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Crisis del coronavirus Un relato de ficción

Insurrección (y 2)

Primavera de 2050. Una enfermedad causada por una nueva especie de coronavirus, la segunda pandemia en 30 años

Insurrección (y 2)

Carlota García-Ferreras Pastor, la periodista con más credibilidad del canal, estaba contando en exclusiva que a la crisis del nuevo coronavirus y a la asonada de los insurrectos había que añadir que la Reina Leonor acababa de abdicar y adoptado el título de Condesa de Barcelona. En los días siguientes, contaba la reportera, efectuaría el traspaso oficial de poderes a la futura presidenta interina de la República de España y viajaría al exilio junto a sus padres, los reyes eméritos, y su hermana la Infanta, que desde hacía semanas habían encontrado acomodo en un palacete de Estoril, a pocos kilómetros de la residencia de ancianos en la que Alma atendía a las noticias junto a su abuelo.

- ¿Esta quién es?

- La presidenta, abuelo.

Y allí estaba. Inés Puigdemont, la líder del Partido Popular Socialista de los Ciudadanos (PPSC), estaba anunciando al país que tanto ella como los dos representantes de la oposición, Pedro Casado y Pablo Sánchez, habían acordado el inicio de una Transición que tenía por objeto ser modélica en toda Europa. "Deberemos adaptarnos, por tanto, a las distintas fases en que se divide este plan para la transición hacia una nueva normalidad. La desescalada ­-añadió la presidenta- será gradual, asimétrica y coordinada. Lo vamos a hacer por fases, la unidad será la provincia o la isla, no habrá movilidad entre provincias o islas".

Confusos ambos, Alma miró a su abuelo y su abuelo miró a su nieta.

- Pero, ¿de qué están hablando? ¿Del coronavirus? ¿De la República? ¿De la insurrección?

- De las tres cosas y de ninguna en concreto, abuelo -respondió la joven en tono desdeñoso, aunque feliz por que el anciano disfrutara durante unos momentos de su poca habitual lucidez y ella tuviera el privilegio de gozarla.

- Me recuerda a la pandemia de 2020.

- ¿Dónde estabas entonces?

- Dónde estaba yo entonces?.

El viejo levantó la cabeza y volvió a abandonar la mirada hacia un horizonte imaginario. Alma cerró los ojos, triste y convencida de que el cerebro de su abuelo se había zambullido de nuevo en las profundidades del alzheimer. Pero no. Lo que siguió después maravilló a la joven.

- Voy a contarte dónde estaba yo entonces. Hace muchos años escribí un texto del que no he olvidado una sola coma. Lo aprendí de memoria por si algún día mi enfermedad me permitía un momento de calma y podía transmitírtelo a ti o a tu padre. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. He visto a David Gahan hacer que decenas de miles de personas alzaran los brazos por encima de sus cabezas y los ondearan como las corrientes mueven las algas en el fondo marino, mientras Depeche Mode entonaba Never let me down. He visto a The Cure tocar Charlotte sometimes y he saltado de emoción al reconocer los primeros compases de Killing an arab durante su actuación del 40 aniversario en Hyde Park. He chocado la mano con Brett Anderson en La Riviera, al tiempo que otras mil personas le acompañábamos en el estribillo de New generation. He visto a Paul McCartney subirse a un escenario en el Bernabéu y cantar Yesterday y luego versionar Something para dedicársela a su amigo George Harrison. He visto a ACDC, con Brian Johnson y con Axl Rose. He visto en Barcelona la exposición David Bowie is con la misma emoción con que dos años antes viajé a Londres para adentrarme por primera vez en el universo íntimo de un mito. He pisado el estudio de París donde Picasso pintó el Guernica y comido un Año Nuevo en La Coupole, en el mismo sitio donde el genio malagueño paraba a tomar café con Paquerette y Man Ray. Me he detenido ante la tumba de Jim Morrison, de mierda hasta arriba, en el cementerio de Pére Lachaise; besado el mausoleo de Oscar Wilde; acariciado la oronda forma testicular del periodista Victor Noir; y me he arrodillado ante las lápidas de Julio Cortázar, Emilio Zola y La Goulue en el camposanto de Montmartre. He paseado por el distrito de Kreuzberg en Berlín, he pisado el punto exacto del callejón londinense donde se fotografió la portada de Ziggy Stardust. He visto cientos de veces El Padrino y memorizado sus diálogos más allá de lo enfermizo. Asistí con mi madre al estreno de Grease e hice que me llevara de nuevo a ver la película en otras nueve sesiones de tarde en el mismo mes. Y ella vino conmigo. He estado en el entierro de Eduardo Benavente y visto llorar a Loquillo. He oído a Jaime Urrutia desgañitarse cantando Obediencia en el Colegio Mayor Mendel y a un punk con una esvástica en el brazo en un concierto de Parálisis. He visto a Radio Futura tocar Interferencias en el Rock Ola y a los punks escupiendo a Germán Coppini con Siniestro Total. He visto a Antonio Vega sobre un escenario poco antes de su fallecimiento y me he preguntado cómo alguien con la muerte en el rostro podía seguir pareciendo el genio que era. He visto volatilizarse hace 30 años a la peor generación de políticos de la historia de España. He visto a este país sucumbir al odio y la rabia y arruinarse en un par de ocasiones para volverse a levantar. He leído el Quijote dos veces y la Biblia ninguna. He visto a Vargas Llosa estampando su firma en un ejemplar mío de La ciudad y los perros y luego le he visto como parte del público junto a la exmujer de Julio Iglesias en un programa de cocina. He visto a Camarón y a José Mari Manzanares riéndose a pierna suelta en un camerino y he visto la puerta exterior de Le Bataclan llena de ramos de flores. He visto a punks y a heavies dándose de hostias en la Plaza de España y a rockers y mods haciendo lo propio en Argüelles. He visto un rocker de raza negra con la bandera sudista cosida en su chaqueta. He visto fascinado el cuerpo menudo de Patti Smith. He visto a Miguel Ríos y a Leño de gira por plazas de toros. He leído periódicos en los bares mientras una cucharilla centrifugaba el azúcar en el interior de una taza de café. He visto y he oído. He visto Blade Runner el año de su estreno. Y quiero seguir viendo todavía, pero me falta tiempo. No he visto, sin embargo, atacar naves en llamas más allá de Orión. No he visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser, ni creo que haga falta. Todos esos momentos se perdieron en el tiempo como lágrimas en la lluvia después del Covid19 del año 2020. He visto libros de Nietzsche apilados en cajas de mudanza, y entre esas páginas de libro de bolsillo, desgastado por el tiempo, he leído cosas. Siempre me quedé con esta: "¿Es esto la vida?, le diré a la muerte. Pues que empiece otra vez".

Fascinada por la lucidez del viejo, y antes de despedirse, acompañó a su abuelo a la habitación. Sobre la mesita de noche, la joven volvió a colocar las fotos como a él le gustaba. Los androides de la limpieza lo ordenaban todo sin atender a ningún criterio de estética, racionalidad o lógica decorativa. Advirtió el retrato de sus bisabuelos con su padre en brazos cuando era un bebé, una vieja imagen en blanco y negro del anciano y su mujer, besándose, riéndose, las fotos de sus perros, y, junto a una de ellas, un retrato de juventud del padre de Alma, el hijo de aquel viejo entrañable que olvidaba la cosas.

- Mi niño -suspiró el hombre al detenerse en la fotografía de su único hijo.

- Azteka vuelve, en España lo adoran, su rap triunfa -sonrió la chica.

- Normal.

- La semana que viene vendrá a verte, como siempre. A ver si estás como hoy.

Alma acomodó al viejo en la cama. La manta y las sábanas a la altura del pecho, la almohada casi enroscada a lo ancho de la nuca, el cobertor derramándose alrededor del colchón. El hombre la observaba con ojillos de adolescente y un mohín de amor infinito. La mujer se despojó de los guantes, apartó con suavidad la mascarilla y le besó en la mejilla, mientras una lágrima se deslizaba a través de sus pómulos hasta alcanzar el mentón y perderse cuello abajo. Durante un momento fugaz le pareció que él sonreía. Su mirada recorrió con detalle la habitación para recordar el lugar y la posición exacta de cada objeto y asegurarse de que debían continuar en el mismo sitio la próxima vez que viniera a visitar al anciano. Situó las gafas del hombre junto a la lámpara, sobre unos papeles avejentados y amarillentos. La mujer dedujo que debían de ser periódicos del siglo XX. Uno de los recortes era de julio de 1987 y llevaba la firma de su abuelo. Bajo aquel remero de papeles alineó un par de libros, El guardián entre el centeno, de Salinger, e I nsurrección, un relato distópico obra del anciano.

Antes de abandonar la habitación, el hombre preguntó:

- Entonces, qué, ¿el Madrid otra vez campeón de Europa? Cabezazo de Sergio Ramos en un córner en el último minuto, seguro.

- Pues igual sí, abuelo -respondió la nieta desde el umbral de la puerta con todo el amor que le permitía expresar el nudo en la garganta que le atoraba. En ese mismo instante, el hilo musical llenó la habitación de los primeros acordes de Wild is the wind, de David Bowie.

- Bonita música, ¿es moderna? -preguntó.

Era la hora. El cerebro del hombre volvió a apagarse de nuevo.

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