yo con otro que es yo? ¿Sirve para rastrear?, ¿es una pista?, ¿es un dato más en el universo de los big-data?

El espectador ha devenido pantalla, como ya profetizara Marshall McLuhan, que aparecía en Annie Hall de Woody Allen y que nos recordaba que Narciso y narcosis tienen el mismo étimo. El ojo y la pantalla pueden llegar a confundirse.

El medium ("el medio es el mensaje", "el medio es el masaje"), extensión de nuestro cuerpo, es nuestro ambiente y, ante todo y sobre todo, forma. Como en el sentido que se remonta a Aristóteles de in-formar. Informar, de ahí información, dar forma. "Mirad la forma, mirad la forma; no vendáis vuestra alma por un plato de mensajes", clamaba rotundo McLuhan.

Una forma, el medium, que condiciona la experiencia de una época; hasta el punto de que se ha llegado a hablar de "mundialización de los afectos y sincronización de las emociones" (Virilio). En pleno Capitalismo de la Vigilancia, en el que la hegemonía continúa correspondiendo a la forma información, desaparece nuestra naturaleza, se nos mide en bits y solo somos datos.

Mientras tanto, ahora mismo, hiperbólicos entusiastas de los dispositivos a su alcance festejan las indiscutibles ventajas de la enseñanza on-line. Una Universidad sin intercambios, sin interacción. Sin comunicación. ¿Congresos, seminarios, encuentros? Todo se puede hacer on-line. Todo. Basta con que haya conexión, conectividad y accesibilidad estultamente confundida con la transparencia, siempre preñada de opacidad. Y con la presencia. Recordaremos cuando en el aula al decir nuestro apellido contestábamos: presente.

Buen agosto. Hasta septiembre.

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